Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

H eather voló de regreso a Nueva York muy alterada, con las palabras del joven resonando en sus oídos.

¡España acaba de ganar la Copa del Mundo!

La predicción del extraño correo que había recibido el lunes por la mañana se había cumplido.

Es solo una coincidencia , se dijo. Seguramente es algún tipo de estafa.

Cuando llegó a su apartamento, seguía alterada por el vuelo y le costó conciliar el sueño. No dejaba de pensar en la última línea del mensaje del «amigo en apuros». Espero que uses esta información a tu favor.

¿Cómo podría haberlo hecho?, pensó Heather.

Apostando en el partido, por supuesto. Había muchas formas: Nueva York estaba llena de corredores de apuestas.

Una voz crítica en su cabeza empezó a machacarla.

¡Si hubieras apostado por ese campeonato de la Copa del Mundo, podrías haber ganado mucho dinero! ¡Podrías haber usado ese dinero para ayudar a tu madre!

A buenas horas, pensó Heather. ¡También podría haber perdido mucho dinero con una apuesta así!

Cuando fue a trabajar al día siguiente, estaba cansada e irritable. Salvo por haber pasado un rato agradable con su madre, el viaje a Raleigh había sido inútil.

En cuanto les llevó el café a Rita y a Kevin, se acomodó en su cubículo y revisó el correo.

Heather se sobresaltó al ver un nuevo mensaje en su bandeja de entrada.

De tu amigo en apuros , decía el asunto.

Tras echar un vistazo para asegurarse de que Rita no anduviera cerca, lo abrió.

Querida Heather,

Espero que hayas usado la información que te di a tu favor.

El viernes, Héctor Gonzales ganará las elecciones presidenciales en Ecuador.

Atentamente,

Tu amigo en apuros

Heather se quedó mirando la pantalla.

El viernes, Héctor Gonzales ganará las elecciones presidenciales en Ecuador.

—Buenos días, cariño —dijo Lisbeth a su espalda—. ¿Te apetece un poco de té?

Heather cerró la ventana rápidamente.

—No, gracias, ya he tomado café.

Lisbeth la observó con más atención.

—Parece que acabas de ver un fantasma, cariño.

Miró con curiosidad la pantalla del ordenador de Heather.

Heather sonrió nerviosa.

—Solo un correo de una vieja amiga.

Lisbeth asintió. Heather notó que no se lo tragaba.

—Bueno, hay té Earl Grey recién hecho en la cocina.

Durante la hora del almuerzo, Heather investigó cómo apostar a las próximas elecciones en Ecuador.

Había oído que las webs de apuestas deportivas permitían apostar a elecciones y otros eventos no deportivos, pero no estaba segura de si se podía apostar a unas elecciones de un país pequeño como Ecuador.

Sentía una emoción creciente, pero intentó contenerla. Solo estoy investigando , se dijo. Al menos debería averiguar si era posible apostar a unas elecciones de otro país.

Investigar era estresante. Todos los del Piso 17 pasaban por su cubículo de camino a la cocina, y la pantalla de su ordenador quedaba a la vista de cualquiera.

Abrió media docena de ventanas con sus listas de medios y minimizó las de los sitios de apuestas, asegurándose de ocultarlas rápidamente cada vez que oía acercarse a alguien.

David la llamó justo cuando había abierto varias de ellas.

—Espero que puedas hablar ahora...

—Puedo hablar un minuto —dijo Heather, con el teléfono pegado a la oreja.

—Esperaba tener noticias tuyas. ¿Llegaste anoche?

David parecía un poco dolido.

—Sí, pero llegué muy tarde y no quería despertarte. Esta mañana he estado hasta arriba de trabajo.

—¿Cómo está tu madre? ¿La llevaste al hospital?

—Eh, no, resultó ser una falsa alarma.

—Ah. Son buenas noticias.

—Sí, lo son.

Heather estaba distraída, leyendo el texto en su pantalla. Acababa de descubrir que efectivamente era posible apostar a las próximas elecciones en Ecuador. Dos de los sitios de apuestas deportivas incluían las elecciones ecuatorianas.

Heather nunca había usado una web de apuestas deportivas, pero parecía bastante sencillo. Podías apostar con la tarjeta de crédito.

—Heather, ¿estás ahí? —dijo David.

—Sí, perdona. Estoy hasta arriba de trabajo. ¿Puedo llamarte en un...?

—Quería saber si te apetece cenar esta noche. ¿A las siete?

Heather miró la pantalla, pensativa.

—A las ocho mejor. ¿Puedes recogerme aquí en la oficina? Tengo que quedarme hasta tarde.

A las seis y media de la tarde, la oficina se había quedado vacía.

Heather estaba sola, salvo por los conserjes, que siempre empezaban por los despachos de los ejecutivos en la planta de arriba.

En la pantalla de su ordenador tenía abiertas dos ventanas, una junto a otra. Una era la página de apuestas de uno de los sitios de apuestas deportivas, y la otra, su cuenta bancaria, abierta en la sección de la tarjeta de crédito.

Todavía le quedaban 1500 dólares de crédito disponible en su tarjeta...

Mil quinientos dólares...

Era mucho dinero.

¡Era una idea descabellada! Una locura apostar 1500 dólares a unas elecciones en Ecuador cuando lo único que había recibido era una predicción acertada de quienquiera que le hubiera enviado el correo.

Una auténtica locura.

Por otra parte, seguía pensando, ¿por qué no jugársela a lo grande?

Puede que nunca tuviera otra oportunidad como esta, y si no ocurría algo pronto que cambiara radicalmente su situación económica, David iba a descubrir lo de la casa de su madre y que su familia estaba en la ruina, y la dejaría.

Heather estaba harta de ser pobre, de vivir al día, de ir tirando.

A fin de cuentas, si perdía esta apuesta no estaría peor que antes.

Al menos las cosas cambiarían, y había llegado al punto en que cualquier cambio era bienvenido.

Sin embargo, había un problema legal. Las apuestas deportivas parecían moverse en un terreno difuso, pero Heather estaba bastante segura de que eran ilegales en el estado de Nueva York.

Aunque las posibilidades de que la pillaran parecían muy escasas: millones de estadounidenses lo hacían cada día.

Aquel sitio de apuestas en particular era enorme, procesaba millones de apuestas cada semana y llevaba diez años funcionando.

Le parecía relativamente seguro. Si ganaba, no le preocupaba que le pagaran ni tener problemas legales.

Si ganaba...

Heather volvió a mirar la pantalla. Según las cuotas, Héctor Gonzales tenía aproximadamente un cincuenta por ciento de posibilidades de ganar las elecciones ecuatorianas.

Tragó saliva y cerró rápidamente la ventana del sitio de apuestas. «No, no, no, ¡esto es una locura! ¡No puedo arriesgar 1500 dólares por una estúpida predicción que recibí en un correo!».

Pero había otra voz parloteando en su cabeza. De todos modos no vas a poder pagar la tarjeta a final de mes. Así que ¿qué más da? ¿Por qué no arriesgarte? Si hubieras apostado por la predicción del Mundial, ¡podrías haber ganado mucho dinero! ¡Esta predicción también puede ser correcta!

Heather no paraba de levantarse de la silla y pasear por la oficina vacía, indecisa. Se convencía a sí misma de que la persona que le estaba enviando los mensajes realmente era su «amiga en apuros», se sentaba y rellenaba la casilla con los números 1, 5, 0, 0...

Y luego le fallaba el valor.

Pero su intuición seguía diciéndole que lo hiciera.

Finalmente fue a la cocina y se preparó una taza del té Earl Grey de Lisbeth, intentando calmarse. El corazón le latía con fuerza y estaba sudando de estrés: la perspectiva de apostar tanto dinero era aterradora y emocionante a la vez.

Se preguntó qué pensaría David si supiera lo que estaba pensando hacer...

Aun así, en lo más profundo de su mente albergaba una débil esperanza: si esos correos siguieran llegando, ¡podría ganar suficiente dinero para pagar la hipoteca de mi madre!

Otro pensamiento estúpido, pero no podía quitárselo de la cabeza.

Y seguía preguntándose: ¿qué tengo que perder a estas alturas? Ya estoy arruinada, y mi madre también.

Finalmente, terminó el té y volvió a su cubículo.

Una vez más tecleó 1500 dólares en la casilla de la apuesta. Se quedó allí sentada cinco minutos enteros, inmóvil, con la mano en el ratón. El cursor flotaba sobre el botón REALIZAR APUESTA.

—¡Hazlo! —se dijo entre dientes, y con una sensación de temeridad absoluta, hizo clic.