CAPÍTULO 2 #2
Ya, claro, pensó. Tu amigo en apuros. ¿No sería estupendo que un desconocido bondadoso cayera del cielo y te resolviera todos los problemas económicos?
Heather borró el mensaje sin pensarlo dos veces e imprimió las tarjetas de embarque.
Para ahorrar dinero, el sábado por la mañana fue andando hasta la Terminal de Port Authority y luego cogió un autobús hasta el aeropuerto de Newark.
Durante el vuelo, leyó la carta oficial de ejecución hipotecaria que había recibido por correo.
Se le revolvió el estómago mientras repasaba toda la jerga legal, imposible de entender.
Años atrás, su padre había puesto la casa a nombre de ella como parte de un absurdo plan de desgravación fiscal que no había funcionado.
Así que, oficialmente, era la casa de Heather en Raleigh la que había entrado en ejecución hipotecaria, no la de su madre.
Aquello había destrozado su historial crediticio, pero de momento aún conservaba la tarjeta de crédito.
Se preguntó cuánto duraría.
Al salir del aeropuerto de Raleigh-Durham, el calor y la humedad la golpearon de lleno. Casi había olvidado lo calurosa que podía ser Carolina del Norte en junio.
Una amiga fue a recogerla al aeropuerto y la llevó a casa.
Se quedó plantada frente a la casa de estilo antebellum, a la sombra de los árboles, donde había crecido, en el barrio histórico de Oakwood.
Había estado en casa en Semana Santa, y la vivienda ya le había parecido deteriorada entonces; ahora lo parecía aún más.
La pintura blanca de las columnas del porche se estaba descascarillando.
Heather abrió la puerta principal con la llave.
—¿Mamá?
El interior de la casa estaba fresco y en silencio; solo se oía el débil tictac del reloj sobre la repisa de la chimenea del salón.
—¿Mamá? —llamó Heather de nuevo.
Seguía sin haber respuesta.
Un poco inquieta, Heather atravesó la cocina hasta la puerta trasera. Su madre probablemente estaría en el invernadero.
Heather divisó a Alicia Bancroft a través de los cristales. Llevaba puesto el delantal y los guantes de jardinería. Dos de los gatos estaban tumbados en el suelo de cemento del invernadero, a sus pies.
—¡Heather! —exclamó Alicia, y luego pareció confundida—. Cariño, no sabía que venías.
Heather la abrazó. Alicia se apartó y la miró de arriba abajo.
—Mírate, ¡estás en los huesos! ¡No comes lo suficiente allá arriba, en ese lugar horrible!
—Estoy bien, mamá. He venido con poco tiempo de aviso porque tenemos que hablar de la situación de la casa.
—¿La casa? —dijo Alicia con aire ausente, y se volvió hacia sus flores—. Quiero que veas estos crisantemos. ¿No están quedando preciosos?
—Sí, están muy bonitos, mamá. Pero...
—¡Y las rosas! ¿Has visto alguna vez rosas tan hermosas, querida? El año pasado no estaban ni mucho menos tan lozanas...
—Mamá, vas a perder esta casa. ¿Lo entiendes? Tienes que mudarte.
Alicia pareció indignada.
—He vivido en esta casa toda mi vida, querida. Nací en esta casa.
—¡Eso no importa, mamá! Esto es un asunto legal. No tienes derecho a vivir en una casa para siempre solo porque nacieras en ella.
—Bueno, estoy segura de que Bill Edwards tiene un as en la manga. Es muy buen abogado.
—No tiene ningún as en la manga, mamá. Hablé con él hace unos días. Y esto llegó por correo.
Heather sacó la carta oficial del bolso.
—La casa ha entrado en ejecución hipotecaria, ¿lo entiendes? Habrá una subasta en tres semanas. A menos que consigamos doscientos mil dólares de algún modo antes de esa fecha, se venderá al mejor postor.
—Te preocupas demasiado, cariño —dijo Alicia, apenas echando un vistazo a la carta—. Todo saldrá bien. Siempre sale.
Heather observó a su madre podar las rosas. Bill Edwards tenía razón. Lo negaba todo. Mostraba signos de demencia, pensó Heather, o quizá de alzhéimer, pero se negaba a admitirlo o a ir al médico.
—¿No lo entiendes , mamá? El sheriff va a presentarse con una orden judicial y te va a echar a la calle. Tienes que irte a vivir con Estelle.
Estelle era la hermanastra de su madre, la única pariente viva de Alicia que mantenía algo de relación con la familia.
—Estelle y su marido no me quieren allí —dijo Alicia, cortando otra rosa—. Y yo no quiero vivir en Chicago. Ya sabes cuánto detesto esas grandes ciudades del norte.
De repente se volvió y miró la parte trasera de la casa.
—Nunca podría irme de aquí —dijo, con los ojos llorosos—. Si dejo esta casa, me moriré.
Heather sintió una punzada dolorosa en el corazón.
—No te vas a morir, mamá. No digas eso.
Bill Edwards se reunió a regañadientes con Heather esa tarde, pero fue una pérdida de tiempo. Repitió lo que le había dicho por teléfono. Cuando ella le insistió en que se estrujara los sesos buscando cualquier otra solución posible, él se enfadó.
—Si no te gusta el trabajo que estoy haciendo, búscate otro abogado.
Heather pasó el resto del fin de semana intentando hacer entrar en razón a su madre, pero fue un ejercicio inútil.
El domingo por la mañana salió a montar a caballo con una amiga del instituto que tenía dos preciosos palominos.
A Heather siempre le habían encantado los caballos, y como vivía en Manhattan y estaba casi sin blanca, tenía pocas oportunidades de montar.
El domingo por la noche, Heather decidió olvidarse del asunto de la ejecución hipotecaria y pasar unas horas agradables con Alicia.
Fueron a un restaurante Tex Mex que le gustaba a su madre y se sentaron en la terraza.
Hacía calor, incluso a esas horas, pero el aire fresco, comparado con el ambiente polvoriento de Manhattan, resultaba reconfortante.
Mientras comían, Heather tuvo que alzar la voz varias veces para hacerse oír. Dentro del restaurante había un gentío viendo un partido en la pantalla grande del bar.
Justo cuando Heather y su madre terminaban de comer, se oyeron fuertes vítores del interior: parecía que todos se habían vuelto locos.
Curiosa, Heather se levantó y miró hacia dentro.
La mayoría de los clientes eran hombres jóvenes, y muchos parecían hispanos. Un partido de fútbol acababa de terminar en la televisión; en la pantalla, miles de aficionados invadían el campo. Todos los jóvenes del bar se daban palmadas en la espalda, gritaban y saltaban de alegría.
—¿Qué está pasando? —preguntó Heather.
Un joven de tez morena la agarró y la besó.
—¡España acaba de ganar el Mundial!