CAPÍTULO 2
S oy la mujer más afortunada del mundo , pensó Heather mientras se levantaba de la cama y se armaba de valor para otro día de trabajo embrutecedor y mal pagado.
Puede que estuviera sin blanca, puede que tuviera un trabajo horrible e ingrato, pero estaba enamorada de David Windsor. Y, por lo que ella podía deducir, David Windsor también estaba enamorado de ella.
Y, de alguna manera, eso acabaría arreglándolo todo.
Solo habían transcurrido dos semanas desde la primera noche que pasó con él, y la noche anterior él le había soltado una especie de bomba, aunque de las buenas.
¡Quería que conociera a sus padres!
Se había puesto serio con ella, algo que jamás habría imaginado cuando empezaron a salir.
David le había propuesto el encuentro justo después de cenar, cuando subieron al coche.
La primera reacción de Heather fue de miedo, aunque él lo había planteado como algo muy informal.
—Pero ¿no es demasiado pronto? —dijo ella—. Solo llevamos saliendo poco más de un mes.
—Seis semanas —dijo David—. Cuando llegue el domingo que viene, serán siete. De todos modos, no es para tanto, solo pasaremos a cenar. Suelo llevar a mis amigos a casa los domingos, es una especie de tradición, muy relajada.
Por muy informal que lo hiciera parecer, Heather tenía la sensación de que el encuentro era una prueba para ver si daba la talla ante su familia. David afirmaba que no le importaba lo que sus padres pensaran de sus amigos o novias, pero era evidente que sí le importaba, al menos hasta cierto punto.
—No sé, David... Venimos de mundos muy diferentes. No estoy segura de que vaya a impresionarles mucho.
—Tienen dinero, Heather, pero no son esnobs. Les caerás bien, confía en mí.
—Pero soy una chica normal y corriente. Vengo de una familia de clase media, sin más.
—¿No crees que lo sé? —David le apretó la mano—. Es una de las cosas que más me gustan de ti.
Heather frunció el ceño.
—¿Me quieres porque soy de clase media?
David se rio.
—En cierto modo, sí. No soporto a esas estiradas debutantes de Nueva Inglaterra con las que crecí por aquí. Tienes los pies en la tierra, Heather. Sabes lo que es la vida real. Nunca me ha gustado la gente que vive en una burbuja, que usa su dinero para aislarse del mundo.
Desde luego, ese no es mi problema , pensó Heather.
Al final, David la había convencido de que todo iría bien. Hoy era lunes y aún faltaban seis días para la cena, pero Heather ya estaba nerviosa. ¿Qué me pongo? ¿Qué les digo cuando los conozca? ¿Qué les cuento de mi familia?
Lo que de verdad le preocupaba, en el fondo, era la situación de la casa de su madre.
No le importaba que él supiera que era pobre —eso ya lo sabía—, pero no poder pagar una hipoteca era peor que ser pobre, a ojos de Heather.
Era estar endeudada hasta el cuello. Era que te arrebataran cosas que poseías y amabas porque ya no podías permitírtelas. Era vergonzoso y humillante.
A Heather no le hacía ninguna gracia que los padres de David supieran eso de ella y de su madre. Tenía miedo de parecer una cazafortunas, como si se hubiera aferrado a David para sacarlas a las dos de sus problemas económicos.
Mientras se duchaba, decidió llamar a Bill Edwards antes de irse a trabajar. Bill Edwards era el abogado de la familia, el que supuestamente estaba intentando retrasar la ejecución hipotecaria de la casa. Quería saber si había novedades.
Pero Edwards se le adelantó. En cuanto Heather salió del baño, sonó el teléfono.
Al oír la voz de Bill Edwards, supo que traía malas noticias.
—Espero no llamar demasiado temprano —dijo él—, pero quería pillarte antes de que te fueras a trabajar. Me pediste que no te llamara a la oficina...
—No pasa nada.
Heather tenía la boca seca de la ansiedad.
—¿Qué ocurre? Mi madre está bien, ¿verdad?
—Está bien —Edwards vaciló—. Siento tener que decirte esto por teléfono, Heather, pero acabo de enterarme de que la demanda de ejecución hipotecaria se tramitó oficialmente el viernes por la tarde.
Se le cayó el alma a los pies.
—Lo que significa...
—Lo que significa que la ejecución hipotecaria es oficial. La casa de tu madre saldrá a subasta en treinta días.
—¿Treinta días ? —exclamó Heather sin aliento.
—Me temo que sí.
—¿No hay nada que puedas hacer? —preguntó desesperada.
—Me temo que no, Heather. Hemos agotado todas las posibilidades. No hay más opciones. A estas alturas, la única forma de salvar la propiedad es pagar la deuda total. Si te sirve de consuelo, eso se puede hacer hasta el mismo día de la subasta.
—¿Cuánto tendríamos que reunir? —preguntó Heather, sabiendo que era una pregunta inútil.
—Veamos, con el capital, los intereses, los gastos de gestión... —se oyó el tecleo de una calculadora al fondo—. El total asciende a poco más de doscientos mil dólares.
Doscientos mil dólares . Heather y su madre tenían tantas posibilidades de reunir doscientos mil dólares como de que les tocara la Lotería del Estado de Nueva York.
—Tienes que hacer entrar en razón a tu madre, Heather —dijo Edwards—. Se niega a aceptar la realidad. No hay manera de razonar con ella. Tiene que mudarse voluntariamente en los próximos treinta días o la desahuciarán.
Heather hizo una mueca al oír aquello. —De acuerdo, hablaré con ella —dijo con desánimo.
Después de colgar, se quedó allí sentada, a la mesa del comedor, pensando.
Percy salió de su habitación unos minutos después, con cara de sueño. Iba vestido para ir al trabajo. Se detuvo en la puerta de la cocina.
—Buenos días. ¿Quién ha llamado?
Se lo contó todo y le repitió lo que Bill Edwards había dicho. No mencionó la cantidad exacta de dinero que tendrían que reunir para saldar el préstamo. Era demasiado deprimente.
—Qué mierda —murmuró Percy, negando con la cabeza—. Los banqueros son todos unos cabrones sin corazón.
La miró con pena.
—Ojalá pudiera hacer algo, Heather. Ya sabes que estoy encantado de darte el dinero de mi préstamo estudiantil; no lo necesito.
—Te lo agradezco mucho, Percy, pero no servirá de nada.
Ya le había ofrecido ese dinero antes, y ella apreciaba profundamente el gesto; era un amigo maravilloso. Pero solo eran ocho mil dólares.
—Por desgracia, es una gota de agua en el mar comparado con lo que debemos.
Percy suspiró.
—Lo siento mucho, Heather, de verdad.
Mientras se preparaba para ir al trabajo, Heather notó que se iba enfadando con Bill Edwards, el banco, su madre, su difunto padre y todos los que tenían algo que ver con la situación de la casa.
Especialmente con Bill Edwards. Le había pagado mucho dinero a aquel hombre para que las sacara a ella y a su madre de aquella situación, pero parecía que él se lo tomaba todo con indiferencia, como si fuera una ejecución hipotecaria más.
¿De verdad había hecho Bill Edwards todo lo posible por ellas?
Eso se preguntaba Heather.
Decidió que no le quedaba más remedio que ir a Carolina del Norte ese fin de semana y hablar tanto con su madre como con Bill Edwards para ver qué más podían hacer. Tenía que haber alguna otra opción aparte de reunir todo ese dinero.
Le pidió prestado el portátil a Percy y encontró unos billetes baratos a Raleigh en un vuelo que salía el sábado por la mañana y un vuelo nocturno de vuelta el domingo.
Estaría muerta de cansancio todo el lunes, pero al menos no faltaría al trabajo.
Ya había gastado sus escasos cinco días de vacaciones intentando resolver esta situación y estaba segura de que Rita no le dejaría tomarse más tiempo libre.
Pero eso significaba que no podría conocer a los padres de David.
—Maldita sea —murmuró. Pero no había más remedio.
Cogió el teléfono y llamó a David, con la esperanza de pillarlo antes de que saliera hacia la oficina. Percy la observaba de reojo mientras hablaba, de pie frente al espejo del salón, anudándose la corbata.
—Hola, cariño —dijo ella—. ¿Has dormido bien?
—Ni de lejos tan bien como cuando duermo contigo.
Heather sonrió. Siempre le decía las cosas más bonitas.
—David, ha surgido algo.
Le contó que tenía que ir a Carolina del Norte.
—¿Ah, sí? ¿Qué pasa?
Heather miró a Percy.
—Es mi madre... No se encuentra bien.
—Vaya, lo siento, cariño. Espero que no sea nada grave...
—No, pero puede que necesite hacerse algunas pruebas, y cuesta mucho convencerla de que vaya al hospital.
Heather odiaba mentirle a David, pero al menos lo que había dicho era verdad a medias. Su madre de verdad no estaba bien y odiaba los hospitales.
—Heather... ¿Seguro que no estás posponiendo lo de conocer a mis padres? Ya te dije que no tienes de qué preocuparte...
—No es eso, David. De verdad. Tengo que ir a casa este fin de semana.
David se rio.
—¿No tendrás un novio del instituto escondido por allí?
Heather se rio.
—No es eso, créeme. Podemos quedar con tus padres el próximo domingo por la noche, te lo prometo.
—Bueno, si tienes que ir, tienes que ir...
—Siento cambiar los planes así.
—No pasa nada, cariño, no se puede evitar. Espero que tu madre esté bien.
Cuando colgó, Percy la estaba mirando fijamente.
—No me mires así, Percy.
—David se va a enterar tarde o temprano, Heather. Creo que estás cometiendo un error al no contarle lo de la casa.
—Pues yo no estoy de acuerdo. Todavía existe la posibilidad de que este problema se resuelva de algún modo.
—¿Cómo?
Heather sonrió con ironía.
—A lo mejor me toca la lotería.
En cuanto Heather llegó al trabajo y les llevó el café a Rita y a Kevin, se acomodó en su cubículo para imprimir las tarjetas de embarque del vuelo.
Al abrir el correo electrónico, estaba a punto de hacer clic en el mensaje de confirmación de la aerolínea cuando vio que justo encima había otro mensaje que acababa de llegar.
El extraño asunto del mensaje le llamó la atención.
De tu amigo en apuros , decía.
Intrigada, lo abrió.
Querida Heather:
Nací con un don muy poco común. Por razones que no puedo explicar, ahora debo compartir este don con alguien que lo merezca.
Esa persona eres tú.
El domingo, España ganará el Mundial.
Espero que aproveches esta información.
Atentamente,
Tu amigo en apuros
Heather contempló la extraña carta.
Tu amigo en apuros.