Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

L a cita de Heather con David no salió bien.

Cinco minutos después de haber hecho la apuesta, estaba convencida de que era lo más estúpido que había hecho en su vida.

Estuvo nerviosa toda la noche. David la llevó a un restaurante italiano en Little Italy, y en un momento se le cayó el tenedor al suelo, y en otro, casi tiró la copa de vino.

—¿Qué te pasa, Heather? Pareces muy nerviosa esta noche.

—Lo siento.

Bebió un sorbo de vino e hizo un esfuerzo por mantener la mano firme.

—Ver a mi madre siempre me pone así. Es muy difícil tratar con ella. Ya sabes lo agotadores que pueden ser los padres.

—Vaya que sí —gruñó David.

La observó un momento y luego la tomó de la mano con suavidad.

—Hablando de familia, ¿qué te parece ir a cenar a casa de mis padres el jueves por la noche?

—¿El jueves por la noche? Pensé que habías dicho que los domingos eran las «noches informales» en las que llevabas a tus amigos.

—El jueves también es noche informal.

—David...

Él se encogió de hombros.

—Mis padres no van a estar en casa este domingo.

—Entonces podemos ir el domingo de la semana que viene. Además, pensé que siempre jugabas al tenis los jueves por la noche.

—Mi compañero canceló.

—David, ¿por qué tienes tantas ganas de que conozca a tus padres?

—No tengo prisa —dijo a la defensiva—. Pasan mucho tiempo en los Hamptons en verano, y quiero que los conozcas, eso es todo.

Parecía dolido.

—Si no quieres conocer a mis padres, está bien.

Aunque no le parecía buena idea, Heather dejó que David la convenciera de ir a cenar a casa de sus padres el jueves por la noche.

Eso era un día antes de saber el resultado de la apuesta que había hecho, lo que ya de por sí era bastante estresante. Conocer a los padres de David lo cuadruplicaría.

A la mañana siguiente estaba nublado y lloviznaba, y mientras Heather hacía la larga caminata de 40 manzanas hasta el trabajo, era dolorosamente consciente de que estaba sin un céntimo y endeudada.

¿Qué pensaría David de ella si supiera la verdad?

Peor aún, ¿qué pensarían sus padres?

Heather se estremeció solo de pensarlo. Rezó para que no hubiera forma de que pudieran enterarse.

Esa apuesta de 1500 dólares realmente había sido lo más tonto que había hecho en su vida. No sabía qué mosca le había picado.

Para cuando Heather llegó a la oficina, estaba hecha un manojo de nervios, reprochándose su estupidez.

Lo primero que hizo al sentarse en su cubículo fue revisar el sitio de apuestas deportivas para ver si las probabilidades habían cambiado.

Ahora estaban 45-55.

Las posibilidades de que su candidato ganara estaban bajando.

A Heather se le revolvió el estómago.

«Esto no es productivo», pensó enfadada, y cerró la ventana.

Los resultados de las elecciones no saldrían hasta el viernes por la noche y las probabilidades podrían fluctuar mucho más mientras se realizaban las encuestas.

Era demasiado tarde para retirar la apuesta.

¿Qué sentido tenía ponerse enferma por esto?

Ya había sido bastante tonto hacerla, pero más tonto aún era sufrir innecesariamente por algo que ya no tenía remedio.

Heather tomó una decisión firme en ese mismo instante.

No se permitiría pensar más en ello. No volvería a revisar las probabilidades ni buscaría nada en las noticias.

Después del trabajo el viernes, cuando todos se hubieran ido, simplemente entraría en el sitio web de apuestas deportivas y revisaría su saldo para averiguar el resultado.

Vería que todo había sido una especie de estafa y que había perdido mil quinientos dólares.

Intentó convencerse de que no era para tanto.

Al fin y al cabo, solo era dinero.