CAPÍTULO 102
S avannah Sturgeon estaba furiosa consigo misma por haber perdido a Renata. Había tardado tres o cuatro minutos solo en volver a cruzar el maldito patio ferroviario, incluso con el navegador del coche.
Cuando por fin llegó al otro lado del puente que lo cruzaba, se detuvo a un lado de la carretera y se devanó los sesos buscando otra forma de encontrar a Renata.
Se había planteado comprar un rastreador GPS magnético y colocarlo bajo el parachoques del coche de alquiler de Renata mientras estuviera aparcado en el garaje del hotel, pero temía que Renata se marchara en ese intervalo.
No tenía a nadie que la ayudara sin involucrar a la oficina del FBI en Cleveland, y eso era algo que no quería hacer.
Entonces, mientras permanecía allí sentada al final del puente, recordó que hoy en día muchos coches de alquiler llevaban GPS para que las empresas pudieran localizarlos.
Llamó enseguida a la oficina de Atlanta donde Renata había alquilado el coche.
Tras identificarse y esperar a que el gerente verificara que era quien decía ser —lo que le llevó otros diez minutos de crispación—, este le confirmó por fin que el coche sí tenía un rastreador GPS instalado y le envió la ubicación actual por mensaje de texto.
Savannah introdujo las coordenadas GPS en el mapa de su teléfono.
Al parecer, Renata estaba cerca de un parque a orillas del lago Erie, en una zona llamada Lawton Heights.
Lo llamó de nuevo.
—¿El coche se está moviendo?
—No —dijo el gerente—. Ahora mismo está parado. El coche está en posición de aparcamiento y con el motor apagado.