CAPÍTULO 99
F ue un día largo.
Renata se quedó en su habitación toda la mañana, intentando mantener la calma, medio esperando que el FBI irrumpiera en cualquier momento para arrestarla.
Pero a medida que avanzaba el día y eso no sucedía, se convenció de que, como mucho, la estaban vigilando.
A la una, pidió que le subieran el almuerzo.
A las tres, después de hacer la digestión y de que la camarera hubiera venido a limpiar la suite y cambiar las sábanas, se armó de valor y bajó al gimnasio.
Se llevó el teléfono y el cuchillo; este último lo escondió en un compartimento de su bolsa de deporte.
Salió de la suite al pasillo y se agachó, fingiendo atarse el zapato.
Sabía que la estaban grabando: había dos cámaras en el pasillo, una en cada extremo.
Con saliva, pegó rápidamente un pelo corto que se había arrancado de la cabeza entre la parte inferior de la puerta de la habitación y el marco.
Mientras bajaba en el ascensor hasta la tercera planta y se dirigía al gimnasio, no vio indicios de que alguien la estuviera vigilando, pero con todas las cámaras repartidas por el edificio, cualquiera sentado en una consola de seguridad podría seguir fácilmente sus movimientos.
Recogió una toalla en el mostrador de recepción y decidió hacer ejercicio con pesas libres.
Justo cuando Renata se sentó en uno de los bancos de ejercicio con dos mancuernas en las manos, Savannah Sturgeon caminaba por el pasillo de la planta 24. Echó un vistazo a la puerta de la Suite del Gobernador, pero siguió adelante.
No había nada que deseara más que registrar la suite y ver si podía averiguar cuál sería el próximo movimiento de Renata, pero necesitaba una orden judicial para hacerlo.
El gerente del hotel le había permitido vigilar los movimientos de Renata Richardson desde la oficina de seguridad de la planta baja, y recorrer el aparcamiento hasta localizar, por la matrícula, el coche que Renata había alquilado en Atlanta.
Aparte de eso, lo único que Savannah podía hacer era esperar a que Renata diera su próximo paso, fuera cual fuese.