Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 97
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CAPÍTULO 97

R enata se despertó al oír un ruido en algún lugar de la habitación del hotel.

Se incorporó de golpe, alerta, con la piel erizada, el corazón latiéndole con fuerza.

El pasillo y la sala de estar estaban a oscuras.

Su mano encontró enseguida el cuchillo bajo la almohada.

Salió del saco de dormir y aguzó el oído, pero no oyó nada.

Estaba descalza, solo llevaba las bragas. Con el cuchillo en alto, en posición de ataque, avanzó despacio hacia el pasillo, en silencio, los pies deslizándose sin ruido sobre la gruesa alfombra.

Se asomó al dormitorio.

En la penumbra, apenas se distinguía el muñeco que había fabricado, el largo bulto bajo la ropa de cama, y el pelo de la peluca sobre la almohada blanca.

Renata se acercó y encendió la luz.

Casi esperaba ver agujeros de bala en la almohada y algunas plumas sueltas flotando por la habitación, pero todo estaba tal como lo había dejado.

Entonces notó que las sábanas subían y bajaban, muy levemente.

¡Había alguien en la cama! ¡Con la peluca puesta!

Justo cuando estaba a punto de gritar, la figura se incorporó y la cabeza giró hacia ella.

Era su madre.

Tenía un solo agujero de bala en la frente, del que brotaba un brillante reguero de sangre.

—¿Renata?

Gritó con todas sus fuerzas.

Cuando Renata abrió los ojos de verdad, seguía en el suelo del armario, dentro del saco de dormir.

Solo había sido una pesadilla, gracias a Dios. El grito desgarrador, solo un gemido que aún le quedaba en la garganta.

Temblando de pies a cabeza, salió del saco de dormir, empapada en sudor.

La puerta del armario no había quedado lo bastante abierta, y dentro se había formado un calor sofocante.

Cuando salió al pasillo, se sintió aliviada al ver que estaba amaneciendo.

El muñeco en la cama estaba tal como lo había dejado.

—Dios mío —murmuró, todavía temblando.

Unos minutos después, Renata se sentía mejor.

Una vez calmada, se dio cuenta de lo hambrienta que estaba: famélica.

Llamó al servicio de habitaciones y pidió un desayuno abundante: tortitas, beicon, fruta y zumo de naranja recién exprimido.

Mientras esperaba, se dio una ducha rápida y muy necesaria.

Tenía tanta hambre que tuvo que obligarse a comer despacio e intentar disfrutar cada bocado.

La pesadilla la había alterado mucho: no solía tener sueños tan extraños y aterradores, y este había sido realmente espantoso.

Temía que fuera algún tipo de premonición.

No dejaba de repetirse que la pesadilla se debía simplemente a todo el estrés que estaba soportando, y a las cosas que había hecho la semana pasada, cosas que nunca habría imaginado hacer antes de su fatídico viaje a Grecia.

Por supuesto, sabía que en parte se debía a que estaba preocupada por la seguridad de su madre.

Había revisado el teléfono en busca de mensajes de su madre, pero no había ninguno. Había una llamada perdida del día anterior, sobre las seis de la tarde, de cuando ya se había ido a dormir. La tarjeta SIM de prepago no tenía buzón de voz, así que no había sido posible dejar un mensaje.

Con suerte, su madre había seguido su consejo y se había alojado en un hotel; incluso podría estar en este mismo.

Renata sabía que no debía llamar a su madre y despertarla: Kay siempre se asustaba, convencida de que había pasado algo terrible.

Se obligó a esperar hasta las siete y media, cuando sabía que su madre estaría completamente despierta y menos propensa al pánico.

«Ya casi has terminado con este trabajo», se dijo mientras masticaba un trozo de beicon. «Solo tienes que acabar con Baltmann y habrás terminado».

Se dijo que mirara el lado positivo. Por lo que podía ver, la policía todavía no había dado con ella.

Teniendo en cuenta todo lo que había conseguido hasta ahora, quizás era una señal de que nunca conectarían todas las muertes entre sí, y mucho menos con ella.

Tenía todos los motivos para confiar en que podría completar esta «misión» y dejarlo todo atrás.

El teléfono vibró sobre la mesita.

Había llegado un mensaje.

El mensaje tenía que ser de su madre, porque nadie más tenía el número.

Renata se acercó al teléfono, con medio trozo de beicon todavía en la mano, lo cogió y abrió el mensaje.

El FBI vino a casa ayer.

Fue como si le explotara una bomba en la cara.

Durante los segundos siguientes, Renata sintió como si estuviera en la cubierta de un velero en plena tormenta y esta se inclinara de repente cuarenta y cinco grados.

Miró a su alrededor, corrió hacia la ventana e intentó ver la calle, luego se giró y miró fijamente la puerta: se había olvidado de echar el cerrojo después de que le trajeran el carrito del servicio de habitaciones.

«No entres en pánico» , se dijo, mientras el pánico se apoderaba de ella. Corrió hacia la puerta, echó la llave, arrastró la bicicleta plegable para bloquearla y volvió a mirar la pantalla del teléfono. Sentía ganas de saltar en diez direcciones a la vez.

Con mano temblorosa, llamó a su madre.

El teléfono solo sonó dos veces antes de que Kay contestara.

—¿Sí? —dijo, como si no hubiera reconocido el número.

—Mamá, ¿dónde estás?

—En casa —respondió con naturalidad.

—Te dije que fueras a un hotel...

—¿Me lo ordenaste ? ¿Desde cuándo me das órdenes?

El tono de su madre era frío y agresivo.

—Lo... lo siento. Solo estoy preocupada por...

—¡Pues deberías estarlo! ¿Qué demonios has hecho, Renata? Estás metida en un lío muy gordo...

—¡Mamá, dime de una vez qué está pasando!

—Te lo dije en el mensaje: el FBI estuvo aquí ayer.

—Bueno, ¿qué pasó? ¿Qué dijeron?

—No hubo ningún «dijeron», solo vino una agente. Una mujer negra y alta.

Renata tragó saliva; podría haber sido alguien enviado por Baltmann.

—¿Cómo sabes que era realmente...?

—Me enseñó la placa, ¿vale?

—¿Qué le dijiste?

—Nada. ¿Qué podía decirle? No tengo ni idea de lo que andas haciendo.

Kay hizo una pausa; Renata notó que estaba intentando contener su genio.

—Solo quería información general sobre ti. Dijo que eras «persona de interés» en un caso que lleva.

—¿Y?

—Le dije que no sabía dónde estabas, que no me meto en tus asuntos. Todo verdad, por cierto. Me preguntó si estabas trabajando y le hablé del trabajo de verano que tuviste en Grecia.

La ansiedad de Renata subió un grado.

—Mamá, ¿por qué hiciste eso?

—Porque si no lo hacía, amenazó con volver con una orden judicial y registrar toda la casa. ¿Eso es lo que querías?

Renata recordó el dinero escondido en el armario.

—No le dije nada que no pudiera haber averiguado de otras diez maneras.

—¿Como qué?

—Que te graduaste en la CSU cum laude y que ibas a hacer el máster en biblioteconomía.

—¿Qué más?

—Nada, en realidad. Echó un vistazo a tu habitación y vio...

—¿Dejaste que registrara mi habitación?

—No «registró» nada. Solo se quedó en la puerta y echó un vistazo; le dije que no había problema.

A Renata le dio la impresión de que su madre, en el fondo, quería que la pillaran y la castigaran.

—Parecía interesada en tus deportes.

—¿Qué quieres decir con mis deportes?

—Vio tus trofeos y preguntó por ellos. El de taekwondo. Le dije que jugabas al golf, al voleibol y al tenis. Y vio tus cosas de vela.

Renata quería gritar: «¿Por qué demonios la dejaste entrar en mi habitación, imbécil?», pero se contuvo.

—¿Qué más?

—Parecía muy interesada en tus bicicletas, no sé por qué. Quería verlas.

—¿Le enseñaste mis bicicletas ?

—¿Y qué querías que hiciera, dejar que consiguiera una orden de registro y pusiera tu habitación patas arriba? Habría encontrado todo ese dinero , ¿sabes? Te hice un favor.

—¿Y qué pasa con las bicicletas? —preguntó Renata, mirando la que tenía apoyada contra la puerta de la habitación del hotel.

—Me preguntó si montabas en bici, y le dije que sí. Luego quiso verlas. La llevé al garaje y se las enseñé.