CAPÍTULO 93
En algún lugar al norte
de Lexington, Kentucky
U n fuerte golpeteo hizo que Renata levantara la cabeza de golpe. Tenía un poco de baba en el volante.
Un policía estaba de pie junto al coche, mirándola por la ventanilla.
—Señora, baje la ventanilla, por favor.
El terror la invadió de golpe. Su coche estaba aparcado a un lado de una carretera mal asfaltada que atravesaba tierras de cultivo, a la que había llegado tomando una salida cualquiera de la Interestatal.
Bajó la ventanilla y entornó los ojos ante el policía, cegada por el sol de la mañana.
—¿Puedo ver su carné de conducir y la documentación del vehículo, por favor?
—Es un coche de alquiler —dijo ella, y se inclinó hacia la guantera para sacar el contrato. Su cuchillo de combate estaba escondido justo debajo. Sacó la carpeta rápidamente, cerró el compartimento y se la entregó.
—El carné de conducir —repitió él.
—Sí, sí, un momento. —Cogió la cartera y sacó su carné de conducir auténtico; los otros estaban bien escondidos en un compartimento con cremallera. Pensamientos aterradores de todo tipo cruzaban su mente aturdida. «Te han localizado. Van a arrestarte por el asesinato de Carlyle».
La noche anterior, justo cuando se preparaba para devolver el coche de alquiler en Tallahassee, había cambiado de opinión sobre volar a Cleveland, temiendo que la policía pudiera estar buscándola en el aeropuerto.
El policía echó un vistazo al carné que le había entregado.
—¿Puedo preguntarle qué hace aquí aparcada a un lado de la carretera?
—Durmiendo —dijo ella con una media sonrisa.
—Ya me he dado cuenta. —Era un hombre joven y corpulento, con el pelo negro y corto. Por el uniforme y la placa, Renata vio que era solo un agente del sheriff del condado.
—Anoche iba conduciendo por la Interestatal y me entró tanto sueño que temí que fuera peligroso seguir.
—Hizo bien. Pero en esos casos lo mejor es buscar un hotel. No es seguro dormir en un coche toda la noche, sola, aquí en medio de la nada, y menos siendo una mujer joven. —Hizo una pausa y volvió a mirar el carné—. ¿Adónde se dirige exactamente?
—A casa. Cleveland.
De repente, la radio crepitó en su patrulla, que estaba aparcada justo detrás de ella.
—Discúlpeme un segundo —dijo, y retrocedió hacia su vehículo.
Todavía tenía el carné de conducir y el contrato de alquiler en la mano.
«Déjame en paz» , pensó desesperadamente mientras lo observaba asomarse a su coche y coger el micrófono.
A Renata le martilleaba el corazón mientras imaginaba lo que la central podría estar diciéndole. «Estén atentos a una rubia de unos veinte años que responde al nombre de Melissa Davis o Madison Brown... posiblemente con peluca...».
Echó un vistazo a la guantera... «No, ni siquiera lo pienses. ¿Ahora vas a empezar a matar policías?».
Mientras él regresaba tranquilamente hacia ella, sintió que la presión arterial le subía tanto que pensó que el corazón le iba a explotar.
—Tengo una pregunta —dijo él.
Ella tragó saliva.
—¿Qué pregunta?
Él levantó el contrato de alquiler.
—Aquí dice que alquiló este coche en Atlanta. Pero me ha dicho que se dirigía a Cleveland...
Renata pensó rápido.
—Volé a Atlanta a visitar a unos amigos, luego alquilé el coche y fui a Birmingham a ver a unos familiares. —Se encogió de hombros—. Decidí volver a casa conduciendo; no me gusta mucho volar.
—Sabe que le cobrarán un buen recargo por dejar el coche tan lejos de donde lo alquiló, ¿verdad?
«Ojalá ese fuera mi mayor problema» , pensó.
—Sí, lo sé; las empresas de alquiler te clavan por eso.
—Ya. Seguramente más que un billete de avión. —Le devolvió los documentos y se tocó el ala del sombrero—. Que tenga un buen viaje, señora.
—Gracias.