CAPÍTULO 92
U na hora más tarde, Savannah estaba de vuelta en el aeropuerto de Tallahassee, recorriendo los mostradores de las aerolíneas uno por uno para averiguar si alguien con documentación a nombre de Renata Richardson, Melissa Davis, Madison Brown o Emma Porter había tomado un vuelo desde la tarde anterior.
También pidió a seguridad del aeropuerto que pasara por el sistema de RFD la foto que había conseguido en el campamento.
Todo fue en vano.
También había allí un par de detectives de Thomasville buscando sospechosos del asesinato de Anthony Carlyle, pero partían con clara desventaja: no tenían ni fotos ni nombres de los que tirar.
Savannah los evitó. En todo momento, al tratar con el personal, fingió que la sospechosa que buscaba no tenía nada que ver con el asesinato del sur de Georgia.
Cuando volvió a su coche en el aparcamiento de corta estancia, Savannah supo que había vuelto a perder el tiempo.
Aunque tuviera razón y la asesina fuera Renata Richardson, la joven habría tenido mil maneras de abandonar la zona sin ser detectada.
Podría haberse subido a un vuelo con otra identidad falsa y un disfraz; estaba claro que se le daba bien.
Podría haber burlado las cámaras de seguridad del aeropuerto con una simple gorra de béisbol.
Podría haber cogido un autobús en cualquiera de los pueblos de la zona.
O haberse ido en coche, si tenía uno, a otro aeropuerto y haber volado desde allí.
O incluso haber conducido de vuelta a Cleveland, o adondequiera que se dirigiese.
Savannah se metió en el coche, frustrada.
No se fiaba de la tecnología de RFD, ni del análisis de la marcha, que era todavía más reciente.
Lo más lógico sería rastrear el historial de viajes de Richardson con las aerolíneas, usando todos sus alias, pero eso suponía un trabajo ingente y no tenía recursos para abordarlo.
Otra vía rápida para confirmar que Richardson era la asesina sería acceder a sus registros telefónicos y de tarjetas de crédito, pero para eso necesitaría indicios más sólidos de los que tenía.
Además, sería arriesgado: hoy en día había que andarse con mucho ojo para no vulnerar las leyes de protección de datos.
Y en este caso, el riesgo era doble. Los siete hombres muertos tenían familias y contactos tan poderosos que el simple hecho de iniciar los trámites para obtener información privada podría alertar a quien no debía y echarlo todo a perder.
Nadie más en el FBI sabía que estaba trabajando en este caso.
En ese momento, estaba convencida de ser la única persona en el mundo que sabía que las muertes de los siete hombres eran obra de un solo individuo.
De hecho, como las tres primeras muertes habían sido catalogadas oficialmente como accidentes por la policía local, nadie más sabía siquiera que estaban relacionadas.
Se estaba guardando mucho las espaldas con este caso.
Apoyó el portátil en el volante y creó una nueva carpeta encriptada para recopilar todas las pruebas extraoficiales: los informes del análisis de la marcha, la coincidencia del RFD, las alertas del NIbrS y la hoja de cálculo que vinculaba a las siete víctimas adineradas.
Cuando el sistema le pidió un nombre para la carpeta, no dudó. Tecleó en mayúsculas y negrita:
LOS ASESINATOS DOMINÓ
Cerró el portátil, lo dejó en el asiento del copiloto y giró la llave de contacto.