CAPÍTULO 91
U na hora después, Savannah volvía a estar emocionada.
Había revisado todas las grabaciones y encontró bastantes clips de Melissa Davis entrando y saliendo de su tienda, poniendo y quitando el candado de la bicicleta en sus idas y venidas.
En algunas se veía su rostro con claridad, aunque la distancia restaba nitidez. Pero lo más importante era que no llevaba visera ni gorra, y se le veían perfectamente los ojos y la frente.
Envió las tres mejores capturas al centro de reconocimiento facial del FBI, y en menos de una hora recibió respuesta de su contacto.
—Bueno, tengo buenas y malas noticias —dijo su contacto.
—Vaya —dijo Savannah—. Dame primero las buenas, que las necesito esta mañana.
—La buena noticia es que la búsqueda ha reducido mucho el número de sospechosas: de cincuenta y seis a tres.
—¿Tres?
—Sí, esa es la mala noticia: las imágenes no son lo bastante buenas para que el sistema dé una coincidencia perfecta.
Las tres coincidencias tienen más o menos la misma precisión.
Te enviaré los tres nombres junto con enlaces a las cuentas públicas de redes sociales que tengan rostros coincidentes en fotos de perfil o publicaciones.
Estoy haciendo esa búsqueda ahora mismo.
—Te lo agradezco muchísimo —dijo Savannah.
Los tres nombres que Savannah recibió unos minutos después, junto con las fotos y los datos de sus permisos de conducir, fueron:
DAINA DODD, PORT ARTHUR, TEXAS
RENATA LINDA RICHARDSON, CLEVELAND, OHIO
ASHLEY LYNN GARRETT, ROCHESTER, NUEVA YORK
Las tres jóvenes tenían rostros tan parecidos que podrían haber sido trillizas. Sin embargo, sus edades, el color de ojos y los peinados diferían, según los permisos de conducir y sus fotos.
Dodd tenía veintiséis años, ojos marrones y pelo castaño que, en la foto, le llegaba a los hombros y era ondulado.
Richardson tenía veintidós, ojos verdes y pelo rubio, largo y liso.
Garrett tenía dieciocho, ojos marrones y pelo negro, corto y bastante rizado, aunque podía ser permanente.
«¿Podría una chica de dieciocho años haber cometido todos estos asesinatos?
» , se preguntó Savannah. Lo dudaba, al menos no sola.
Y estaba segura de que quien se hacía pasar por Melissa Davis/Madison Brown/Emma Potter era la misma persona: esas mujeres no existían, porque los tres permisos de conducir eran falsos.
Así que Garrett, con solo dieciocho años, quedó descartada de su lista, al menos de momento.
¿Y una de veintidós? ¿Podría conseguirlo?
Si fuera muy inteligente, tal vez…
Aún sentada en su coche de alquiler en el campamento, Savannah conectó el ordenador al móvil y empezó a revisar los perfiles en redes sociales de Dodd y Richardson. Como las dos eran mujeres jóvenes, tenían la privacidad muy restringida. Las dos tenían bastantes cuentas en distintas redes.
Savannah acabó descubriendo que Dodd era gerente de un restaurante de comida rápida en Port Arthur, solo tenía el bachillerato, estaba casada y tenía dos hijos.
Richardson, en cambio, se había graduado en la Universidad Estatal de Cleveland cum laude . Hacía falta ser muy inteligente para lograr lo que había hecho sin que la atraparan ni dejar pistas rastreables sobre su identidad.
Además, Richardson no parecía estar casada ni tener hijos. Sin ataduras, con mucho tiempo libre…
Tras seguir indagando, Savannah notó algo bastante extraño en las cuentas de redes sociales de Richardson.
No había habido actividad en los últimos tres meses.
Ni publicaciones, ni ubicaciones, ni actualizaciones, ni nada, en ninguna de sus cuentas.
Toda su actividad se había interrumpido de golpe un día concreto: el 2 de julio.
Esa fecha era menos de tres semanas antes de los asesinatos de los hermanos Baylor, los dos primeros de los siete hombres asesinados.
Savannah se quedó mirando la pantalla mientras la red de conexiones se desplegaba ante ella. Los hermanos Baylor en California. Alec Holvik en Florida. Trevor Barclay y Abdul Laghmani en Boston. Leo Grimaldi en Nueva York. Y ahora Anthony Carlyle en Georgia.
Ninguna víctima era un objetivo aislado: cada hombre era el eslabón que conducía al siguiente nombre de la lista.
«Los está derribando como fichas de dominó» , comprendió Savannah, y el pulso se le aceleró mientras contemplaba la foto de perfil de Renata.
«Algo tuvo que pasarle que desencadenó esta ola de violencia» , pensó Savannah. Renata Richardson era, sin duda, la sospechosa más probable.
Pero había algo más.
Renata, en la foto del permiso de conducir, no sonreía ni fruncía el ceño, sino que miraba directamente a la cámara con la cabeza perfectamente erguida, el pelo rubio recogido hacia atrás y una expresión tranquila, relajada pero segura. Había algo penetrante y decidido en esa mirada.
El instinto de Savannah le decía que aquella era una mujer joven que llevaba sus decisiones hasta el final, el tipo de persona que conseguía sus objetivos costara lo que costase.
Savannah había aprendido a fiarse de su instinto hacía mucho tiempo.