Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 94
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CAPÍTULO 94

Cleveland, Ohio

R enata llegó a Cleveland a media tarde. Estaba tan agotada que hasta las uñas le dolían.

Qué bien estar en casa, de nuevo en territorio conocido.

Condujo hasta el hotel del centro donde había reservado.

Era el Marriott at Key Tower, uno de los hoteles más elegantes de la ciudad. Reservó la habitación más cara del hotel: la Suite del Gobernador, una suite de dos estancias en la planta 24, con unas vistas impresionantes al lago Erie.

Conocía bien esa habitación. El padre divorciado de su mejor amiga del instituto venía de visita una vez al año y siempre se alojaba en esa suite.

Renata había sido su invitada varias veces para cenar en el hotel.

Trabajaba en Hollywood, en algo relacionado con la producción cinematográfica.

Aquel hombre apuesto le parecía un dios a Renata por aquel entonces, y la Suite del Gobernador bien podría haber sido un palacio en el cielo.

«Y aquí estoy», pensó, ya registrada, de pie frente a la ventana. Se preguntó qué le depararía el futuro, si quizá la próxima ventana por la que mirara tendría barrotes.

Cuando venía con su amiga, la suite de dos estancias le parecía más grande que toda su casa. El interior era tal como lo recordaba: los elegantes muebles antiguos de madera oscura rojiza, el comedor, el baño con sus dos lavabos de granito. Incluso había un vestidor.

Nada más entrar en el dormitorio y vislumbrar la lujosa cama de matrimonio, con tres mullidas almohadas blancas dispuestas artísticamente sobre el cabecero, empezó a flaquear. Se moría por meterse en ella y dormir…

Pensó en Baltmann.

Renata volvió al salón y se acercó a la puerta que daba al pasillo. Tenía el típico cerrojo giratorio de hotel y un pasador de seguridad que solo se podía echar desde dentro.

Alguien tan poderoso y con tantos contactos como Baltmann podría averiguar dónde se alojaba y enviar a alguien a matarla, si quería.

Suspiró hondo y comprendió que no podía arriesgarse a dormir en aquella suntuosa cama, por tentador que resultara.

Abrió la puerta, colgó el cartel de NO MOLESTAR en el exterior y volvió a cerrarla asegurándose de echar todos los cerrojos.

Para mayor seguridad, colocó la bicicleta plegable delante.

El suelo justo frente a la puerta era de baldosas.

Si alguien la empujaba, la pesada bicicleta se caería y haría ruido.

Después abrió la maleta, sacó la peluca de Melissa Davis y entró en el dormitorio. Con dos almohadas y la ropa de cama, creó un «maniquí» que parecía dormido de lado, de espaldas a la puerta, con el pelo de la peluca extendido sobre la almohada.

Cogió la almohada que quedaba, recogió el saco de dormir y lo extendió en el suelo enmoquetado del vestidor, que estaba en el pasillo, pasada la puerta del dormitorio.

Enchufó el móvil al cargador, lo puso en silencio, se quitó la ropa y por fin se metió en el saco de dormir con la cabeza en dirección contraria a la puerta, que dejó entreabierta.

Escondió el cuchillo de combate bajo la almohada.

En menos de un minuto estaba profundamente dormida.