Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 88
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CAPÍTULO 88

Carlyle, Georgia

D espués de acabar con Anthony Carlyle, Renata recuperó su bicicleta del maletero del Bentley, consultó su ubicación en el mapa del móvil y pedaleó por los senderos de la plantación Somerset hasta la carretera más cercana.

Era un camino estrecho y mal asfaltado, de esos por los que solo pasan tractores.

Una valla metálica alta separaba la carretera de la propiedad. Plegó la bicicleta, la lanzó por encima, trepó la barrera y pedaleó a toda velocidad hacia Thomasville, donde había dejado el coche de alquiler.

Mientras avanzaba, su mente iba tan deprisa como sus piernas daban a los pedales.

Sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que alguien del personal de la plantación, o algún familiar de Carlyle, encontrara los cuerpos de Anthony y su chófer.

La buena noticia era que nadie la había visto subir al Bentley con él, ni en la plantación, ni saliendo de la propiedad.

Si había cámaras de seguridad cerca del cenador, no las había visto, y eso que había comprobado antes de marcharse.

Con un poco de suerte, la policía no tendría ni idea de quién había matado a los dos hombres.

Baltmann.

Era el único de los ocho hombres que quedaba, y para Renata, el más importante de todos. Él la había encontrado, había hackeado sus redes sociales, había invadido su privacidad y la había ofrecido a los otros siete como una de las tres posibles víctimas de una violación en grupo.

Estaba segura de que había hecho lo mismo con muchas otras personas.

Matar a Baltmann sería la mayor satisfacción de todas.

En cuanto Renata llegó a su coche de alquiler en el centro de Thomasville, metió la bicicleta en el maletero y salió del pequeño pueblo con cuidado de no sobrepasar el límite de velocidad. Puso rumbo a Tallahassee, Florida, donde estaba el aeropuerto más cercano.

El trayecto solo le llevó una hora. Cuando los rascacielos del centro de Tallahassee aparecieron en el horizonte, ya había anochecido.

Al ver las señales del aeropuerto, se desvió hacia un minimercado y aparcó. Tenía trabajo que hacer.

Rebuscó en su maleta, sacó una tarjeta SIM desechable que había comprado en Atlanta —una de tres— y la insertó en el móvil.

Lo primero: averiguar dónde estaba Baltmann. Cuando el móvil se reconectó a la red, abrió la web de la FAA que rastreaba aeronaves por su número de cola y tecleó el del Gulfstream de Baltmann.

Apareció el área de Nueva York, con el punto sobre Newark, Nueva Jersey. Amplió la imagen. El jet estaba en el aeropuerto de Newark, cerca de uno de los FBO. No dentro de un hangar, sino en la pista, supuso.

Después descargó la aplicación de mensajería cifrada gratuita que Carlyle usaba para comunicarse con Baltmann. Antes de salir del bosque, había copiado el número de Baltmann en sus contactos, limpiado sus huellas del móvil de Carlyle y vuelto a metérselo en el bolsillo.

La ansiedad le creció mientras redactaba el mensaje. ¿Cómo respondería? Contaba con que supiera de todos los asesinatos que había cometido, salvo el último.

Releyó lo que había escrito varias veces, decidió que estaba satisfecha y pulsó ENVIAR.

Acabo de encargarme de Anthony Carlyle. Eres el único que queda. ¿Hablamos?

Esperó a que la bomba que había lanzado sobre Baltmann hiciera efecto.

Tres largos minutos después, llegó una respuesta escueta:

Sí.

Con cierto alivio, escribió otro mensaje:

Como no llegaste a tocarme, estoy dispuesta a perdonarte la vida si me das tres millones de dólares.

Pasaron varios largos minutos antes de que llegara una respuesta:

Dos millones. Y firmarás un acuerdo en el que declares que accediste voluntariamente a tener sexo con siete hombres a cambio de tres millones de dólares.

El acuerdo llevará fecha de una semana antes de que se consumara el acto.

Es mi protección por si alguna vez intentas acudir a la policía de nuevo.

Renata sopesó la oferta. Jamás firmaría un acuerdo así, ni aunque le apuntaran con una pistola a la cabeza.

Lo único que quería era a Baltmann.

Escribió una respuesta rápida:

De acuerdo. Tráeme el dinero a Tallahassee y firmaré lo que quieras.

La respuesta fue rápida:

No voy a ir a Tallahassee. Estoy en Nueva York.

Ella respondió igual de rápido:

Pues yo estoy en Florida. Solo hay una razón por la que volvería a Nueva York, y no sería para firmar papeles.

Pasaron casi cinco minutos. Cada palabra que había escrito iba en serio.

Por fin apareció otro mensaje:

¿Quedamos a medio camino? Charlotte, NC.

Renata lo meditó, intentando imaginar cómo y dónde podría encontrarse con él en Charlotte. Entonces cayó en la cuenta de que tendría muchas más posibilidades de éxito en su propio terreno que en una ciudad desconocida de la que no sabía nada.

Ven a Cleveland . Estaré allí pasado mañana. Contáctame en este número y te diré dónde vernos.

La respuesta llegó a los treinta segundos:

Bien. Pero cuando llegue a Cleveland te contactaré YO y te diré YO dónde quedamos.

Renata se picó. Eso es lo que él se cree.

Borró la conversación y cerró la aplicación.

Ahora tenía que avisar a su madre.

Renata llamó al número de Kay tres veces antes de que contestara. Su madre nunca cogía llamadas de números desconocidos.

—¿Diga? —dijo con recelo.

—Soy yo, mamá.

Hubo un largo silencio. —Muchííísimas gracias por llamar por fin. ¿No viste ninguno de los mensajes que te envié?

—No. Ahora mismo no tengo puesta mi tarjeta SIM habitual.

—Al menos podrías avisarme de vez en cuando de que estás bien. Me preocupo por ti.

—Lo siento, mamá. He... estado ocupada.

Oyó suspirar a su madre. —No voy a preguntarte en qué has estado ocupada. ¿Dónde estás? ¿O eso también es secreto?

—Estoy en Florida.

—Ah. —Su madre parecía sorprendida—. ¿Has vuelto a navegar?

—Sí —mintió Renata—. Escucha, mamá, necesito que hagas algo por mí. Es muy importante. —Estaba segura de que su madre se resistiría.

—¿Qué? —preguntó Kay con cautela.

—Necesito que te alojes en un hotel unos días.

—¿Qué? ¿Para qué demonios quieres eso?

—Porque... estarías más segura, eso es todo.

No hubo respuesta.

—¿Mamá...?

—Sé que prometí no meterme en tu vida personal, Renata...

—Por favor, mamá, haz lo que te digo. Solo serán tres días, para entonces todo esto habrá terminado. — «De una forma u otra» , pensó Renata.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué es lo que habrá terminado?

—Un proyecto en el que estoy trabajando. Mi vida volverá a la normalidad.

—Dios mío...

—Por favor, mamá. Ve a un hotel, tómate tres días libres en el trabajo. Consídéralo unas vacaciones. Quédate en uno de cinco estrellas, ve al spa, relájate, hazte las uñas. Yo lo pagaré todo cuando vuelva.

Otro largo silencio, y entonces le pareció que la estática de la línea cambiaba.

—¿Mamá...?

Su madre le había colgado.

Renata se quedó sentada en el aparcamiento del minimercado durante unos minutos, intentando decidir la mejor forma de volver a Cleveland.

Había consultado el mapa del móvil y eran quince horas de viaje.

Esa sería la forma más segura de volver a casa: podría dejar el coche de alquiler en el aeropuerto de Cleveland y coger un taxi hasta algún sitio, pagando en efectivo.

No iría a su casa, por supuesto, ni a casa de ninguno de sus amigos, porque no quería poner a nadie en peligro.

Si para entonces no había noticias de que la policía buscara a Renata Richardson, podría alojarse en un hotel caro, en algún lugar con buena seguridad donde no tuviera que preocuparse de que Baltmann la encontrara antes de que ella pudiera encontrarlo a él.

Pero conducir le llevaría demasiado tiempo.

Si cogía un avión, probablemente podría estar en Cleveland antes de medianoche.

Estaba completamente agotada por todo lo que había vivido.

Llevaba casi una semana durmiendo en el suelo duro cada noche, y la idea de meterse en una cama blanda y calentita y disfrutar de un sueño largo y profundo antes de reunirse con Baltmann resultaba muy tentadora.

Además, no estaba segura de poder conducir toda esa distancia de noche sin parar a dormir.

Eso significaría quedarse en un hotel, lo que supondría un nuevo cargo en su tarjeta de crédito.

Si la policía o el FBI sabían ya quién era, los alertarían de inmediato.

Tras unos minutos más, Renata arrancó el coche y dio marcha atrás, decidida a ir al aeropuerto. Bien pensado, volar a Cleveland tenía más sentido.

Se pondría la peluca de trenzas y usaría la documentación de Madison Brown para comprar el billete de vuelta.