CAPÍTULO 87
C uando Savannah detuvo su coche de alquiler frente a la entrada principal, vio un cartel en la puerta automática que decía CERRADO HASTA MAÑANA, con un policía uniformado montando guardia. Había cinta policial amarilla en la puerta que daba a la oficina.
Savannah mostró su placa al policía. Este se acercó a la ventanilla, le echó un vistazo y le abrió la puerta.
Según la Policía de Boston y el expediente que le habían enviado esa mañana a Chicago, a los dos hombres asesinados allí los habían golpeado primero y después los habían matado con monóxido de carbono del tubo de escape de un coche.
Un testigo había visto a una «anciana» junto al vehículo, que estaba aparcado marcha atrás contra la puerta cerrada del trastero.
Se suponía que alguien había conectado una manguera al tubo de escape y la había introducido por la rendija de la puerta.
Gracias a las imágenes de las cámaras de seguridad, habían rastreado el coche, un viejo Toyota Corona, hasta una empresa de alquiler de coches baratos cerca del aeropuerto.
Quien lo alquiló pagó en efectivo y dejó una fianza considerable, también en efectivo.
Presentó un carnet de conducir a nombre de Emma Porter, de Indiana, ochenta y dos años.
El informe indicaba que la policía creía que la mujer era en realidad «un individuo mucho más joven con un elaborado disfraz».
Varias personas que asistieron al funeral de Alec Holvik, incluidos su esposa e hijos, habían visto a la misma «anciana», que al parecer «interrumpía» el servicio desde lejos, lanzando comentarios que nadie llegaba a entender del todo.
Fue allí donde se encontró con Trevor Barclay y Abdul Laghmani.
Según el chófer de Barclay, los dos hombres asesinados se habían reunido con ella en el funeral y se habían subido al Toyota.
Todavía no había móvil. No les habían robado nada a ninguno de los dos. Es más, Trevor Barclay tenía casi ocho mil dólares en efectivo en la cartera cuando encontraron su cuerpo. Y Abdul Laghmani llevaba un reloj Patek Philippe de ciento cincuenta mil dólares.
Savannah aparcó cerca del trastero donde se había cometido el crimen.
Por allí pululaban policías locales y algunos técnicos de la científica.
En el camino de entrada había cajas de cartón en fila, con una pila de libros y otros objetos domésticos delante.
Los de la científica etiquetaban cada artículo.
Al salir del coche y dirigirse hacia la puerta abierta del garaje, percibió un hedor en el aire que conocía bien de otras escenas del crimen. Junto a la puerta habían colocado un ventilador portátil que metía aire fresco en el interior.
—¿Detective McPherson? —dijo Savannah dirigiéndose a un hombre con traje arrugado que hablaba con un policía uniformado en el umbral. Había reconocido su foto en la web de la policía.
Cuando se dieron la mano, casi todos los presentes la miraron. Ninguno parecía muy contento de ver al FBI allí, como de costumbre. McPherson no sabía qué interés tenía ella en el caso, pero parecía dispuesto a cooperar.
Le explicó lo que habían encontrado en el trastero.
—El asesino los atacó a los dos junto a la pared del fondo, ahí —dijo el detective señalando—, justo después de que descargaran dos cajas de cartón del maletero. Las cajas estaban llenas de libros de bolsillo que hemos rastreado hasta un mercadillo en Cambridge.
McPherson señaló las otras cajas de fuera.
—De hecho, parece que compró todo lo que había aquí en varios mercadillos de la zona el día antes de los asesinatos.
El detective hizo una pausa.
—Todo fue premeditado, cuidadosamente planeado. No sabemos cómo los atrajo hasta aquí desde el funeral. Y seguimos sin móvil.
—¿Por qué sigue diciendo «él»?
McPherson pareció desconcertado.
—¿Qué quiere decir?
—Sigue refiriéndose al asesino como «él».
—Pues claro que era un él. Era un hombre disfrazado de anciana.
Ahora varios de los otros policías y técnicos de la científica escuchaban con interés; todos eran hombres.
—¿Ha visto las fotos? —le preguntó McPherson.
Savannah ya las había visto, pero él las sacó de la carpeta que llevaba y se las enseñó de todos modos. Eran fotos de los cadáveres en la escena del crimen.
—Míreles las caras, por el amor de Dios; a los dos les dieron una paliza tremenda antes de gasearlos, y los dos estaban en muy buena forma física. Puede que Barclay ya estuviera muerto antes de que le llegara el gas. Y mire este rastro de sangre en el suelo...
El detective señaló un reguero marrón que empezaba en el fondo del trastero y serpenteaba por el hormigón hasta la puerta del garaje, donde habían marcado el contorno de un cuerpo. También había huellas de manos.
—El árabe estaba tan malherido que tuvo que arrastrarse a gatas hasta la puerta del garaje mientras intentaba escapar.
—Ya veo.
—Y eso no es todo —dijo McPherson—. Laghmani tenía un cuchillo. Creemos que intentó defenderse con él, pero se le cayó o se lo arrancaron de la mano.
—¿Qué tipo de cuchillo? —preguntó Savannah, sorprendida.
El detective chasqueó los dedos.
—Eddy, pásame el arma, por favor.
Un tipo regordete con gafas se acercó y le entregó una bolsa de pruebas etiquetada. Era un cuchillo táctico, plegable.
El detective dijo:
—Lo encontramos en el suelo, con las huellas borradas. Según su esposa, Laghmani lo llevaba siempre encima. Tenía algo de entrenamiento en Pikal, un arte marcial filipino...
—Sé lo que es el Pikal.
Ahora todos los hombres esperaban su reacción.
—Bueno, ahora verá que tenía que ser un hombre, ¿no?
—No —dijo Savannah.
—¿Por qué no?
—Caballeros —dijo, mirando de un rostro a otro—, «No hay furia en el infierno comparable a la de una mujer despechada».
Justo cuando Savannah volvía a subirse a su pequeño coche de alquiler, con cuidado de no darse en la cabeza, el móvil del trabajo empezó a sonar.
Cuando miró la pantalla y vio que era el Laboratorio de Análisis de la Marcha del FBI, contestó de inmediato.
—Agente Sturgeon al habla.
—Hola, Savannah, soy David Riley. Ya tengo los resultados de los vídeos que me enviaste.
—¿Ah, sí?
Contuvo la respiración, expectante.
—Por desgracia, no hemos podido ser tan precisos como de costumbre porque la calidad de algunos vídeos es bastante mala.
—Entiendo…
—Tras comparar los cinco vídeos, puedo decirte que hay un noventa y dos por ciento de probabilidades de que se trate de la misma persona en todos.