CAPÍTULO 85
Boston, Massachusetts
A la mañana siguiente, un cliente entró en la oficina del guardamuebles donde Renata había matado a Trevor Barclay y Abdul Laghmani.
—Hay un problema en el trastero de al lado del mío —le dijo el hombre de mediana edad al empleado.
—¿A qué se refiere? —preguntó Dylan Weiss, un chico de veinticinco años con un corte de pelo moderno.
—¡Apesta que echa para atrás, eso pasa! Huele a animal muerto.
Dylan suspiró.
—Seguramente se ha colado una ardilla o un pájaro.
Ya había pasado otras veces.
—Viene de la Sesenta y Siete.
—¿Cómo lo sabe? El olor podría venir de cualquier trastero de al lado, o del de detrás...
—Me agaché y pegué la nariz a la rendija de debajo de la pared. Viene de la Sesenta y Siete, seguro.
—De acuerdo.
—¡No puedo ni trabajar de lo que apesta! Es asqueroso.
—Disculpe las molestias. Nos ocuparemos de ello.
—¿Cuándo? —exigió saber el cliente.
Dylan miró el reloj. Odiaba tener que ocuparse de esas cosas.
—Lo arreglaré en una hora o dos.
Echó un vistazo a la pantalla del ordenador.
—Antes tengo que terminar esta contabilidad, es urgente.
En realidad estaba viendo una película de terror de serie B.
—Bueno, volveré mañana por la mañana a terminar lo que tengo que hacer. Más vale que para entonces haya desaparecido ese olor.
—Así será —dijo Dylan, mientras el hombre se dirigía enfadado hacia la puerta—. Lamento las molestias.
El turno de Dylan terminaba a las cinco en punto, hora en que Bruce, el empleado del turno de noche, entraba a trabajar.
Cuando Bruce llegó y dejó el termo sobre el escritorio, Dylan le contó lo del olor que venía del trastero Sesenta y Siete.
—¿Y?
—¿Te importaría encargarte tú, por favor?
Bruce frunció el ceño.
—Sí, me importaría. ¿Por qué demonios no te encargaste tú?
—No tengo estómago para esas cosas.
—Ohhh... pobrecito.
Bruce señaló hacia la puerta principal.
—Ve y haz tu maldito trabajo o llamo a Gordon.
Gordon era el dueño del guardamuebles.
—Venga, Bruce. Si lo haces tú, mañana trabajo una hora extra y puedes entrar a las seis. Te juro que vomito.
—Qué va. Ponte una mascarilla de las de obra, hay una en el armario del fondo. Y guantes de goma. Coge una escoba y un recogedor y tira lo que sea por encima de la valla de atrás. Seguramente será una ardilla listada. Esos bichos son bastante tontos.
Dylan reunió todo a regañadientes, salió y echó a andar por el recinto en dirección al trastero Sesenta y Siete.
Sabía bien cuál era porque una anciana excéntrica lo había alquilado hacía apenas una semana.
Había insistido en pagar en efectivo, alegando que no creía en esas tecnologías «modernas» como las tarjetas de crédito, y Dylan había tenido que llamar a Gordon para pedirle permiso para aceptar el pago por adelantado.
Al doblar la esquina, Dylan cayó en la cuenta de que había algo raro en aquella anciana, algo que no acababa de identificar.
A medida que se acercaba al trastero, empezó a preocuparle que el olor nauseabundo no viniera de un animal muerto que se hubiera colado, sino de algo que ella había dejado allí a propósito.
«La cabeza cortada de su hijastro» , pensó, y soltó una carcajada, diciéndose que había visto demasiadas películas de terror.
Al menos aún no había oscurecido: el día estaba despejado y el sol no se había puesto todavía.
Aminoró el paso al acercarse al trastero y olfateó el aire.
Le pareció percibir ya un olor fétido, pero no estaba seguro.
Apoyó la escoba contra la puerta del trastero de al lado, dejó el recogedor en el suelo, se puso la mascarilla y se ajustó la correa por detrás para que le quedara bien ceñida a la nariz y la boca.
Fue a ponerse los guantes de goma, pero se dio cuenta de que con ellos puestos le costaría sacar la llave del bolsillo.
Entonces notó movimiento en el suelo, junto a la puerta.
Hormigas.
Todo un ejército de ellas, entrando y saliendo por la pequeña rendija bajo la puerta, siguiendo una ruta que bajaba en diagonal por la rampa de acceso hacia el césped de la esquina del terreno. Las diminutas criaturas arrastraban consigo trocitos de lo que supuso que era carne en descomposición.
—Perfecto —murmuró, con el estómago revuelto. A las dos y media se había zampado un bocadillo enorme que no parecía haberle sentado del todo bien: aún le quedaba el regusto del pastrami.
Dylan se apoyó un momento en el marco del edificio para recomponerse. Metió la mano en el bolsillo, sacó la llave de repuesto y abrió el candado de la puerta.
Se preparó, se agachó, agarró el tirador y tiró.
La puerta se movió apenas un par de centímetros.
Algo la bloqueaba desde dentro.
—Oh, nooo —gimió—. Otra vez no.
De vez en cuando, algún cliente abarrotaba tanto su trastero de cajas de cartón que una se caía encima de otra al cerrar la puerta, y esta se atascaba. En más de una ocasión habían tenido que derribar parte de la pared del trastero contiguo para entrar y desatascarla.
Dylan volvió a tirar, con más fuerza.
La puerta empezó a ceder.
Lo que fuera que estuviera apoyado contra ella desde dentro parecía blando: no era como una caja de cartón.
También parecía estar justo encima del punto por donde entraban y salían las hormigas.
Dylan empujó la puerta hacia abajo, tiró hacia arriba, empujó, tiró, y finalmente pegó un tirón con fuerza.
La puerta se levantó de golpe.
Una cabeza humana ensangrentada se balanceó hacia atrás y cayó contra el hormigón con el golpe sordo y nauseabundo de un melón al caer.
Las hormigas reptaban entrando y saliendo de los ojos, la nariz, las orejas y la boca en descomposición.
Dylan saltó hacia atrás gritando, perdió el equilibrio y cayó al pavimento.
Lo que quedaba del bocadillo le subió y salió expulsado por los lados de la mascarilla de obra.
Aún con arcadas, se arrancó la mascarilla de la cara y se puso en pie tambaleándose.
—¡Socorro! —chilló, corriendo hacia la oficina—. ¡Socorro!