Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 83
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CAPÍTULO 83

A unque el «cenador» tenía forma de cenador, en realidad era una preciosa casa de una sola estancia con una amplia terraza de madera que la rodeaba por completo.

El edificio disponía de puertas correderas de cristal y ventanales del suelo al techo en sus seis lados.

El interior estaba repleto de magníficos muebles antiguos dispuestos con buen gusto sobre suelos de madera pulida.

A un lado había una cocina abierta y en el centro, una chimenea exenta.

En todas direcciones se contemplaban vistas bucólicas: un estanque de aguas mansas, campos abiertos y retazos de bosque.

—Aquí está el botiquín —dijo Carlyle, abriendo el cajón de un armario. Le entregó una caja de plástico blanco con una cruz roja impresa—. Travis, envuelve hielo en un paño de cocina, ¿quieres?

—Sí, señor. —El hombre gigantesco se dirigió obediente hacia la cocina, haciendo crujir el suelo bajo su peso, y enseguida volvió con una toalla blanca llena de cubitos de hielo.

—Gracias —dijo ella, y la dejó a un lado.

Se limpió la «sangre» de la rodilla con un par de toallitas antisépticas.

Estaba sentada en uno de los lujosos sofás tapizados en terciopelo.

Con cuidado de no mancharlo, dejó caer la toallita usada en una pequeña papelera dorada que Carlyle le puso a los pies.

—Travis prepara unos mint juleps maravillosos —dijo—. ¿Has probado alguno?

—No —dijo Renata. Era cierto, y la pregunta le produjo una sensación bastante extraña: su abuela siempre había dicho que tenía una cara tan «fresca como un mint julep». Como su abuela no era del Sur, Renata dudaba que ella tampoco hubiera probado ninguno.

—El mint julep es un clásico sureño —continuó Carlyle, mientras Renata se ponía una venda en la rodilla—. Es el favorito del Derby de Kentucky. ¿Sabes?, mi familia ha tenido palcos en esa increíble carrera desde que empezó, allá por la década de 1880.

Asintió, fingiendo estar impresionada.

Travis le entregó la bebida en una taza grande y blanca que parecía bañada en oro.

—Conseguí esta taza allí, en 2006. Ese año prepararon un julep de edición especial para Churchill Downs. —Se rio con el recuerdo y dio un sorbo—. Mmmm. Muy bueno, Travis. Como siempre.

—Gracias, señor. —El corpulento hombre negro permanecía allí de pie, observando cada movimiento de Renata.

—Esos juleps de 2006 costaban mil dólares cada uno. Los servían con pajita de plata y los preparaban con bourbon Woodford Reserve. La menta venía de Irlanda. El azúcar, de Australia. Los cubitos de hielo, de agua de manantial de los Alpes Bávaros.

—Vaya —dijo Renata. Como si le importara una mierda. Se alisó la venda de la rodilla e hizo una mueca, como si estuviera muy sensible—. Debió de ser toda una bebida.

—Sí que lo fue, Renata.

Empezó a asentir, pero se quedó inmóvil, con la mirada fija en la rodilla.

¿Acaba de llamarme Renata?

Travis seguía allí de pie y, por primera vez, un amago de sonrisa asomaba en sus labios.

Renata sintió la adrenalina inundarle las venas, y el corazón empezó a latirle tan fuerte que lo notaba en la garganta.

—No hace falta alarmarse, querida —dijo Carlyle con naturalidad. Se inclinó hacia delante y le dio un par de palmadas en la rodilla vendada. Fueron suaves, pero lo bastante firmes como para demostrar que sabía que no le pasaba nada.

Se estremeció al sentir su contacto.

—Nada ha cambiado —continuó—. Viniste aquí porque te sientes agraviada y quieres una compensación.

«¿Compensación?» , pensó. «Yo quiero venganza».

—Travis, ¿nos dejarías a solas, por favor? Espera junto al coche.

—Sí, señor. —Le lanzó a Renata una larga mirada penetrante antes de salir.

Tragó saliva mientras observaba a Travis alejarse con paso pesado hacia el Bentley y luego volverse hacia ella, sin dejar de mirarla.

«Me han atrapado como a un animal en una trampa. Aquí, en medio de la nada, Carlyle puede hacer conmigo lo que quiera».

Travis era tan grande y fuerte que resultaba difícil imaginar que ni siquiera su patada más letal pudiera afectarlo. Su única oportunidad era usar el cuchillo contra él.

Carlyle permanecía sentado a su lado, observándola mientras bebía.

—De hecho, me alegro de que hayas venido a verme, Renata. Es agradable poder conocerte de una manera... —Le miró las caderas—. ...diferente.

Intentó controlar la respiración, que se le había acelerado. El miedo y el pánico la dominaban de pies a cabeza, pero también empezaba a enfadarse.

—Tu oleada de violencia tiene que terminar, jovencita.

Aquí y ahora. Dios sabe que ya has dejado clara tu postura.

Por favor, dime qué suma principesca te hará abandonar tu vendetta y desaparecer.

Estaré encantado de dejar que lo pasado quede en el pasado: ambos necesitamos seguir adelante con nuestras vidas.

Renata permaneció sentada un largo momento, pensando, tratando de mantener el control. Sinceramente, no creía que fuera a salir impune de todos los asesinatos que había cometido. ¿De qué le serviría el dinero en prisión?

—No hay ninguna «suma principesca» que me haga «desaparecer».

Él frunció el ceño.

—Por supuesto que la hay. Todo el mundo tiene un precio.

—Yo no.

Con un suspiro impaciente, dijo:

—No estás siendo razonable con esto. Ni práctica. Piensa en tu pobre madre, en la hipoteca de tu casa, en todas las dificultades que ha pasado al perder su trabajo y demás, teniéndote que criar sola. Se está haciendo mayor, y tarde o temprano necesitará atención médica...

—Deja a mi madre fuera de esto —advirtió Renata.

Carlyle dio un largo sorbo a su bebida. Miró a través de la ventana con mosquitera hacia Travis y luego volvió la vista al rostro de ella.

—Debo decir que no creo que comprendas del todo la situación.

No estás en posición de rechazar mi oferta de paz.

Estoy dispuesto a llegar a un acuerdo contigo que te convertirá en una joven increíblemente rica.

Podrás vivir donde quieras en el mundo, dedicar tu tiempo a lo que te plazca.

Mientras observaba al viejo, sentado allí bebiendo su preciado mint julep, una pregunta candente le vino a la mente, una que la atormentaba desde que se había cometido el crimen contra ella.

—¿Por qué? —preguntó.

—¿Por qué... qué?

—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué lo haces ? Con tu dinero, podrías tener a cualquier mujer que quisieras, cualquier chica, de cualquier edad.

Al decir esto, se dio cuenta de que ya conocía la respuesta.

—Se trata de poder, ¿verdad?...

—Precisamente —dijo, señalándola con un dedo torcido—. Eres sorprendentemente perspicaz, Renata. Verás, en el mundo «moderno» de hoy en día, se supone que todos debemos creer en la ridícula ilusión llamada «democracia».

Sus labios se torcieron con disgusto mientras hablaba, como si la palabra misma le resultara repugnante.

—No todos somos iguales, Renata. Nunca lo hemos sido, nunca lo seremos.

Ella no respondió.

—Vaya, hace apenas unos siglos, si un hombre en mi posición veía a alguna campesina, como tú, que le gustaba...

bueno, simplemente la mandaba traer y hacía con ella lo que quería.

Nadie se lo cuestionaba: ni sus iguales, ni el público en general, y desde luego no la familia de la chica.

«Es un señor», diría la gente. «Por supuesto que puede hacer lo que quiera».

Renata se erizó al oír aquello.

—Y si ese señor quedaba satisfecho contigo después, podría acogerte como esclava o sirvienta. Si no quedaba satisfecho, te daría una buena paliza, solo para recordarte cuál era tu lugar, y te enviaría de vuelta a tu aldea, descalza y posiblemente embarazada.

El viejo hizo una pausa.

—Tu propia gente probablemente también te daría una paliza, por haber perdido la oportunidad de prosperar y mejorar la posición de tu familia.

—Me das asco —dijo, apenas conteniendo la rabia. La niebla roja comenzaba a nublarle la visión.

Él suspiró y negó con la cabeza mientras la miraba.

—¿Sabes cuál es la ironía? Yo fui quien te eligió.

—¿Qué quieres decir?

—Antes de que el viaje estuviera del todo organizado, el organizador...

—¿Baltmann?

Carlyle pareció sorprendido de que ella conociera el nombre, pero lo pasó por alto.

—Nos dieron extensos expedientes sobre tres chicas diferentes.

Las tres eran jóvenes vírgenes de clase media.

Esto último es algo difícil de encontrar hoy en día, dada la patética decadencia moral de este país.

Yo te elegí , Renata. Mi voto pesa un poco más que el de los demás, y me salí con la mía.

Hizo un gesto hacia ella.

—Y aquí estás, comportándote como una mocosa burguesa malcriada, negándote a entrar en razón pase lo que pase.

—Tú y tus amigos sois sociópatas.

No pudo evitar reírse.

—¿Y tú hablas de moral?

Él dio otro sorbo a su bebida, mirándola con desdén.

—¿Sabes cuál es la mayor ironía de todas? Ni siquiera eras buena . En el jet, todos echamos a suertes para ver quién sería el primero, quién tendría el honor de romper tu himen. Más tarde, cuando llegó mi turno, me di cuenta de que no me había perdido nada.

Le recorrió el cuerpo con la mirada.

—Cualquier puta de cinco dólares de un tugurio habría sido mejor.

Renata se inclinó hacia delante.

—Cuando te subiste encima de mí, casi me echo a reír. Apenas podías levantar esa cosita diminuta y arrugada que tienes, pobrecito.

Le miró la entrepierna.

—¿Qué pasó? ¿No te funcionó la Viagra, o...?

—¡Travis! —gritó Carlyle, poniéndose en pie.

El enorme hombre negro reaccionó de inmediato y se acercó corriendo a la puerta del cenador.

—¿Sí, señor?

—Llévate a esta zorra irrespetuosa al bosque, viólala y luego mátala a golpes.

El enorme hombre negro miró a Renata con ojos vacíos.

—Sí, señor.