CAPÍTULO 80
R enata pasó los días siguientes observando clandestinamente a Carlyle y a su fornido chófer cuando iban al pueblo en coche.
Había supuesto que el anciano era un hombre de costumbres, y no se equivocaba.
Visitaba el Heads-Up Cafe a la misma hora todos los días: llegaba a las cuatro en punto y se quedaba hasta poco antes de las cinco.
Incluso el sábado, aunque sin ningún ejemplar de The Wall Street Journal bajo el brazo.
El domingo no apareció, pero el lunes por la tarde volvió al café a las cuatro, puntual como un reloj.
Renata tuvo mucho cuidado al observar a los dos hombres.
No siguió el coche, que resultó ser un Bentley, sino que simplemente iba en bicicleta desde el camping al pueblo a las tres y media.
Después, curioseaba por distintas tiendas en la acera de enfrente del café, completamente fuera de la vista, para poder observar a través de los escaparates sin que la vieran.
Ideó un plan para llegar hasta el viejo, pero el tamaño y los modales del chófer la obligaban a extremar la cautela.
Se comportaba como un autómata programado únicamente para proteger a su jefe: una combinación de perro de ataque y apisonadora que neutralizaría sin contemplaciones cualquier amenaza y apartaría cualquier obstáculo de su camino.
Lo que más inquietaba a Renata era la «no-mirada» en los ojos del chófer, extrañamente aguda y alerta, pero vacía a la vez.
«Es como una extensión física de Carlyle» , pensó, mientras lo veía abrirle la puerta del coche al viejo. «Se ha entregado por completo a proteger a su jefe, sin voluntad propia» .