CAPÍTULO 79
D espués de casi una hora sentada en el café, dando sorbos a su café con leche hasta que se enfrió y la espuma casi desapareció, Carlyle por fin se levantó de su mesa, se puso el periódico bajo el brazo y se dirigió al mostrador.
Renata apuró su café con leche ya frío y se levantó, dejando una propina que ya tenía preparada en la mano. Recogió su bolso y apenas había dado dos pasos cuando el chófer uniformado apareció de la nada y le cortó el paso.
—Disculpe —dijo ella, irritada, e intentó rodearlo, pero él se giró y se pegó a la espalda de su jefe, mirándola por encima del hombro.
Por lo visto, nadie podía situarse detrás de Carlyle. Nunca.
Oyó al viejo intercambiar unas palabras con la cajera mientras pagaba. Ella le dijo:
—Gracias, señor Carlyle.
El chófer echó otro vistazo a su alrededor, deteniéndose apenas un instante para volver a mirar a Renata, y siguió al viejo hasta la salida.
—Es un pez gordo del pueblo —explicó la cajera al ver que Renata los seguía con la mirada—. Son cuatro con ochenta y dos, cielo.
Mientras Renata pagaba, la cajera le preguntó:
—No eres de por aquí, ¿verdad?
Era una mujer entrada en carnes y de aspecto jovial. Se rio al darle el cambio.
—Se te nota.
—No, solo estoy aquí unos días —dijo Renata, devolviéndole la sonrisa—. Soy de Atlanta.
—Pensé que eras del Norte.
«¿Atlanta es "del Norte"?» , pensó Renata. «Vaya, esto sí que es el Sur Profundo» .
Un par de minutos después, mientras Renata bajaba las escaleras, el lujoso automóvil verde salía marcha atrás de su plaza de aparcamiento.
Llevaba las gafas de sol puestas, pero evitó mirarlo. Estaba enfadada consigo misma por haber llamado tanto la atención, sobre todo la del chófer de Carlyle. Había sido una estupidez: se había precipitado.
Pero lo bueno era que, pese a que el chófer le había cortado el paso, había estado lo bastante cerca para verle bien las dos orejas al viejo por detrás.
No eran simétricas: le faltaba parte del lóbulo izquierdo.