CAPÍTULO 78
U nos minutos más tarde, el elegante coche verde pasó junto al cartel que rezaba: ENTRANDO EN THOMASVILLE.
Renata se mantuvo muy atrás; ahora una camioneta la separaba del coche verde.
Lo siguió por el centro del pueblo y luego hasta la plaza, donde se encontraban el juzgado y otros edificios oficiales.
La camioneta giró a la derecha y Renata se encontró justo detrás del lujoso coche.
El intermitente derecho empezó a parpadear mientras se acercaba a una hilera de plazas de aparcamiento junto a un largo edificio de ladrillo de dos plantas. Renata ya había estado en esa zona: había tiendas y restaurantes en la planta baja.
El coche se metió en una de las plazas en batería.
Renata siguió adelante, observándolo por el retrovisor.
Un hombre negro corpulento estaba saliendo del asiento del conductor.
Renata vio una plaza libre y de repente giró a la derecha para meterse en ella.
Una camioneta que venía detrás le pitó enfadada.
Se puso las gafas de sol, salió rápidamente del coche y miró por encima del techo.
El hombre que había salido del coche verde era un chófer: llevaba uniforme negro y gorra a juego.
Tras echar un vistazo alrededor, como para asegurarse de que todo estaba en orden, se giró con gesto ceremonioso hacia la puerta trasera y la abrió.
Un hombre bajo y canoso salió del espacioso asiento trasero. Vestía un elegante traje de verano beige con camisa de lino de cuello abierto. Se detuvo a sacar del interior del coche un sombrero panamá, un bastón y un periódico doblado.
Es él , pensó Renata con el corazón acelerado. Ya le parecía reconocer su lenguaje corporal y sus gestos de aquella horrible noche en la isla Priveza.
Se caló el sombrero y el chófer cerró la puerta tras él.
El bastón era claramente de adorno, parte de su imagen de caballero sureño, al parecer: subió con cuidado a la acera, balanceando el bastón con soltura, y luego empezó a subir una escalera que llevaba al segundo piso.
Se tocó el ala del sombrero al cruzarse con un par de mujeres de mediana edad que bajaban. Parecía relajado, de buen humor.
El chófer se quedó abajo, escudriñando la acera y la calle en ambas direcciones.
La puerta del coche de Renata seguía abierta, y se agachó cuando él miró hacia donde estaba ella. Fingió buscar algo, pero no le quitó ojo a través de la ventanilla del copiloto.
El hombre era enorme, de pecho ancho, verdaderamente intimidante.
Debía de medir un metro noventa y ocho y tenía el físico de un jugador de fútbol americano.
Renata calculó que rondaría los cuarenta, con unos hombros tan musculados que parecían a punto de reventar el uniforme.
Tenía la actitud siempre alerta de un agente del Servicio Secreto estadounidense, con la mirada afilada barriendo constantemente la zona: era fácil imaginarlo con un pinganillo en la oreja.
Estaba claro que aquel hombre no era solo un conductor, sino también un guardaespaldas.
Renata cogió el bolso con el portátil del asiento del copiloto, cerró el coche con llave y echó a andar por la acera. Mantuvo la vista fija al frente, evitando mirar al chófer o siquiera echarle un vistazo: supuso que los lugareños ya estarían acostumbrados a verlo y no le prestarían atención.
Justo antes de llegar a su altura, giró a la izquierda y subió los escalones que su jefe acababa de subir.
Notó que la observaba desde atrás. Iba vestida con camiseta, pantalones cortos y zapatillas, y difícilmente podía parecer una amenaza.
Al llegar a la galería cubierta del segundo piso, no tenía manera de saber en qué dirección había ido Carlyle, así que giró a la izquierda, como si supiera adónde iba. Había una zapatería, una tienda de deportes y nada más.
Necesito una mosquitera , pensó, y se dirigió a la tienda de deportes, aliviada de tener una excusa legítima para estar allí.
Aminoró el paso para echar un vistazo en la otra dirección a través de los escaparates.
Tres locales más allá había una cafetería: sobre el marco de la puerta sobresalía un cartel con el logo de una taza de café humeante. HEADS-UP CAFE, rezaba.
Renata entró en la tienda de deportes y preguntó si tenían mosquiteras, como quien cumple un trámite. Sí tenían. Compró una rápidamente y metió el paquete en el bolso.
Al salir, el chófer estaba en lo alto de la escalera, mirando hacia el otro lado.
Caminó hacia él. Cuando el hombre se volvió en su dirección, pensó que resultaría sospechoso no mirarle a la cara.
Pasó junto a él y le dedicó ese gesto de asentimiento que intercambian los desconocidos al cruzarse, y siguió adelante con el corazón latiéndole cada vez más fuerte.
Al llegar a la cafetería, se volvió y entró con naturalidad, como si fuera una clienta habitual.
Se detuvo un momento para evaluar la distribución del local y las mesas ocupadas, y localizó a Carlyle en un rincón, leyendo The Wall Street Journal . El sombrero panamá y el bastón colgaban del respaldo de la silla vacía que tenía al lado.
Aproximadamente la mitad de las mesas estaban ocupadas, sobre todo por mujeres que charlaban entre ellas, algunas con niños pequeños. También había unos cuantos hombres repartidos por el local, leyendo el periódico o enfrascados en sus móviles.
Renata se sentó a una mesa vacía desde la que podía vigilar a Carlyle y también ver la entrada principal.
—¿Qué te pongo, cielo? —dijo una camarera de mediana edad, acercándose con la carta.
—Un café con leche, por favor.
—¿Azúcar? ¿Canela?
El chófer apareció en la puerta y la distrajo.
—Eh... las dos cosas.
El hombre negro la miró durante medio segundo, echó un vistazo al local y volvió a salir a la galería.
El tipo enorme ponía muy nerviosa a Renata. Iba a ser difícil acercarse a Carlyle con él vigilándolo todo como un halcón.
Tenía que acercarse más al viejo, porque quería examinarle la oreja izquierda en busca de la señal que confirmaría que era, en efecto, el último hombre vivo que la había violado.
N.º 2, hombre mayor, sesenta y tantos, ojos marrones, cuello arrugado, calvo, pelo canoso, casi blanco. Falta la mitad inferior del lóbulo de la oreja izquierda. Cortado en línea recta.
Era un detalle tan pequeño que tendría que estar muy cerca para ver ambas orejas a la vez, compararlas y asegurarse. Tal como estaba sentado en ese momento, solo podía verle la oreja derecha.
Como parecía que se pagaba en el mostrador, quizá pudiera apañárselas para terminar y acercarse a la caja justo después de que él lo hiciera, sin levantar sospechas. Si se colocaba justo detrás de él, podría comprobar ambas orejas sin lugar a dudas.
Renata sacó el móvil y buscó en las webs de noticias de Nueva York novedades sobre el asesinato de Leo Grimaldi, aunque en realidad solo estaba haciendo tiempo.