CAPÍTULO 75
Atlanta, Georgia
R esultó que Anthony Carlyle, el siguiente en la lista negra de Renata, no vivía en Atlanta.
Tras aterrizar en Atlanta procedente de Nueva York, recogió su maleta y pasó unas horas sentada en una cafetería de la terminal, tratando de averiguar exactamente dónde vivía.
Como ocurría con los demás hombres adinerados que la habían violado, apenas había información sobre Anthony Carlyle en internet.
Sin embargo, encontró algunos artículos sobre la Georgia anterior a la Guerra Civil que mencionaban a la familia Carlyle.
Al parecer, tenían raíces en la nobleza europea.
Algunos miembros aventureros de la familia habían emigrado a América a principios del siglo XIX, habían comprado una enorme extensión de tierra y la habían convertido en una de las plantaciones de algodón más grandes del país.
El nombre de Anthony Carlyle aparecía un par de veces en los artículos, como descendiente directo del clan. La familia aún poseía la plantación, llamada Somerset , situada en el sur de Georgia, cerca de la frontera con Florida.
Renata desenterró un PDF de un boletín de un club social de familias de la Guerra Civil que mencionaba Somerset .
El boletín contenía una invitación a una fiesta celebrada en la plantación.
Los anfitriones figuraban como «A. Carlyle y su esposa», así que Renata supuso que la plantación era su hogar.
El boletín también incluía instrucciones detalladas para llegar en coche a la casa de la plantación desde Thomasville, Georgia, el pueblo de cierta importancia más cercano.
En cuanto Renata descubrió todo esto, fue al vestíbulo del aeropuerto, alquiló un coche a su nombre y se puso en camino hacia Thomasville, Georgia.
Sabía que tenía que actuar rápido. Había estado consultando las webs de noticias locales de Boston y Nueva York.
Por lo que podía deducir, los dos cuerpos aún no habían sido encontrados en el trastero.
En cuanto a la muerte de Leo Grimaldi, esa sí había aparecido en grandes titulares.
Había descubierto que el mejor lugar para buscar información eran los tabloides, porque publicaban filtraciones de la policía y otras fuentes sin confirmar.
Según lo que había averiguado, la policía sabía que alguien disfrazado de anciana había burlado al portero y había obligado a Grimaldi a saltar desde el balcón del ático, pero aún no tenían sospechosos concretos.
Renata no tenía ni idea de con qué frecuencia se comunicaban entre sí los hombres que habían participado en el tour, ni con el organizador, cuyo nombre ahora sabía que era Baltmann.
Por el momento, las tres primeras muertes —las de los hermanos Baylor y Alec Holvik— seguían pareciendo accidentes.
Pero estaba segura de que, en cuanto encontraran los dos cuerpos en el trastero de Boston, algunos miembros del grupo, y desde luego Baltmann, se darían cuenta de lo que estaba ocurriendo.
¿Advertiría Baltmann a Anthony Carlyle, el último violador vivo, para que se pusiera en guardia?
Quizá sí, quizá no. Renata pensaba que el hecho de que la chica a la que habían atacado se hubiera convertido en una justiciera mortal no le dejaba en buen lugar como organizador.
Era posible que Baltmann simplemente guardara silencio y se las apañara solo, sabiendo que probablemente él también estaba en su lista.
Al salir del área de Atlanta, Renata se detuvo en un centro comercial y se compró una bicicleta plegable nueva, además de una tienda de campaña, un saco de dormir, una linterna y otros artículos de acampada.
El viaje hacia el sur le llevó unas cuatro horas.
Mientras coronaba las suaves elevaciones de la autopista, la vista se extendía kilómetros y kilómetros, con las grandes casas de plantación de estilo antebellum y sus columnas apareciendo a menudo en el horizonte.
La mayoría parecían haberse convertido en museos.
Renata no podía imaginar que alguien quisiera vivir hoy en día en una de aquellas extensas mansiones antebellum, teniendo en cuenta su historia.
Eran las tres de la tarde cuando Renata llegó por fin a Thomasville.
El terreno había cambiado por completo desde que salió de Atlanta.
En contraste con el norte montañoso de Georgia, el paisaje aquí era llano como la palma de la mano.
Además, el aire era increíblemente húmedo, a pesar de estar a principios de octubre.
El pueblo de Thomasville se encontraba a solo ciento treinta kilómetros del golfo de México.
Como para dejárselo claro a los visitantes, los robles, arces y castaños compartían espacio con alguna que otra palmera.
Justo a las afueras de Thomasville, Renata se desvió por un pequeño camino lateral y se puso su disfraz de Melissa Davis.
Planeaba quedarse en un camping en el otro extremo del pueblo, uno que atendía principalmente a autocaravanas, pero que también tenía algunas parcelas para tiendas.
Ya había llamado para hacer una reserva.
Tras conducir hasta el centro del pequeño pueblo y encontrar sitio para aparcar, sacó la bicicleta plegable del maletero y pedaleó hasta el camping, sudando bajo el caluroso sol de la tarde.
Un hombre regordete con un peto y una camiseta verde chillón atendía en el mostrador. Parecía encontrar un poco extraño que una mujer joven fuera a acampar sola.
—¿Estás de paso o...?
—Soy estudiante de posgrado de historia en Emory. Estoy investigando sobre algunas plantaciones de la zona —sonrió y fingió vergüenza—. Como la mayoría de los estudiantes de posgrado, estoy pelada. No puedo permitirme un hotel.
Él miró por la ventana hacia la bicicleta.
—¿Has venido pedaleando en ese cacharro desde Atlanta ?
Renata se rio.
—No, se pliega. He venido en autobús.
—Ah. Bueno, eso sí que es ser ahorradora.
Bien por ti, jovencita. Y no te preocupes.
Este es un camping muy seguro, aquí viene sobre todo gente tranquila como yo, ya mayorcita.
Nunca pasa nada —hizo una pausa, mirando su mochila—.
Espero que traigas mosquitera. Esos bichitos pueden ser terribles por la noche.
—Sí, la traigo —mintió Renata. No había pensado en eso. Había visto una tienda de deportes en el pueblo. Tendría que comprar una.
Una vez que Renata hubo montado la tienda, volvió en bicicleta hasta su coche, guardó la bici en el maletero y se dispuso a buscar Somerset .