Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

P ese a dedicarse a las habilidades de navegación, Renata no abandonó su entrenamiento de artes marciales.

Las tardes y primeras horas de la noche las dedicaba a la vela; las mañanas, a las clases de Krav Maga.

Al día siguiente de volver de San Francisco, retomó las sesiones con Michael Yoo.

Ahora se centraba exclusivamente en el Krav.

Él había notado cuánto más fuerte se había vuelto gracias a la navegación. Sorprendentemente, el Krav también mejoraba sus habilidades náuticas, pues le desarrollaba la calma y la coordinación.

Entre la navegación y el ejercicio, intentaba sacar tiempo para el sexo con Matt.

Él había empezado a buscar excusas para subir en coche desde Akron y pasar el día con ella.

Se dejaba caer cuando su madre estaba en el trabajo, así podían hacerlo en la comodidad de su propia cama.

Matt aprendía rápido. Para Renata, aquellas sesiones eran un gran alivio para el estrés.

Además, cada día pasaba unos minutos en internet para seguirle la pista a Alec Holvik. Aunque prácticamente no había nada sobre el origen de su gran fortuna, sí abundaba la información sobre él como regatista consumado.

Investigando, había descubierto que su residencia principal estaba en Palm Beach.

Aunque tenía villas en España, Francia, Brasil, Mónaco, Australia y Grecia, navegaba principalmente desde el Club Náutico de Coral Gables, en la bahía de Biscayne, justo al sur de Miami.

Era, por supuesto, uno de los clubes náuticos más prestigiosos de Estados Unidos. Solo se podía acceder por invitación.

Al parecer, Holvik poseía varios yates de regata de distintos tamaños que guardaba allí.

Participaba en todas las regatas del club y a menudo ganaba el primer puesto en la clase en que compitiera su barco.

Renata esperaba que en unas semanas más estaría lo bastante preparada para colarse a bordo de uno de ellos como tripulante, alegando tener mucha más experiencia de la que en realidad tenía.

El problema era que el tiempo volaba más rápido que el agua bajo el catamarán de Dale Mulligan.

Era agosto y, según la web del Club Náutico de Coral Beach, solo quedaban unas pocas regatas antes de que el clima se volviera demasiado frío y el mar demasiado agitado para cualquier cosa que no fueran carreras de nivel olímpico.

Perdería la oportunidad para la que tanto se había estado preparando.

Por si fuera poco, se suponía que debía empezar el máster en biblioteconomía en menos de un mes.

Renata le dio vueltas a este último problema durante las dos semanas siguientes, hasta que finalmente decidió que solo había una forma de seguir adelante.

A su madre no le iba a gustar.

Dos días antes de su viaje previsto a Florida, llegó a casa molida y llena de moratones tras otro día duro en el catamarán de Dale Mulligan.

Decidió que había llegado el momento de darle la noticia a Kay.

—Mamá, quería decirte que he decidido tomarme un año sabático y empezar el máster en septiembre del año que viene.

Su madre estaba en la cocina, junto a los fogones, y Renata acababa de entrar.

Kay se dio la vuelta y la miró fijamente.

—¿Qué?

—He decidido tomarme un año libre del mundo académico, mamá. Necesito más experiencia en el mundo real. Este proyecto en el think tank probablemente me ocupará hasta el verano que viene.

Ya le había dicho a su madre que tenía que volver a Boston en breve para presentar los resultados de la Parte 3 de su «proyecto».

Kay negó con la cabeza mientras la miraba de arriba abajo.

—¿Qué mosca te ha picado con tanto deporte, de repente?

—No hay nada de «de repente». Siempre he hecho deporte.

—No así.

Señaló el vientre de Renata con el cucharón que tenía en la mano.

—Estás empezando a parecer una de esas culturistas.

—Eso no es verdad —dijo Renata a la defensiva, y se miró el cuerpo.

El contorno de sus abdominales apenas se marcaba bajo el top corto.

Su madre tenía una visión bastante anticuada de la belleza: creía que las mujeres debían ser blanditas y redondeadas por todas partes, como las de los óleos renacentistas.

—Mamá, por fin estoy ganando algo de dinero y quiero disfrutar un año. ¿Qué tiene eso de malo?

Su madre no respondió.

—De todos modos, este trabajo en el think tank es una experiencia fantástica; es básicamente lo mismo que haría como documentalista.

Kay suspiró y se volvió hacia los fogones para remover las judías que estaba calentando.

—Haz lo que quieras, cariño. Es tu vida.