CAPÍTULO 49
P ara ganar más experiencia práctica una vez terminado su curso de navegación, Renata empezó a ir en bicicleta al club náutico después de comer y a ofrecerse para tripular cualquier velero que saliera.
Se plantaba en la pasarela de los muelles, con su ropa de agua en una bolsa de lona, preguntando «¿Necesitan tripulación?
» a todo el que pasara con pinta de patrón.
A veces había otros esperando para ofrecerse también, y la cosa se ponía algo competitiva.
Si no tenía suerte allí, simplemente seguía en bici por la costa hasta el siguiente club náutico y volvía a intentarlo. Como Cleveland estaba justo a orillas del lago, había una docena de clubes náuticos y puertos deportivos repartidos por toda la costa, solo en la zona este de la ciudad.
Renata aprendió enseguida que los patrones, tanto hombres como mujeres, podían ser maleducados y autoritarios, sobre todo cuando navegaban con mal tiempo o en una regata.
Esperaban que obedecieras al instante cada orden que te daban, como un simple soldado raso.
«¡Espabila, marinera!», le gritaba una patrona mientras ella corría de un lado a otro del barco, cazando escotas y dando vueltas a los winches.
Costaba creer que se hubiera mareado aquella vez que había salido en velero de niña.
¿Mareada? No había tiempo para esas tonterías cuando estabas de tripulante.
Después de un par de semanas, se convirtió en la favorita de un navegante del Club Náutico Intercity, un tipo regordete de Irlanda llamado Dale Mulligan.
Estaba un poco loco, pensaba Renata. A él le gustaba porque siempre estaba dispuesta a salir, hiciera el tiempo que hiciera.
Según él, «los marineros amamos el viento tanto como los irlandeses amamos el whisky», pero él llevaba esa obsesión a un nivel completamente nuevo.
Dale tenía varios veleros, entre ellos un catamarán llamado Stormchaser II .
Lo que más le ponía era surfear los «frentes de ráfaga» de las tormentas que se acercaban, manteniéndose justo lo bastante por delante como para estar medio a salvo.
Llamaba a Renata y le decía: «¡Hoy sopla que da miedo, muchacha, ven para acá!
» o «El cielo se está poniendo morado, cariño, ¡esta tiene mi nombre! ».
Al poco rato, Renata ya estaba en el barco, colgada en precario de un arnés de trapecio con los pies en el borde del casco, el flotador levantado en el aire, el catamarán volando sobre el agua picada, despegando por completo entre las olas, la espuma azotándole la cara...
que siempre lucía una sonrisa de oreja a oreja.
Era como vivir dentro de un anuncio de cerveza.
Una tarde, una tormenta descomunal los persiguió hasta el Parque Estatal Euclid Beach. Apenas habían alcanzado el refugio del puerto cuando el vendaval descargó con toda su furia.
Nunca tuvo el valor de preguntarle a Dale qué había sido del Stormchaser I .
Aun así, la vela se había apoderado de ella.
Si me queda algo de dinero cuando termine con el macabro proyecto en el que ando metida , pensó, me voy a comprar un velero grande y bonito .