CAPÍTULO 48
Half Moon Bay, California
E sa misma mañana, a las diez menos cinco, un sedán gris anodino se detuvo en el pequeño aparcamiento del Departamento de Policía de Half Moon Bay. El único detalle que lo distinguía de cualquier otro sedán era una pequeña antena que sobresalía del techo.
Una mujer afroamericana alta y de aspecto estoico salió del vehículo. Tuvo que agacharse para no golpearse la cabeza con el marco de la puerta.
Observó brevemente el tranquilo pueblecito, las pintorescas tiendas y cafeterías de la silenciosa calle principal, y luego sacó un maletín del asiento del copiloto y entró en el edificio.
—Agente especial Savannah Sturgeon, FBI —dijo, mostrando su placa a la oficial uniformada que estaba tras el mostrador—. Tengo una cita con su jefe de policía.
La joven oficial se levantó de inmediato y se acercó a una puerta abierta, medio oculta tras un tabique.
—Ya está aquí —oyó Sturgeon que decía la oficial.
—Hazla pasar.
La agente Savannah entró en el despacho. Pearson era más o menos lo que esperaba de un jefe de policía de un pueblo pequeño en una zona acomodada de California: regordete, relajado y demasiado bronceado.
—Agente Sturgeon —dijo, rodeando su escritorio para estrecharle la mano—. Es un placer conocerla.
—Igualmente.
—Por favor, siéntese. ¿Puedo ofrecerle un café? ¿Expreso, capuchino, con leche?
—Solo, gracias.
Mientras él se acercaba a la puerta y le pedía a la joven oficial del mostrador que trajera el café, Savannah echó un vistazo a los detalles hogareños: fotos de la familia del jefe en el aparador, algunos trofeos de tenis en una estantería y fotografías de él posando con varias celebridades que vivían allí o tenían casas de veraneo en la zona.
Le entregó el café, servido en una taza de cerámica blanca con su platillo, y se sentó tras su escritorio, sin dejar de sonreír amablemente.
—Le agradezco que me enviara el expediente del caso —dijo, mientras lo sacaba del maletín. Era un PDF que había impreso en Chicago—. Como le dije por teléfono, tengo algunas preguntas y también quiero echar un vistazo a la zona.
—¿La zona?
—Ya sabe, el campo de golf, la escena del crimen.
Volvió a sonreír, mostrando unos dientes tan blancos que tenían que estar blanqueados.
—No hay ninguna escena del crimen, agente Sturgeon.
—¿Qué quiere decir?
—Si no hubo crimen, no puede haber escena del crimen.
Savannah intentó disimular su irritación.
—¿Por qué está tan seguro de que fue un accidente?
—Lo que yo quiero saber es por qué los federales de Chicago están tan interesados en este caso. ¿Por un par de ricos borrachos que se despeñaron con su carrito de golf?
Savannah dio unos golpecitos en la carpeta del expediente.
—¿De verdad cree que esta caddie, esta misteriosa tal Melissa Davis a la que nadie encuentra, no tuvo nada que ver?
—No había ni rastro de robo: ambos cuerpos fueron recuperados con las carteras llenas de efectivo en los bolsillos. Thomas Baylor era un conocido bebedor de absenta, un adicto empedernido. Eso provoca alucinaciones —el jefe señaló la carpeta—. Está todo en el expediente.
—Un expediente bastante escueto, si me permite decirlo.
—Somos un departamento de policía de un pueblo pequeño, agente Sturgeon, no el FBI. No disponemos de recursos ilimitados.
Savannah miró por la ventana una camioneta que cruzaba la intersección como a cámara lenta.
—Ya, seguro que están hasta arriba con bicicletas robadas, perros perdidos y gente que cruza por donde no debe.
La sonrisa de plástico del jefe se esfumó. Se levantó, cerró discretamente la puerta del despacho y volvió a sentarse.
Bajando la voz, dijo:
—Permítame explicarle algo, agente Sturgeon. En este pequeño paraíso viven personas muy poderosas, personas empeñadas en mantener su reputación impecable. Si cree que está por encima de ellas, se equivoca de medio a medio.
Ella dio el primer y único sorbo al café que le había traído, dejó la taza en el platillo con un leve tintineo y se levantó.
—Gracias por su tiempo, jefe. Y por el café.
Unos minutos después, Savannah Sturgeon entraba en la casa club del Poplar Beach Golf Course.
Según las transcripciones del expediente, había una empleada del club que había estado más cerca de Melissa Davis que nadie. Varios golfistas deambulaban por allí, charlando entre ellos, todos con caros conjuntos de marca.
Savannah se acercó al mostrador, donde una empleada hablaba por teléfono con alguien sobre una hora de salida.
Mientras esperaba, echó un vistazo a la lista de precios para jugar nueve o dieciocho hoyos, y casi se le escapó un silbido al ver lo caro que era.
La mujer colgó y sonrió.
—Disculpe, ¿en qué puedo ayudarla?
Savannah mostró su placa.
—Estoy buscando a Bernice Fielding...
—Soy Bernice.
—¿Podemos hablar? No le robaré mucho tiempo.
—Bueno... —la mujer miró a su alrededor y luego llamó a un hombre de su edad que charlaba con uno de los golfistas—. Jake, ¿puedes quedarte en el mostrador unos minutos?
—Claro.
Cuando Bernice salió de detrás del mostrador, Savannah preguntó:
—¿Hay algún sitio donde podamos hablar en privado?
—Podemos hablar fuera.
La guio hacia una puerta abierta y soltó una risita.
—En un campo de dieciocho hoyos sobra espacio para tener intimidad.
De pronto, volvían a estar a pleno sol. Savannah siguió a la mujer por un sendero pavimentado y luego se adentraron en un césped tan impecable que casi le daba miedo pisarlo.
Se detuvieron en una zona despejada; a lo lejos, un grupo de golfistas esperaba para dar el primer golpe.
Aunque estaban demasiado lejos para que las oyeran, algunos las miraban fijamente.
Savannah sabía que desentonaba, plantada allí con su traje de negocios negro y zapatos de calle, el maletín colgado del hombro.
Los golfistas adinerados la observaban como si una mosca negra y gorda acabara de posarse en su mesa y amenazara con saltar sobre su foie gras .
Bernice lo notó y dijo:
—Eh, quizá sea mejor hablar a la vuelta de la esquina.
Continuó hasta un rincón en un lateral del edificio donde habían colocado unas sillas plegables de madera que parecían caras.
—Supongo que ya sabe por qué estoy aquí —dijo Savannah mientras se sentaban una frente a la otra.
Bernice asintió.
—¿Los hermanos Baylor?
—Exacto. Tengo entendido que usted y Melissa Davis tenían buena relación, ¿no?
Con otra risita, Bernice respondió:
—No sé cuánto puedes intimar con alguien a quien ni siquiera conociste una semana. Pero sí, supongo que hablé con ella más que nadie, la fui presentando.
—Supongo que sabe que la policía local lo ha archivado como un terrible accidente.
—¿Qué quiere decir con «archivado»? Eso es lo que fue, un accidente.
Savannah sacó el expediente del caso y lo hojeó.
—¿Entonces no le parece extraño que no encontraran ni a ella ni a su madre en la dirección que dio? ¿O que el número de móvil que usó fuera de una tarjeta SIM de prepago imposible de rastrear? ¿O que el carné de conducir que usaba fuera falso?
Bernice se encogió de hombros.
—La verdad es que no. Acababa de mudarse aquí.
Quizá se equivocó de dirección. Quizá le retiraron el carné por hacer alguna tontería, como conducir bebida.
Y quizá compró una tarjeta SIM nueva simplemente porque no podía permitirse un contrato mensual.
Hay muchas explicaciones para esas cosas.
Thomas Baylor iba borracho como una cuba, como siempre que terminaba una ronda de dieciocho hoyos, igual que su hermano.
—¿Le parece totalmente normal que Melissa huyera y desapareciera después de denunciar lo que según ella había pasado?
—¿«Huyera»? Yo no diría tanto. La chica estaba alterada, ¿usted no lo estaría? Seguramente se marchó con la intención de no volver nunca, de no trabajar de caddie nunca más.
Era evidente que Bernice se había formado una opinión sobre Melissa hacía mucho tiempo.
—¿Por qué está tan convencida de que es inocente de cualquier delito?
Bernice suspiró.
—Porque sencillamente no puedo imaginar que Melissa sea capaz de hacer daño a nadie, por eso. Esa chica es un encanto.
«Hubo un tiempo» , reflexionó Savannah, «en que la gente decía lo mismo de mí» .
Poco después de salir del campo de golf , mientras conducía hacia el norte por la costa, Savannah vio un cartel del camping de Poplar Beach.
Redujo la velocidad, pensativa. Melissa Davis siempre había llegado al campo de golf en bicicleta. Plegable, según el expediente.
Alojarse en un camping sería una buena forma de proteger su identidad, ya que la mayoría no eran muy estrictos a la hora de pedir documentación, y muchos campistas pagaban las modestas tarifas en efectivo.
Savannah se detuvo en el arcén y volvió a revisar el expediente para ver si mencionaba que hubieran comprobado los campings de la zona.
La policía local afirmaba haber comprobado todos los hoteles, moteles, pisos compartidos y casas de huéspedes, pero después de hablar con el jefe, dudaba de lo minuciosos que habían sido.
No encontró ninguna mención de campings, así que siguió las señales y entró en el aparcamiento.
Al bajar del coche y subir al porche del pequeño edificio de recepción, reparó en una cámara de seguridad sobre la puerta.
Entró y encontró a un tipo con barba y pinta de hippie, con camisa de franela, trabajando detrás del mostrador.
Cuando le mostró la placa y se presentó, él suspiró.
—¿Es por lo de los hermanos Bailey o como se llamaran? Ya le conté a la policía de siempre todo lo que sé.
«Así que sí comprobaron este sitio» , se sorprendió.
Abrió el expediente.
—¿Le enseñaron estas fotos?
—Sí, sí, ya las vi. Nunca he visto a esa chica.
—Mírelas otra vez, por favor.
Con un suspiro exagerado, como si le hubiera echado encima el peso del mundo, miró la página. Una foto era del carné de conducir falso, y la otra, bastante borrosa, procedía de una cámara de seguridad del club de golf.
—No, no, nunca la he visto. Seguro.
—Puede que estuviera acampando aquí sola, sin nadie más.
—Eso mismo les dije a los polis, ¿sabe? Casi ninguna chica joven viene a acampar aquí sola. Me habría acordado de ella, con ese pelo rizado y eso. Le digo que no estuvo aquí.
—¿Qué datos recogen de los campistas?
Se encogió de hombros.
—Nombre y número del carné de conducir de quien alquila la parcela, eso es todo.
—¿Y las matrículas?
—No. Muchos campistas llegan a pie. Mochileros. Y en bici también.
Savannah decidió probar suerte con otra idea.
—¿Y alguna chica que fuera en bici plegable? ¿Cualquier chica?
—Bici plegable... no. No recuerdo a ninguna. Bicis de montaña sí, muchas por aquí. ¿Pero plegables? Esas son para la ciudad, ¿no?
Savannah se quedó pensando un momento más.
—Esa cámara de seguridad de la entrada... ¿Sería posible sacar las…?
—Qué va.
Frunció el ceño, molesta por tantos «qué va».
—¿Por qué no?
—Está rota, por eso.
Dio un golpecito con la zapatilla a algo que había bajo el mostrador, y ella se inclinó para ver qué era. Las tripas de un ordenador viejo y polvoriento, sin la carcasa.
—Lleva seis meses estropeada.