Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

C uando los hermanos terminaron los primeros nueve hoyos, ya estaban claramente un poco achispados. Empezaron a contarle a Renata chistes verdes sobre rubias.

—Oye, tengo uno para ti —dijo Ethan—. ¿Qué dijo la golfista rubia cuando una pelirroja entró en la casa club y dijo: «Tuve que dejarlo, me picó una abeja entre el primer y el segundo hoyo»?

—No lo sé, ¿qué?

—Tu postura es demasiado amplia.

Los dos hermanos se rieron a carcajadas. Renata forzó una sonrisa; supuso que tenía algo de gracia. Si hubiera estado en quinto de primaria, probablemente le habría parecido hilarante.

Lo único que ocupaba su mente en ese momento era la petaca plateada que Thomas sacaba de vez en cuando de su bolsa de golf para dar un trago.

Si contenía absenta, tendría aún más pruebas de que esos eran dos de los hombres que la violaron.

Cuando llegaron al tee del hoyo trece, Renata se quitó la mochila y se cambió las gafas de sol por las de ver. La luz del día se estaba debilitando y le costaba seguir los drives.

El sol se ponía ya, y el cielo sobre la vasta extensión del Pacífico azul profundo estallaba en una explosión de brillantes tonos pastel.

Renata miró hacia delante, hacia el siguiente hoyo. No había ni un alma a la vista. Estaban solos. Los dos hermanos jugaban tan despacio que se preguntaba si terminarían la partida antes de que anocheciera. La oscuridad podría complicarle la ejecución del plan…

Los dos hombres se acercaron en el carrito de golf y se quedaron un momento sentados, relajados, contemplando la puesta de sol.

—Menuda vista, ¿eh? —dijo Ethan con su acento tejano.

—No está mal —admitió Renata, volviéndose para contemplarla de nuevo.

—Sabes, Thomas y yo podríamos vivir en cualquier parte del mundo. Elegimos este lugar por este espectacular campo de golf y estas puestas de sol impresionantes.

Renata asintió.

—Es increíble.

Después de que ambos tiraran y volvieran a subir al carrito, Ethan se volvió hacia ella.

—Oye, tengo otro. ¿Cómo llamas a una rubia en un campo de golf?

Renata se encogió de hombros.

—El hoyo diecinueve.

Se le erizó el vello, pero forzó otra sonrisa.

Eso resume lo que estos dos cretinos ricos piensan de las mujeres , pensó.

Cuando llegaron al hoyo dieciséis, Renata no perdió de vista el carrito de golf. Lo observaba por el rabillo del ojo mientras los dos hombres avanzaban por el camino paralelo a la calle.

Cuando el camino se curvó hacia ella, Renata fingió caerse. Se agarró el tobillo y soltó un grito agudo.

Ethan detuvo el carrito y los dos saltaron y corrieron hacia ella.

—¿Qué ha pasado? —dijo Ethan, cogiéndola del brazo para ayudarla a levantarse.

—Me he torcido el tobillo —dijo ella, haciendo una mueca de dolor. Se agachó y se lo masajeó, con el zapato de golf todavía puesto—. No es nada. Ya me lo torcí ayer en el hoyo nueve y está un poco…

—Será mejor que te llevemos de vuelta a la casa club —dijo Ethan.

—No, no, estoy bien, de verdad.

Se soltó de Ethan y dio unos pasos lentos, cojeando ligeramente.

—No está torcido, solo un poco dolorido.

—Bueno, así no puedes hacer de caddie —dijo Ethan con tono irritado.

Ella señaló el carrito de golf.

—Bueno, pisar el acelerador sí puedo. Yo conduzco el carrito y vosotros termináis la partida.

Se miraron.

—¿Por favor? No voy a estropearos la partida ahora; solo quedan dos hoyos.

Ethan y Thomas acompañaron a Renata de vuelta al carrito, mientras ella cojeaba para disimular.

Se quitó la mochila y la colgó en la parte trasera del carrito, luego se deslizó en el asiento del conductor mientras ellos sacaban los putters de las bolsas.

Renata observó a los dos hermanos volver al green y ejecutar sus putts, turnándose para sujetar la bandera.

Lanzó una mirada nerviosa hacia delante, hacia los acantilados. El rumor del oleaje se oía fuerte y claro, interrumpido por golpes sordos cuando las olas rompían contra las rocas en el fondo.

Todavía de pie en la parte trasera del carrito, Renata fingió buscar algo en su mochila.

Cuando estuvo segura de que ninguno de los dos miraba, sacó la petaca de Thomas de su bolsa, desenroscó el tapón y la olió.

Absenta.

No cabía duda.

Olía como el sótano con suelo de tierra de la casa de su madre, a moho y podredumbre, con un toque de regaliz negro. Para ella, era un olor repugnante e inolvidable.

Miró el interior del tapón: era de un verde brillante.

Renata enroscó rápidamente el tapón, limpió las huellas de la petaca con la toalla de golf y la dejó caer de nuevo en la bolsa de Thomas.

Cogió la mochila, rodeó cojeando el carrito hasta el asiento del conductor y volvió a sentarse.