CAPÍTULO 44
C uando los dos hombres terminaron de embocar, volvieron tranquilamente al carrito, conversando en voz baja. Guardaron los putters en las bolsas de golf.
Ethan rodeó el carrito y se dejó caer en el asiento del pasajero, junto a Renata. Thomas se sentó en el asiento trasero, de espaldas, apretujado entre las dos bolsas de palos.
—Bueno —suspiró Ethan—, estamos empatados, como siempre. Casi siempre vamos igualados cuando llegamos al diecisiete.
—Ya verás cómo hago un par en el dieciocho, listo.
—Sigue soñando, hermano.
Renata limpiaba el volante con la toalla, pasándola por todo el borde.
—¿Qué le pasa al volante? —preguntó Ethan.
—Está pegajoso.
Ethan fulminó a Thomas con la mirada.
—Seguro que es esa porquería que bebe mi hermano.
Renata soltó el freno y presionó ligeramente el acelerador, guiando el carrito por la suave pendiente que llevaba al tee del hoyo diecisiete.
Conducía con una mano, usando la toalla para sujetar el volante, como si aún estuviera demasiado pegajoso para tocarlo.
Al coronar la cuesta, los acantilados aparecieron a la derecha, enmarcados por la puesta de sol.
«Es ahora o nunca», pensó Renata, con el corazón desbocado. «Puede que no vuelva a tener esta oportunidad».
—Mejor conduce con las dos manos, cariño —dijo Ethan—. Esto es un poco peligroso aquí arriba...
De repente, Renata se quitó las gafas, se arrancó la peluca y sacudió la larga melena rubia.
—¿Qué demonios? —dijo Ethan, mirándola fijamente.
Ella metió la peluca y las gafas en la mochila mientras el carrito se desviaba ligeramente del camino.
—Tú y tu hermano me violasteis en la isla Priveza —dijo Renata con frialdad.
El asombro se reflejó en el rostro de Ethan, que se giró y miró inquieto a Thomas.
—¿Me reconocéis ahora? —dijo Renata, mirando a Ethan.
Por el rabillo del ojo, veía a Thomas mirándola fijamente desde atrás.
Ambos permanecieron en un silencio atónito durante varios segundos interminables mientras avanzaban por el camino.
—¿Priveza? —dijo Ethan al fin—. ¿Te refieres a Grecia? Nunca hemos estado en esa isla, ninguno de los dos...
Justo al pasar una de las señales rojas de advertencia, Renata giró bruscamente el carrito hacia la derecha, directo al acantilado.
Pisó el acelerador a fondo.
—¡Eh! ¿Qué haces? —jadeó Ethan.
El borde del acantilado estaba tan cerca que el carrito lo alcanzaría en cuestión de segundos.
Ethan se levantó para saltar, pero Renata giró bruscamente a la izquierda y saltó por su lado, mochila en mano.
El carrito, ya en la pendiente del acantilado, se inclinó bruscamente hacia un lado, se tambaleó y se precipitó por el borde con Ethan a medio salir, gritando.
El vehículo se desplomó por el precipicio dando vueltas de campana. Ethan se separó de él con una expresión de puro terror en el rostro, cayendo junto al carrito, hasta que ambos desaparecieron de la vista.
—¡Ethan! —gimió Thomas.
Había logrado saltar de la parte trasera del carrito y estaba a solo unos metros de Renata.
Ambos dieron un paso adelante y vieron a Ethan Baylor y el carrito de golf dar tumbos hasta estrellarse contra las rocas del fondo.
Una fracción de segundo después, una ola los cubrió.
—¡Ethan! —volvió a gritar Thomas.
Estaba tan conmocionado que tenía el rostro lívido, los ojos tan desorbitados por el horror que parecían salírsele de las cuencas.
Se giró lentamente hacia Renata, aturdido, como si no supiera si había bebido demasiado ajenjo y estaba alucinando, o si lo que acababa de ver había ocurrido de verdad.
Ella se alejó rápidamente, trepando hacia terreno más alto.
—¡Tú! —dijo él con voz sombría, volviendo en sí.
Se abalanzó sobre ella con un gruñido gutural mientras aceleraba, los brazos extendidos como para placarla.
Renata adoptó posición de taekwondo.
Cuando se abalanzó, ella lo esquivó con facilidad. Él trastabilló sobre la roca, cayó, rodó y se puso en pie en un segundo. Estaba tan cegado por la rabia que parecía insensible al dolor.
Volvió a cargar contra ella, bramando como un toro. Renata giró e intentó una patada circular a la cara, pero él se agachó y el pie no alcanzó la barbilla.
Le asestó una patada rápida, luego otra y otra más, en el costado y la parte baja de la espalda, derribándolo y empujándolo hacia el borde del acantilado con unas cuantas patadas más.
A medida que la pendiente aumentaba, él luchaba por no resbalar; luego se puso boca abajo, arañando las rocas planas y arenosas.
Pero no encontraba dónde agarrarse: el peso del cuerpo lo arrastraba hacia el borde, la arena suelta y las piedras se le escurrían entre los dedos.
—¡Ayúdame! —gritó.
Renata se acercó y le pisó las manos con cuidado, solo con la puntera de los zapatos de golf, aplicando la presión justa para evitar que siguiera resbalando.
La niebla roja que veía cuando estaba furiosa empezó a nublarle la vista.
—Quiero el nombre del hombre que organizó lo que me hicisteis.
—¿Qué? —jadeó Thomas.
—Quiero el nombre del cabrón que os llevó a Priveza —gritó por encima del viento—. La persona que organizó el viaje.
—N-n-no puedo decírtelo... No lo sé. Todos llevábamos máscaras. Un amigo nos llevó.
—¿Qué amigo?
Thomas vaciló.
—Quiero nombres —gritó Renata, con la niebla roja casi cegándole la vista.
—Alec Holvik.
—¿Holvik? —repitió ella, con más claridad.
—Sí, sí, ¡Holvik! ¡Ayúdame, por el amor de Dios!
—¿Quién es?
—C-capital riesgo... Carolina del Norte.
—¿Él también estaba en el jet?
—Sí, sí, SÍ, estaba en el jet —jadeó Thomas—. ¡Ayúdame!
Renata se quedó allí de pie, con los pies sobre las manos de él.
—¡Ayúdame, estúpida zorra de mierda! —gritó él histéricamente.
Renata contempló el rostro aterrorizado de Thomas durante unos largos segundos, mientras el viento le azotaba los oídos.
—Ahí va una, Thomas —dijo ella con tono sombrío—. ¿Sabes cómo se llama a un hombre que se desliza por el borde de un acantilado, gritándole a la chica que violó para que lo salve?
Los ojos de Thomas se abrieron como platos.
—Muerto.
Renata desplazó el peso hacia atrás sobre los talones, lo justo para que las manos de él empezaran a deslizarse de debajo de sus pies.
—¡Nooooo! —gritó Thomas, arañando las rocas arenosas mientras la gravedad arrastraba inexorablemente su cuerpo hacia el borde...
Y entonces Thomas Baylor finalmente se deslizó hacia el vacío, arañando solo el aire, gritando a todo pulmón.
Renata se inclinó hacia delante lo suficiente para verlo caer indefenso hacia las traicioneras rocas de abajo, dando vueltas en el aire, con los gritos arrastrados por el viento.
Momentos después, Renata corría por el campo de golf, atravesando calles, cruzando búnkeres a toda velocidad, tropezando y tambaleándose de vez en cuando en la luz menguante del atardecer.
Se había puesto histérica, lo cual no era difícil, teniendo en cuenta lo que acababa de hacer.
—¡Ayuda! —gritaba, con lágrimas corriéndole por el rostro—. ¡Que alguien me ayude!
Se había vuelto a poner la peluca y las gafas, y llevaba la mochila a la espalda, que rebotaba con cada paso, con la toalla dentro.
Cuando llegó al hoyo dieciocho, dos hombres y dos mujeres estaban en el green, terminando su partida.
Uno de los hombres estaba a punto de hacer un putt cuando él y los demás la oyeron y se volvieron a mirarla.
—¡Ayuda! —gritó, tambaleándose sobre el green.
Jadeante, dijo:
—C-creo que los hermanos B-Baylor podrían haberse caído por el acantilado.
El grupo intercambió miradas alarmadas.
Uno de los hombres dijo:
—¿Qué quieres decir con que «crees»?
—Soy su c-caddie... caminé hasta el tee del hoyo d-diecisiete, esperando a que llegaran, y nunca v-vinieron, y empecé a b-buscarlos, ¡y entonces vi su c-carrito abajo en el agua, sobre las rocas!
—Dios mío —dijo una de las mujeres.
—¡Que alguien llame al 911! —chilló la otra mujer.
El primer hombre ya había sacado el móvil y estaba marcando.
Jimmy llegó trotando desde la casa club.
—¿Qué pasa? He oído gritos...
El hombre que estaba llamando al 911 resumió lo que Renata había dicho.
—Jesucristo —jadeó Jimmy, y echó a correr, saltó al carrito de golf del cuarteto y salió disparado hacia los acantilados.
En dos o tres minutos, toda la casa club era un caos total. La gente corría en todas direcciones. Bernice estaba al teléfono con la Guardia Costera, y el resto del personal se subía a los carritos de golf para dirigirse hacia los acantilados.
—Quédate aquí en la casa club —le dijo Jimmy a Renata, tapando el teléfono con la mano un momento—. La policía querrá hablar contigo.
Ella asintió, secándose los ojos.
Jimmy salió.
No quedaba nadie en la casa club.
Salió discretamente por la puerta principal, quitó el candado de su bicicleta y se alejó pedaleando, con sirenas que ya se oían a lo lejos. No encendió las luces.
En cuanto llegó a un tramo del carril bici mal iluminado y desierto, se quitó rápidamente la peluca y las gafas transparentes y las metió en la mochila; luego se sacó con cuidado las lentillas marrones y las lanzó al viento.
Encendió las luces de la bicicleta y siguió pedaleando.
Minutos después, dos coches de policía, una ambulancia y un camión de bomberos pasaron zumbando por la carretera en dirección al campo de golf, con las luces centelleando y las sirenas aullando.
Nadie en los vehículos se fijó siquiera en la rubia que pedaleaba tranquilamente por el carril bici.