CAPÍTULO 22
C uando Renata metió el Cruze blanco en el abarrotado aparcamiento del centro comercial, pasó de largo Target y JC Penney hasta llegar a la esquina más alejada.
Aparcó marcha atrás entre una furgoneta y una camioneta, dejando bastante espacio entre el parachoques trasero y el alto muro de hormigón que tenía detrás.
Tras accionar la palanca del maletero, salió del coche, rodeó hasta la parte trasera y fingió rebuscar en la maleta, como si buscara algo.
Lo único que necesitaba era un destornillador, que ya llevaba en la mano.
El resto del tiempo lo dedicó a echar vistazos a su alrededor, comprobando los vehículos aparcados cerca y buscando cámaras de seguridad.
Bien. Tanto la furgoneta como la camioneta tenían matrículas de California.
Cuando decidió que era seguro, metió la mano en el bolsillo y dejó caer un puñado de monedas sobre el asfalto, que salieron rodando en todas direcciones.
—Maldita sea —gruñó en voz alta. Se agachó y fue recogiendo las monedas una por una mientras se acercaba a la furgoneta.
Cuando estuvo justo delante de ella, entre el parachoques y la pared, aflojó rápidamente los dos tornillos de la matrícula, la retiró y se metió el sucio rectángulo de aluminio por la espalda, bajo la chaqueta, de modo que quedara pegado a la columna.
Volvió al maletero del coche y deslizó rápidamente la placa debajo de la maleta.
Repitió el mismo proceso con la camioneta aparcada al otro lado.
Sabía por sus averiguaciones que en California, igual que en Ohio, era obligatorio llevar matrícula delantera y trasera.
¿Qué más daba si coincidían o no? Nadie podía verlas a la vez.
Si la policía la paraba, Dios no lo quisiera, en cuanto pasaran cualquiera de las matrículas por el ordenador sabrían que no correspondía al coche.
La matrícula de la camioneta no fue tan fácil de quitar: uno de los tornillos parecía oxidado y agarrotado. De hecho, toda la camioneta era vieja y tenía manchas de óxido por toda la carrocería. La punta del destornillador no paraba de resbalar de la cabeza, pero al final consiguió sacarlo.
Justo cuando se incorporaba con la placa oculta bajo la chaqueta, vio a un tipo grande y de aspecto rudo con botas vaqueras que venía hacia ella con una bolsa de plástico en la mano.
La miraba fijamente, con el ceño fruncido.
Y seguía acercándose.