CAPÍTULO 23
R enata no sabía si el hombre de las botas de vaquero que cruzaba el aparcamiento hacia ella la había visto asomarse por delante de su camioneta.
Se ocultó tras la tapa abierta del maletero y sacó de la espalda la matrícula que acababa de quitar de la camioneta del hombre; luego la escondió bajo la maleta, junto a la otra.
Cuando volvió a quedar a la vista, fingió buscar algo en el suelo y recogió una moneda imaginaria.
El hombre se acercó a la camioneta sin dejar de mirarla. Tenía el pelo largo y grasiento y llevaba ropa mugrienta. Se notaba que desconfiaba.
Renata se agachó y miró debajo del morro de la camioneta, con el corazón latiéndole con fuerza.
—Oye —gruñó irritado—. ¿Qué demonios estás haciendo?
—Se me han caído un montón de monedas. Creo que la mayoría han rodado debajo de tu coche. Qué torpe soy.
Siguió avanzando pesadamente hacia ella. Era un hombre corpulento, de más de metro ochenta.
Se detuvo entre los dos vehículos, junto a la puerta del conductor de la camioneta. Echó un vistazo al suelo mientras se apartaba unos mechones grasientos detrás de la oreja.
—Cuando muevas la camioneta, podré recogerlo todo —dijo ella. «Por favor, no vengas a la parte de delante» , pensó, presa del pánico.
El hombre la observó mientras recogía otra moneda, como si le pareciera que se comportaba de manera rara, y luego se agachó a comprobar el guardabarros, seguramente para ver si ella lo había rayado con el coche.
Se quedó allí unos segundos, hasta que finalmente tiró la bolsa de la compra dentro de la camioneta y se subió al asiento del conductor.
Renata esperó conteniendo la respiración mientras él arrancaba, metía la marcha atrás y por fin retrocedía.
En cuanto la camioneta dejó libre el hueco, ella ocupó su lugar, recogió unas cuantas monedas del suelo y le hizo un gesto de agradecimiento con la mano.
El hombre se alejó fulminándola con la mirada y negando con la cabeza.