Los asesinatos dominó (Los 4 episodios) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

San Francisco, California

— D amas y caballeros, estamos a punto de aterrizar en el Aeropuerto Internacional de San Francisco —anunció la azafata—. Por favor, asegúrense de que sus asientos estén en posición vertical y las mesitas plegables recogidas.

Renata miraba por la ventanilla con la esperanza de vislumbrar el puente Golden Gate. Nunca había estado en California. Sin embargo, desde su lado del avión solo se veían hileras e hileras de casas, autopistas congestionadas y algunos polígonos industriales.

Salir de casa esa mañana había sido incómodo, por no decir otra cosa.

—Tengo que ir a Boston unos días —le había dicho Renata a su madre.

—¿Ya? —preguntó Kay, sorprendida. Estaban desayunando.

—He terminado la primera parte del proyecto de investigación. Tengo que volar a la sede central e informar cada vez que termino una parte.

—Ah. ¿Y cuántas partes hay?

—Ocho —respondió Renata sin vacilar.

Comieron en silencio durante un par de minutos. Su madre parecía muy escéptica con todo aquello, lo cual no era ninguna sorpresa.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera?

—No lo sé... unos días. Tendré que pasar un tiempo con Bradley para preparar la segunda parte.

—¿Así que harás siete viajes más a Boston?

—Probablemente.

Su madre suspiró.

—¿Quieres que te lleve al aeropuerto, Renata?

—No hace falta. Cogeré un taxi, lo pagan ellos.

—Querrás decir que lo pagará Bradley...

—No, lo pagará el centro de estudios. Tengo que presentar una nota de gastos.

Kay asintió.

Estaba claro que no se creía ni una palabra de lo que Renata le había contado.

En cuanto el avión aterrizó, Renata consultó el móvil para asegurarse de que el jet Gulfstream seguía en tierra. Había estado comprobando su ubicación casi cada hora, salvo cuando dormía o entrenaba con Michael Yoo, y rezaba para que no se moviera.

Se sintió aliviada al ver que seguía exactamente en el mismo sitio desde que lo había localizado, cerca del FBO. Estaba a un paso de donde ella se encontraba, si hubiera sido posible cruzar el aeropuerto en línea recta.

Mientras se dirigía a la recogida de equipajes con su maleta de mano a rastras, no dejaba de mirarse en los reflejos de las ventanas. Parecía una persona completamente diferente.

Se había pasado todo el día anterior preparando un disfraz.

Se compró una peluca negra y ondulada con corte bob, unas gafas de moda con montura negra y cristales sin graduar, y unas lentillas marrones sin graduación, todo lo cual llevaba puesto en ese momento.

También se había comprado un par de trajes de chaqueta veraniegos y discretos, y decidió ponerse uno para el vuelo.

Y un elegante maletín de cuero para completar el conjunto.

Incluso tenía un nombre nuevo acorde con su nueva identidad y un carné de conducir a juego.

Esto último había sido fácil de conseguir.

Para ir de copas y entrar en discotecas, cualquiera que estudiara en la Universidad Estatal de Cleveland sabía dónde conseguir un carné de conducir falso de calidad decente.

Fue en coche hasta Stockyards, una zona turbia de la ciudad donde un tipo húngaro tenía todo el montaje en su sótano: cámara, impresora, tarjetas en blanco de carnés de conducir de varios estados y una plastificadora.

Además, hacía un diez por ciento de descuento a los estudiantes de la CSU.

Por supuesto, Renata se presentó con su nuevo disfraz para que la foto coincidiera con su nueva identidad.

Pidió un carné de Pensilvania y dio la dirección de una casa cualquiera que había buscado en Google Maps.

Todo el proceso duró quince minutos y le costó cuarenta dólares.

Ahora era Melissa Davis, de Scranton, Pensilvania.

El resultado era que parecía bastante mayor y más seria que Renata Richardson. Al menos eso pensaba ella. Melissa Davis podría haber sido comercial de una gran empresa de cosméticos, ingeniera medioambiental o una abogada prometedora.

Lo importante era que estaba segura de que ninguno de los ocho hombres que la habían atacado sería capaz de reconocerla.

Cuando Renata llegó al vestíbulo del aeropuerto, se dirigió directamente a uno de los mostradores más pequeños de alquiler de coches.

Ya había hecho una reserva para un Chevy Cruze blanco.

Según había averiguado, era con diferencia el modelo más alquilado en California, y el blanco era el color más común: había literalmente millones de Chevy Cruzes blancos circulando por las calles.

Así pasaría lo más desapercibida posible y el coche sería difícil de identificar si algo salía mal.

Sin embargo, no tuvo más remedio que alquilarlo a su nombre real: ninguna de las agencias que había investigado aceptaba efectivo, así que tuvo que usar su tarjeta de débito y su carné de conducir auténtico a nombre de Renata Richardson.

Sabía que usar una tarjeta de débito dejaría rastro. Pero lo mismo ocurriría con el móvil, que también necesitaría usar, igual que el portátil.

Sencillamente, no había forma de perseguir a los ocho hombres sin dejar algún rastro, había concluido, a menos que se creara una identidad completamente nueva que aguantara un escrutinio como el del FBI con los testigos protegidos. No tenía ni idea de cómo hacerlo, ni tiempo ni paciencia para ello.

De todos modos, ¿qué más daba?

Si me pillan, que así sea. No puedo demostrarle a la policía que esos monstruos me violaron... pero, por otro lado, ¿puede la policía demostrar que no me violaron?

Al menos tenía algunas pruebas que podía usar para justificar sus acciones.

Circunstanciales, sí, pero podían conducir a algo más sólido si alguien se molestaba en investigarlas.

En concreto, tenía pruebas fehacientes de que un costoso jet privado con ocho pasajeros había aterrizado en la isla Priveza una hora antes de que la violaran en grupo allí.

Y había denunciado el crimen de forma inmediata y exhaustiva a la policía local.

En cuanto Renata se acomodó en el estrecho coche de alquiler, bajó las ventanillas. Fuera hacía unos veinticuatro grados, un alivio después del sofocante calor de treinta y dos grados que Cleveland seguía padeciendo.

Tras arrancar el motor, trasteó con el navegador del coche, por el que había pagado un extra, para ver cómo funcionaba. Después cogió el móvil y refrescó la página de seguimiento de aeronaves de la FAA para asegurarse de que el jet Gulfstream seguía aparcado en el Supreme Aviation FBO.

Así era, gracias a Dios. Tenía que estar allí para que el Plan B funcionara, en caso de necesitarlo.

Con suerte podría encontrar al dueño de la aeronave por las buenas, con el Plan A.

Renata introdujo en el navegador la dirección de la empresa propietaria del jet Gulfstream, 1340 Vermont Street, San Francisco, y salió de la plaza de aparcamiento.

Tras conducir apenas veinte minutos por la autopista 101 en dirección al centro de San Francisco, siguiendo las instrucciones del navegador, Renata llegó a Vermont Street.

A un lado de la calle se alineaban casas victorianas antiguas y estrechas, pintadas en colores pastel, apiñadas como si buscaran protección. La mayoría tenían garajes debajo, algunos aparentemente subterráneos. Era evidente que el espacio escaseaba en esta parte de California.

La calle habría sido tranquila de no ser por el otro lado, que discurría junto a la autopista 101. Con las ventanillas bajadas, Renata oía el tráfico que pasaba a toda velocidad, pese al alto muro de ladrillo gris que se extendía a lo largo de toda la calle para amortiguar el ruido.

Apenas dos manzanas después, el navegador le indicó que había pasado de largo la dirección, el 1340.

Encontró un sitio para aparcar, salió del coche y comprobó el número de la casa victoriana azul oscuro que tenía justo enfrente.

1350.

Echó a andar con aire despreocupado por la acera en la dirección de la que había venido, fijándose en cada número.

1346... 1338...

Un momento , pensó. ¿Y el 1340, el 1342 y el 1344?

Sacó el móvil y volvió a comprobar la dirección que había copiado de la web de registro de la FAA, pero no había ningún error. 1340.

Un hombre de mediana edad con los brazos llenos de tatuajes estaba trabajando en una moto en el pequeño camino de entrada del 1338, con las herramientas esparcidas por el suelo de hormigón.

—Disculpe —dijo Renata, acercándose un poco más.

Él se volvió y la miró, con una llave manchada de grasa en la mano.

Ella miró el móvil y señaló la casa que había detrás de él.

—Estoy buscando el 1340 de Vermont Avenue.

Él también miró la casa y luego la de al lado.

—Bueno, esta es el 1338 y esa de al lado es el 1346. No existe ningún 1340.

Qué sorpresa , pensó Renata.

—¿Está seguro?

—Totalmente. Llevo doce años viviendo aquí.

Ella miró el móvil.

—Oh, vaya —se quejó—. Es Vermont Avenue en Oakland , no en San Francisco.

El hombre se rio.

—Oakland está cruzando el puente, al otro lado de la bahía.

—Perdone la molestia.

—No hay problema —dijo, y volvió a lo suyo con la moto.

Como Renata ya se había preparado para este resultado, había buscado de antemano en internet una agencia de detectives privados que quedaba relativamente cerca, algo más hacia el centro de San Francisco.

Introdujo la dirección en el navegador. Diez minutos después había llegado. La oficina estaba en la tercera planta de un pequeño edificio de oficinas, también con vistas a la autopista 101.

Un hombre con aspecto agobiado, vestido con americana y pantalones de vestir, estaba cerrando la puerta con llave cuando ella llegó al corredor.

—¿Es usted el detective privado? —dijo, al ver Sherwood & Associates en la puerta.

Él la miró y sacó la llave sin llegar a girarla.

—Sí, soy Phil Sherman. ¿Puedo ayudarla?

Renata le entregó un trozo de papel. Solo había escrito SDR Holdings y la dirección que acababa de intentar encontrar.

—¿Hay alguna manera de averiguar quién es el dueño de esta empresa? Resulta que la dirección no existe. Acabo de estar allí.

Sherwood sacó unas gafas de lectura del bolsillo y miró el papel.

—Entremos.

La condujo a su oficina, pequeña y bastante desordenada. Había carpetas esparcidas por todas partes, junto con algunas tazas de café sucias y latas de refresco vacías. Tuvo que retirar una pila de carpetas de una silla plegable para que ella pudiera sentarse.

—Veré qué puedo averiguar —dijo, sentándose frente al ordenador, que seguía encendido. Tecleó rápidamente, leyó algo en la pantalla y volvió a teclear. Repitió el proceso varias veces, leyendo lo que iba apareciendo.

—SDR Holdings es propiedad de una empresa fantasma en las Islas Caimán.

—¿Las Islas Caimán ? —dijo Renata, asombrada.

—Sí.

Vaciló, pues no quería parecer ignorante.

—¿Qué es una empresa fantasma?

—Es una empresa que existe solo sobre el papel, sin actividad comercial real. Se crean para evadir impuestos. Las empresas fantasma también sirven para ocultar la identidad de los propietarios. Pueden contratar a testaferros para que hagan todo en su nombre.

—Ya veo —dijo ella. No sabía absolutamente nada de ese tipo de cosas.

—Es bastante complicado —dijo, al ver su gesto de confusión—. Una empresa fantasma puede ser dueña de otra empresa fantasma, y esa a su vez de otra, ad infinitum.

Sonrió.

—Es como esas muñecas rusas de madera: las vas abriendo y siempre encuentras otra más pequeña dentro.

Se recostó en su silla y dijo:

—A veces es posible rastrear a la persona o personas que realmente poseen toda esa maraña de empresas fantasma, y a veces no. Puedo intentarlo si quiere, pero no hay garantías.

—¿Cuánto costaría?

Sherwood la miró de arriba abajo, como evaluando su capacidad económica.

—Probablemente más de lo que está dispuesta a pagar. Para llegar al fondo del asunto, seguramente habrá que viajar al extranjero, lo cual sale caro. Es difícil conseguir información a menos que esté físicamente en esos países y pueda soltar algún soborno. Ya me entiende.

Ella asintió.

—¿Y cuánto tiempo llevaría?

Sherwood se encogió de hombros.

—Semanas. Meses. Difícil saberlo.

—Eso no me sirve —dijo Renata, y se puso de pie, molesta, aunque tampoco le sorprendía.

Abrió el bolso.

—¿Cuánto le debo?

—Nada —dijo, haciendo un gesto desdeñoso con la mano—. La primera consulta siempre es gratis.

Renata volvió a subir al coche, desanimada.

Por supuesto que esto no iba a ser fácil.

No tenía más remedio que recurrir al Plan B, aunque era arriesgado.

Primero, tenía que tomar algunas precauciones para protegerse. El coche podía estar alquilado a su nombre, pero había más cosas que podía hacer para camuflarlo.

Programó el navegador para que la guiara a un centro comercial cerca del aeropuerto.