CAPÍTULO 19
A última hora de la tarde siguiente, Renata estaba fuera de sí de rabia y frustración, todavía incapaz de localizar a ninguno de los pilotos.
Pero empezaba a comprender por qué. Leyendo sobre carreras profesionales en aviación, había descubierto que los pilotos que trabajaban a tiempo completo para personas extremadamente ricas solían mantener un perfil muy bajo, por razones de seguridad.
Era posible que ambos pilotos llevaran trabajando para el hombre que había organizado aquel repugnante viaje durante mucho, mucho tiempo.
Ahora Renata se reprochaba haber desperdiciado una semana entera en aquella vía muerta.
Después de cenar aquella noche, Matt apareció sin previo aviso.
Dijo que un amigo suyo la había visto llevando a su madre a casa desde el trabajo, y que él tenía unas «cosas que hacer» en Cleveland y solo quería pasarse a verla. Renata sospechaba que Kay le había dado el soplo.
—¿Qué tal si salimos a tomar un postre? —dijo, después de charlar un rato en el salón.
—Estoy llena, acabamos de terminar de comer.
—Bueno, ¿un café entonces?
Renata cedió. Fueron en el coche de él a una cafetería que les gustaba a los dos. En realidad se alegraba de verlo. Pero resultó incómodo cuando se abrazaron y él la estrechó con fuerza y le besó en la mejilla. Simplemente no le gustaba que los hombres la tocaran en aquel momento.
—Así que ese nuevo trabajo tuyo simplemente te cayó del cielo —dijo mientras conducían.
—Sí, tuve suerte —dijo ella, estremeciéndose por dentro de nuevo ante esa palabra.
Condujeron en un silencio incómodo. Ella le lanzó algunas miradas furtivas: él iba sentado muy rígido en el asiento del conductor, con las manos firmes en el volante a las diez y las dos.
Disfrutaba mucho de su compañía, y le atraía físicamente, porque era guapo y estaba en plena forma.
Pero no lo amaba. Era demasiado conservador para ella.
Por supuesto, ella tampoco bebía ni fumaba ni se drogaba, pero eso era una elección consciente.
Matt nunca había probado ninguna de esas cosas; era impensable dadas sus estrictas creencias religiosas.
Guardaba una Biblia en el coche y llevaba una copia más pequeña adondequiera que fuese.
Nunca le imponía su religión a ella ni a nadie, pero aun así...
Era demasiado cuadriculado, demasiado controlado .
Mientras tomaban café, él no dejaba de mirarla por encima de la taza, con la mirada fija en su rostro.
—¿Qué? —dijo ella finalmente.
—Pareces diferente, Renata.
—¿Diferente cómo?
—Diferente a como eras antes de irte a Grecia.
Ella suspiró.
—No me acosté con nadie más, Matt.
—Pues lo parece.
Esto la sorprendió.
—No entiendo, ¿por qué dices eso?
—No lo sé —murmuró él.
Dio otro sorbo al café.
—Pareces muy preocupada por algo... o por alguien, eso es todo. Ni siquiera me has preguntado qué tal estoy.
—Oh —dijo ella, y se sonrojó un poco.
Qué maleducada había sido.
—Lo siento, Matt, es que estoy pensando en el nuevo trabajo. ¿Qué tal tú ? ¿Te hace ilusión lo de la facultad de Derecho?
—Sí... solo que me gustaría poder estudiar en Cleveland en vez de en casa.
Alargó la mano por encima de la mesa y le apretó la suya.
—Te voy a echar de menos, Renata.
—Yo también a ti —dijo ella, apretándole la mano a su vez, pero retirando la suya.
Cuando llevaba a Renata a casa, Matt torció a la izquierda por una carretera que conducía a un lugar apartado al que solían ir en Lawton Heights, junto al lago Erie.
Como ella aún vivía con sus padres y él había vivido en una residencia masculina cuando estudiaba allí, era uno de los pocos sitios donde podían tener algo de intimidad.
El primer impulso de Renata fue decir: «Esta noche no, Matt», pero por alguna razón no pudo. No quería herirlo más de lo que ya lo había hecho.
Se arrepintió cuando él metió el coche por el estrecho camino flanqueado de árboles que llevaba hasta aquel rincón escondido, un saliente de tierra entre dos de las enormes casas de la orilla.
—Bien, no hay nadie —dijo Matt mientras aparcaba de cara al lago.
Un cuarto de luna centelleaba sobre el agua, que parecía casi en calma.
Matt la miró y se bajó la cremallera de los vaqueros.
—No, Matt, no puedo. Esta noche no.
—¿Ni siquiera una paja?
—Es que... no estoy de humor.
—Lo sabía —dijo él, subiéndose la cremallera con rabia.
—¿Sabías qué?
—Que tuviste un romance en Grecia, y ahora no haces más que pensar en él todo el rato.
—No es verdad.
—Sí lo es, Renata. Es evidente. ¿Se te ha olvidado que tengo dos hermanas mayores? Sé que fantaseaste con eso desde el momento en que conseguiste el trabajo allí. Algún tío moreno con un acento sexy.
Ella le cogió la mano, y él intentó apartarla.
—Mírame, Matt.
Él lo hizo, a regañadientes.
— No me acosté con nadie mientras estuve fuera.
Parecía que la creía, o al menos quería creerla. —¿De verdad que no?
—No hay ningún otro hombre, Matt.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y miró por la ventanilla.
El problema era que había siete hombres más, y quería ver las cabezas de todos clavadas en estacas, al estilo medieval, junto con la del organizador.
—Entonces, ¿cuál es exactamente el problema?
—No puedo explicarlo, Matt. De verdad que no puedo.
La verdad era que se sentía diferente después de lo que le había pasado en Priveza. Más adulta, con su plan de castigar a los ocho hombres y un millón de dólares en el armario.
Matt simplemente no encajaba en ese mundo.
Antes de llegar a casa esa noche , Renata se juró que nunca le contaría a nadie lo que le había pasado en aquella isla mientras viviera, ni siquiera a su propia madre.