CAPÍTULO 18
D urante la semana siguiente, Renata empezó a entrenar intensivamente en taekwondo con Michael Yoo en sesiones individuales.
Llegaba a las siete de la mañana y entrenaba tres horas seguidas, siempre que él tuviera hueco.
El resto del tiempo lo pasaba en casa, encerrada en su habitación, dedicando prácticamente cada minuto que pasaba despierta a investigar a los dos pilotos que habían trasladado al grupo de atacantes a la isla Priveza.
Curiosamente, ninguno de los dos hombres parecía existir.
Había pensado que sería relativamente fácil dar con información sobre ellos, ya que sabía que los pilotos de ese nivel tenían que pasar años de formación, obtener múltiples licencias y habilitaciones de la FAA, someterse a exámenes periódicos rigurosos y todo eso, pero no logró encontrarlos en ningún registro.
Buscó en todas las asociaciones de pilotos profesionales, pero no encontró a ningún piloto llamado Daniel Forester ni Ryan Cameron.
Por sus nombres, era evidente que eran estadounidenses, o quizás británicos o australianos.
Buscó en las asociaciones de pilotos de todos los países angloparlantes y también se quedó con las manos vacías.
Por supuesto, en las redes sociales encontró a bastantes hombres con los mismos nombres y apellidos, pero los fue descartando rápidamente gracias al segundo nombre o las iniciales, o al investigarlos un poco más y comprobar que no se dedicaban a pilotar aviones.
Renata no se molestó en llevar a su madre al trabajo porque no necesitaba el coche. Salvo para ir a entrenar y a comprar comida en el supermercado de la esquina, no salía de casa.
Una tarde estaba tan frustrada y absorta en sus búsquedas por internet que no se dio cuenta de que su madre había entrado en la habitación.
Cuando vio el reflejo de Kay en el espejo del tocador, movió rápidamente el cursor del portátil a la esquina superior izquierda de la pantalla, que se quedó en negro.
—¿Por qué sigues ocultando lo que haces? —preguntó su madre con suspicacia—. ¿Qué es, alto secreto?
—Pues sí, lo es —dijo Renata.
Tenía preparada una explicación.
—Tuve que firmar un acuerdo de confidencialidad. Se supone que no puedo hablar con nadie de lo que estoy haciendo, ni siquiera con mi familia.
—Bueno, señorita Bond, me molesta que pases tanto tiempo sola en tu habitación. No has salido en una semana.
—Sí que he salido: voy a entrenar taekwondo todos los días.
—Me refiero aparte de eso. Me refiero a socializar. ¿Has visto a Matt desde que volviste?
—No, no lo he visto.
—¿Sabe siquiera que estás aquí?
—Mamá, está en Akron, ¿vale?
Akron, en Ohio, era la ciudad natal de Matt.
—Ya te lo dije: hemos quedado en ir dejándolo poco a poco, porque él va a estar en la facultad de Derecho allí los próximos tres años.
—Está solo a una hora.
—Entonces, ¿por qué no sales tú con él? —espetó Renata.
—No hace falta que seas grosera, Renata.
—Mi relación con Matt es asunto mío, mamá.
Kay suspiró.
—Tienes razón, no debería meterme. ¿Y Hannah?
—¿Qué pasa con ella?
—¿No quieres verla?
—Está ocupada con su novio y con esa clase de estadística tan dura que tuvo que repetir.
La verdad era que Renata no se veía capaz de enfrentarse a Hannah ni a Matt después de lo que le había pasado en aquella isla. Necesitaba desesperadamente estar sola y apenas soportaba a su madre.
Kay miró por encima de su hombro, hacia la pantalla en negro, con esa expresión de preocupación que solo los padres saben poner.
—¿Puedo volver al trabajo, mamá? Tengo un plazo de entrega.