CAPÍTULO 17
M enos de una hora después, Renata entró en la escuela de artes marciales donde había entrenado Taekwondo de niña. Quedaba a solo unas manzanas de su casa.
No había vuelto a pisar aquel lugar desde los once años.
Tampoco se había cruzado nunca con el dueño e instructor principal, un coreano-americano llamado Michael Yoo.
Michael estaba considerado uno de los mejores maestros de artes marciales del país.
No solo era un Sahyeon Nim de Taekwondo, o maestro instructor, sino que dominaba de forma impresionante el Judo, el Kung Fu y el Karate, además de otras artes marciales que ella apenas conocía, como el Krav Maga y el Aikido.
Siempre se había sentido culpable por abandonar y había evitado tanto a Michael como a la escuela.
Y ahí estaba, el maestro en persona, sentado al escritorio de su despacho.
Michael trabajaba en el ordenador, con una camisa polo blanca que dejaba ver sus brazos tonificados y una taza de té verde al lado.
Salvo por algunas canas en su pelo negro azabache, estaba exactamente igual que como ella lo recordaba.
Detrás de Michael, a través del ventanal que daba a la sala de entrenamiento principal, dos instructores uniformados ayudaban a un grupo de adolescentes a practicar patadas.
Por fin reparó en Renata, que esperaba en silencio, y alzó la vista.
—¿Puedo ayudarla?
Ella sonrió, recordando lo estricto que podía ser en un momento y lo afectuoso que se volvía al instante siguiente.
No dijo nada, preguntándose si la reconocería.
Frunció el ceño durante unos segundos y luego se le iluminó el rostro.
—¡Renata!
Ella esbozó una amplia sonrisa.
—Soy yo. Ya crecidita.
—Dios mío —exclamó, y rodeó el escritorio para abrazarla. Incluso aquel abrazo inocente de un hombre noble la incomodó, pero lo último que querría sería herir los sentimientos de Michael, así que no dejó traslucir nada.
—No puedo creerlo —dijo, dando un paso atrás para observarla—. Te has convertido en una joven deslumbrante.
Señaló la pared de enfrente, cubierta de fotografías y trofeos.
—Mira, tu foto sigue ahí, del día que conseguiste el cinturón rojo.
Ella se volvió y la miró. La foto mostraba a una niña resuelta, con el uniforme blanco, girando sobre un pie descalzo, la trenza rubia volando tras ella, la otra pierna en el aire, mientras otros niños uniformados observaban arrodillados al fondo.
—Bueno —dijo—, he decidido que quiero terminar mi entrenamiento. Llegar hasta el cinturón negro.
—Qué buena noticia.
Michael la examinó de arriba abajo, esta vez con ojo de entrenador profesional.
—Desde luego pareces estar en forma.
—Hago mucho deporte.
—¿Puedo preguntarte cuál es tu objetivo con el cinturón negro? ¿Quieres competir, o...?
—Defensa personal. Últimamente viajo al extranjero, a lugares peligrosos.
—¿Ah, sí? ¿A qué te dedicas?
—Soy investigadora en un centro de estudios internacional.
Al decirlo esta vez, casi se lo creyó hasta ella.
—Bueno, para defensa personal, podrías plantearte combinar varias disciplinas de artes marciales. El Krav Maga incorpora...
—Prefiero seguir con el Taekwondo, ya que tengo una buena base.
Michael asintió y echó un vistazo al horario de la pizarra.
—¿Y cuándo te gustaría empezar?
—Ahora.