Capítulo 103
D esde que Riddick había llegado a Wiltshire, Yorke lo había mantenido a distancia; sobre todo después de descubrir que Gardner había abandonado el país.
Riddick había hecho todo lo posible por contener su frustración mientras Yorke le aseguraba una y otra vez que estaban haciendo cuanto podían para localizarla, y no quería echarlo todo por tierra.
Pero contener la frustración no significaba quedarse de brazos cruzados.
Había conseguido acceder a las pertenencias de Gardner y había visto la tarjeta de Navidad que había aparecido en casa de Barry.
Solo habían localizado a uno de los hermanos Webb, así que Riddick se había mantenido alerta, acercándose con frecuencia en coche a casa de Barry y vigilando a los hijos de Gardner.
Cuatro días antes, se había fijado en un hombre al final de la calle.
La gorra calada. Un abrigo fino en un día frío.
Demasiado quieto, como se queda la gente cuando intenta pasar inadvertida y no lo consigue.
Riddick había seguido de largo sin reducir la velocidad y había mirado por el retrovisor lateral.
El hombre vigilaba la casa. No caminaba.
No esperaba el autobús. Vigilaba. Dio varias vueltas hasta asegurarse de que el hombre había desaparecido.
Dos días después, la misma calle, el mismo sitio. Distinto abrigo, idéntica postura.
Aquella noche había llamado a Barry. Le había dicho que se llevara a los niños a casa de sus padres. No le explicó por qué. Barry, todo hay que decirlo, no había hecho preguntas: los meses transcurridos desde la desaparición de Gardner le habían enseñado a actuar primero y preguntar después.
Después, Riddick había entrado en la casa.
Había hecho bultos en las camas. Almohadas, cojines cilíndricos y peluches colocados bajo los edredones.
Una silueta en cada habitación. La apariencia de unos niños y un padre dormidos, vistos desde fuera a través de unas cortinas que no estaban del todo cerradas.
Una invitación.
Luego sacó un táser de la armería y pasó dos noches esperando en una habitación del ático. La primera noche no ocurrió nada.
La segunda, atrapó a Keith Webb.
Dos días más tarde, tras recibir garantías de la Fiscalía de que Keith Webb no volvería a ver la luz del día, Riddick recibió en el móvil un correo electrónico sin asunto.
En cuanto vio lo largo que era, se le aceleró el pulso.
¿Emma?
Después de tres frases, ya podía oírla hablándole con una voz cargada de furia, vulnerabilidad y precisión.
Leyó todo lo que había vivido. La pérdida de Phil y Lucy. Tanya Reid. Detallaba sus descubrimientos acerca de Timothy Drake, Harriet Spring y el profesor Crabtree.
Y, por supuesto, Neville Fairweather.
La arquitectura de la corrupción.
Todo estaba expuesto de forma metódica, pero impregnado de ira.
La magnitud de todo aquello lo dejó atónito. Cuánto había descubierto. Con qué cuidado había documentado cada hilo, cada conexión, cada nombre.
Sin embargo, como ella lamentaba tan a menudo, había muy pocas pruebas.
No las suficientes, en cualquier caso, para derribar a una figura tan poderosa.
Riddick se frotó los ojos y suspiró.
Se preguntó si Gardner conocía el acuerdo de inmunidad. Imaginó que Fairweather se habría regodeado contándoselo.
Yorke le había dicho que aquel había sido el precio por la vida de Gardner. Todo a cambio de todo: la organización de Maitland desmantelada y Fairweather en libertad.
Su forma de escribir era cautivadora. Estaba llena de pasión y furia. Pero bajo cada párrafo denso latía una profunda tristeza: la convicción íntima de que Fairweather jamás comparecería ante un tribunal.
¿Quizá por eso había hecho aquello?
Porque la verdad importaba, incluso cuando la ley no quería saber nada de ella.
Más adelante, el tono del correo cambiaba.
La investigación quedaba atrás. Las frases se volvían más cortas, más crudas, menos controladas. Podía imaginarse a la detective quebrada y metódica desvaneciéndose y, en su lugar, apareciendo la mujer con sus deseos y necesidades.
Como si su verdadero yo, el de antes, estuviera volviendo a cobrar vida.
Con lágrimas en los ojos, leyó cuánto lo echaba de menos. Los meses de silencio. Aquel largo correo que había escrito pero nunca había enviado. Una confesión alimentada por el vino, dirigida a un hombre al que había apartado de su lado y hacia el que no podía dejar de tender la mano.
Ahora sí que te veo. Te veo entero: la ira, el dolor, la obstinación y el corazón que hay debajo de todo. Y, aun así, te quiero.
Tragó saliva.
Recordó al asesino desfigurado intentando escupir aquellas mismas palabras.
¿Cómo?
Visto con perspectiva, parecía casi sobrenatural.
Pero Riddick no creía en cosas así, por lo que llegó a la única conclusión razonable.
De algún modo, Keith había leído aquel correo.
La idea le revolvió el estómago y, de momento, fue incapaz de seguir leyendo.
Dejó el teléfono en el sofá. Se apretó los ojos con las palmas de las manos.
¿Cómo?
Permaneció así mucho tiempo. El suficiente para que el piso se sumiera en la oscuridad a su alrededor. El suficiente para que la calle quedara en silencio. No emitió sonido alguno. No le hacía falta.
Lo único que podía concluir era que Keith había accedido de algún modo al ordenador de Gardner. ¿A distancia? O, Dios no lo quisiera, ¿había entrado en su casa?
Pensar que ahora lo habían detenido para siempre lo alivió.
Riddick cogió el teléfono y siguió leyendo.
El correo se había vuelto aún más personal. Era crudo. Gardner había expuesto todas sus emociones y sentimientos.
Él no podía rebatir nada de aquello.
Era lo más auténtico que había leído en su vida.
Ella escribía sobre todo aquello a lo que ambos habían sobrevivido.
Las cosas que habrían destruido a otras personas: las pérdidas, la violencia, las decisiones que nadie debería tener que tomar.
Escribía que el daño que arrastraban no era un muro entre ellos, sino el suelo que los sostenía.
Un terreno común. El único cimiento lo bastante sólido sobre el que construir, porque ya se había roto y había resistido.
Escribía que ahora sabía que podían estar juntos. Que todo lo que había ocurrido —a los dos— no era un obstáculo, sino una razón.
Dejó de leer otra vez.
Pero ¿cómo iban a estar juntos? Ella ya no se encontraba en el país, vivía bajo un nombre que no era el suyo, en una ciudad que nunca había elegido, y Yorke había dejado claro —con cuidado, con firmeza, como comunicaba siempre las malas noticias— que, si regresaba, la amenaza no habría desaparecido por completo.
La inmunidad de Fairweather había permitido desmantelar la red de Maitland, pero no ofrecía ninguna certeza.
Quedaban fragmentos. Cabos sueltos. Gente que no olvidaba.
El propio Fairweather era una de esas personas.
Se le cayó el alma a los pies. Ella nunca volvería a casa.
Alzó la vista hacia el techo, todavía con lágrimas en los ojos.
El yeso estaba agrietado y tenía manchas de humedad. Un piso que no pertenecía a nadie, en una ciudad donde no tenía ningún motivo para quedarse, mientras sostenía un teléfono lleno de palabras de una mujer que podía encontrarse al otro lado del mundo.
Entonces leyó el último párrafo, separado del resto por un espacio en blanco.
Y se quedó sin aliento.
Volvió a leerlo. Despacio. Palabra por palabra.
Después se levantó. Se acercó a la ventana. La calle estaba oscura, mojada, vacía. Su reflejo le devolvió la mirada: demacrado, sin afeitar. Llevaba la camisa desabrochada. Recorrió con los dedos la cicatriz del trasplante de corazón que le descendía por el pecho.
Entonces leyó por tercera vez el final del correo y se permitió creer.
Media hora después llegó otro correo de ella con un archivo adjunto.
Riddick lo reprodujo.
Y por primera vez en un tiempo inconmensurable sintió algo cuya forma había olvidado.
Comenzó en su pecho, en su nuevo corazón, y se extendió desde allí por todo su cuerpo, cálido y aterrador.
Esperanza.