Capítulo 102
E l dormitorio de Rose era pequeño. Una tenue luz nocturna brillaba junto a una cama individual pegada a la pared del fondo.
Las operaciones habían embotado casi por completo su sentido del olfato, pero Keith aún recordaba el olor de Rose aquel día en la catedral.
Se acercó lo suficiente para distinguir los caballos del edredón y la silueta de la niña bajo él.
Sobre el escritorio, junto a la cama, había una fotografía enmarcada en madera. Rose, Ana y Gardner. Abrazadas, entornando los ojos bajo la luz del sol.
A su lado, una segunda fotografía. Rose, más pequeña. Cuatro años, quizá cinco. Cogida de la mano de un hombre.
Un hombre delgado, con la cabeza rapada y la mirada inexpresiva.
Tye.
Keith respiró hondo.
Encontrarse allí con el hombre que le había disparado era inesperado, extraño y carecía de toda lógica.
Había pasado un mes en coma. Algunos de sus recuerdos se habían trastocado. No era la primera vez que la realidad parecía deformarse ante él.
Tal vez hubiera reemplazado el recuerdo del hombre que le disparó por aquella imagen.
Exhaló. Su mente tardaría mucho tiempo en sanar. Esa era una de las razones por las que estaba allí. Para eliminar distracciones.
Sin hacer caso de Tye, o al menos del hombre que se había convertido en Tye dentro de su memoria, centró su atención en Rose.
Vio en ella aquella misma forma de contemplar el mundo como si lo hiciera desde detrás de un cristal.
Alargó una mano para tocarle la cara.
Quizá eso sea lo que me ha atraído hacia ti.
Sacó la pistola de la cinturilla y miró la cama.
Pero ahora tengo que liberarme.
Apartó el edredón.
Barrió los peluches de encima de la cama y los tiró al suelo.
Un caballo. Un conejo. Varios cachorritos.
Ninguna niña.
Nadie con unos ojos como los míos.
Volvió a respirar hondo.
Sintió un vacío que lo hundía por dentro, la impresión de que su pérdida de contacto con la realidad y con sus emociones lo había seguido hasta aquella casa.
Al exhalar, se tranquilizó pensando que quizá durmiera con su hermana.
Con los ojos muy abiertos, cruzó el rellano. La habitación de Anabelle. Paredes rosas. Estrellas blancas en el techo.
Otra silueta...
Con la pistola en una mano, arrancó el edredón de un tirón.
Solo era un montón de almohadas.
Había sido cuidadoso. Tenía fotografías tomadas con una cámara desechable. Las niñas entrando por la puerta principal con las mochilas del colegio. El martes. El jueves. Estaba seguro.
Parecía una trampa.
Volvió a respirar hondo, salió de la habitación apuntando con la pistola a uno y otro lado del rellano y no exhaló hasta que estuvo dentro del dormitorio de Barry.
Contempló la cama vacía.
—No lo... entien... —La voz le salió destrozada. Un estertor húmedo que apenas parecía lenguaje.
Una voz surgió de la oscuridad. Grave. Serena. Con acento de Yorkshire.
—Suelta la pistola o disparo.
El dedo de Keith se tensó sobre el gatillo.
—Suelta la pistola.
Recalcó cada palabra.
Ya no podía sonreír, así que soltó un bufido.
—¿Quién... eres...? —trató de vocalizar, pero cada palabra sonó como un gorgoteo.
—Suelta la pistola o disparo —repitió el hombre.
Keith volvió a bufar. Después de todo lo que había pasado, de todo aquello a lo que había sobrevivido, ¿de verdad aquel hombre esperaba que obedeciera?
—Ahórratelo —dijo el hombre—. Soy amigo de la familia.
Keith distinguía en la ventana el reflejo de la figura apostada en el umbral, recortada contra la tenue luz del rellano. Nada más que una silueta.
—Me llamo inspector Paul Riddick y estás detenido.
Keith exhaló.
Paul Riddick.
Recordó el correo electrónico: la carta de amor que nunca había llegado a enviar. El hombre a quien la inspectora jefa Emma Gardner había llamado en sueños.
—Ah.
Notó que se le caía la baba. Se dispuso a limpiarse la barbilla.
—No te muevas... —siseó Riddick.
Keith tomó una bocanada de aire profunda y ronca y consiguió escupir las palabras en un único y doloroso arroyo.
—Ahora te veo. Os veo a todos. La ira y el dolor y el corazón que late debajo.
Notó el sabor de la sangre.
—Y aun así te quiero.
Sonríe y el mundo sonreirá contigo.
Se volvió.
Todos los músculos de su cuerpo se agarrotaron al mismo tiempo.
No hubo preámbulo, ni advertencia, ni una fracción de segundo para prepararse.
En un instante era un hombre que empuñaba una pistola; al siguiente, una rígida columna de electricidad, con todas las terminaciones nerviosas activándose a la vez y todos los tendones contrayéndose contra el hueso al que estaban anclados.
La pistola no se le cayó de la mano: su mano sencillamente dejó de existir como tal.
Se convirtió en una garra, después en un espasmo, y el arma golpeó la moqueta como si nunca le hubiera pertenecido.
Se desplomó. No fue una caída. Fue un derrumbamiento: primero las rodillas, luego de lado, con el hombro absorbiendo el impacto y el cráneo rebotando una vez contra la moqueta.
La corriente llegaba en oleadas, y cada una era peor que la anterior porque aparecía justo cuando la precedente insinuaba que tal vez estuviera terminando.
La mandíbula —lo que quedaba de ella— se le cerró con tanta fuerza que sintió las placas de titanio desplazarse contra el hueso.
No podía hablar. No podía sonreír. No podía decirle al mundo que sonriera con él.
Yació sobre la moqueta del dormitorio de un desconocido, sacudido por espasmos, y, por primera vez en su vida, no era lo más peligroso de la habitación.