Capítulo 104
S eis vehículos ocupaban el camino de grava de la casa de Fairweather. Dos turismos sin distintivos de la SEROCU, una unidad de apoyo táctico de la NCA, dos vehículos de respuesta armada y el coche del propio Yorke.
Se ajustó las esposas y subió los escalones de piedra.
La puerta se abrió. En la entrada apareció un hombre de cuello grueso cuya chaqueta se tensaba a la altura de los hombros.
Yorke le mostró la orden judicial y se disponía a presentarse cuando el hombre dijo:
—No hace falta nada de eso, inspector jefe Yorke. Debo acompañarlo a su despacho.
Lo condujo por el pasillo hasta el despacho de Fairweather.
Fairweather estaba de pie detrás de su escritorio cuando Yorke entró. Vestía un impecable traje gris marengo.
El escritorio que los separaba estaba despejado. Ni un documento a la vista.
El escritorio de un hombre que ya había puesto sus asuntos en orden.
—Inspector jefe Yorke —sonrió—. Supongo que volverás a rechazar mi petición de llamarte Mike.
—Estoy aquí por un asunto oficial, señor Fairweather.
—Ya lo veo. Desde luego, te muestras mucho más seguro de ti mismo que la última vez que te vi.
Yorke estuvo a punto de sonreír, pero se contuvo. Siempre procuraba conducir aquellos asuntos con dignidad.
—Las cosas han cambiado.
Fairweather arqueó una ceja, sin dejar de sonreír.
—¿Tu condecoración?
Yorke negó con la cabeza. La condecoración había sido un suplicio y, más que reforzar su confianza, había supuesto un golpe para ella.
Pero había sido necesario aceptarla, sin hacer preguntas.
La NCA se la había entregado en Westminster, ante altos mandos policiales y funcionarios del Ministerio del Interior. Todo por un caso que el hombre que tenía enfrente le había servido en bandeja.
—Leí un artículo sobre ti, inspector jefe Yorke —recalcó el cargo—. Calificaba de ejemplar y decisivo tu liderazgo en el desmantelamiento de una importante red de crimen organizado.
Yorke asintió.
—También mencionaba mi compromiso inquebrantable con la justicia. Y por eso estoy hoy aquí.
Fairweather se acercó al aparador y se sirvió un whisky escocés.
—¿Te apetece uno?
Yorke negó con la cabeza.
—Sinceramente, preferiría acabar con esto cuanto antes, señor Fairweather.
Fairweather levantó una mano.
—De acuerdo, lo entiendo, pero dame un momento más —alzó el vaso hacia la luz y examinó su color—.
¿Puedes creer que llevo más de un año sin beber?
Órdenes del médico. Aunque sí me dijo que podía tomarme una copa en ocasiones especiales.
—Se la bebió de un trago. Dejó el vaso. Se sirvió otro.
Después se acercó a la ventana y contempló los vehículos apostados en el camino, los agentes que permanecían junto a ellos y las luces azules, apagadas pero visibles—.
Supongo que hoy es una ocasión especial.
Sí.
Pero regodearse no iba con él.
—Mira eso —soltó una risita grave—. Recuerdo que me dijiste en mi casa de campo que, si ibas a detenerme, el aparcamiento estaría lleno. No ibas de farol.
Se bebió el segundo whisky. Esta vez más despacio. Al ritmo de un hombre que había tomado una decisión y no tenía prisa por llegar hasta el final.
—¿Y bien? —Dejó el vaso con cuidado—. Sé que eres un hombre eficiente, inspector jefe Yorke. Sé que preferirías mantener esto frío y formal, pero te lo ruego: una sola palabra. Del verdadero tú. Dime cómo están las cosas.
Muy bien. Yorke dio un paso al frente. Respiró hondo.
—Te ha vencido, Neville.
—¿Emma?
Yorke asintió.
—No me sorprende. —Fairweather lo dijo casi para sí mismo—. Siempre supe que estaba por encima de los demás. Debes de estar orgulloso, después de haber sido su mentor.
—No me atribuyo ningún mérito esta vez. Siempre estuvo destinada a detenerte. Solo tenía que ir y volver del infierno para encontrar el modo de hacerlo. Yo no soy más que el mensajero.
—Me pica la curiosidad. ¿Cuál ha sido su jugada?
—Es más que una jugada, señor Fairweather. Esto es jaque mate.
—Ja. —Se sirvió un tercer whisky y lo alzó—. Para darme valor, ¿sabes? Hay que afrontar las consecuencias.
Yorke inclinó la cabeza.
—Vamos… No me tengas en ascuas. ¿Cómo?
Yorke sacó el teléfono. Abrió el archivo de audio y pulsó el botón de reproducción.
La voz del propio Fairweather llenó la estancia. Serena, mesurada, irreprochable:
— ¿Qué quieres? ¿La garantía de que no sufrirá? Puedo dártela. Pero sabe cosas y no puedo confiar en que no vaya a por mí, porque lo hará.
—Ya basta —dijo Fairweather con un asentimiento.
Se bebió el cuarto whisky.
—¿Cómo?
Yorke detuvo la grabación.
—Lo grabó con el teléfono de su hermano. Recuperamos el cadáver de Jack Moss de debajo de la granja.
Fairweather lo miró fijamente. Por primera vez, algo cambió tras aquellos ojos impasibles. No fue pánico. Fue comprensión. La expresión de un ajedrecista que acaba de descubrir la jugada que no había visto.
—Permíteme recordarte también que el acuerdo de inmunidad es anterior a este asesinato —dijo Yorke.
—Así es. —Miró a Yorke. Una sonrisa se dibujó lentamente en su rostro, pesarosa, la sonrisa de un hombre que se rinde ante un adversario superior—. Parece que, al fin y al cabo, es jaque mate.
Yorke asintió.
—Neville Fairweather, queda detenido como sospechoso de conspiración para cometer asesinato.
No tiene obligación de decir nada, pero puede perjudicar a su defensa si, al ser interrogado, no menciona algo en lo que más adelante pretenda basarse ante un tribunal.
Todo cuanto diga podrá ser utilizado como prueba.
Lo dijo con voz firme y clara. Sin ningún triunfo en ella. Sin satisfacción. Solo las palabras, pronunciadas como las había pronunciado cientos de veces antes ante hombres que no eran ni la décima parte de peligrosos que aquel.
Fairweather escuchó cómo le leía sus derechos igual que lo escuchaba todo: con la paciente atención de un hombre que ya iba tres jugadas por delante.
O lo había estado, hasta que un inspector jefe llevado al límite había desmontado el tablero.
Cuando terminó, Fairweather se acercó a la pared del fondo, cubierta de fotografías enmarcadas.
Alargó la mano hacia una que estaba cerca del centro.
Yorke se situó a su lado.
La fotografía mostraba a Collette Willows de uniforme, alzando su placa de policía y radiante de felicidad.
—La conocías, ¿verdad? —dijo Fairweather.
—Sí. Honraba la profesión.
Él asintió. Deslizó el pulgar por el cristal, siguiendo la línea de su mandíbula.
—Fue muy duro. Contemplarla desde lejos.
Yorke asintió.
Pero tú lo elegiste así.
No quería agravar el dolor de aquel hombre.
—¿Crees que habría llegado a lo más alto? —dijo Fairweather.
—Sin duda.
Fairweather sonrió.
—¿Como Emma?
—No eran muy distintas. Las dos fuertes. Las dos entregadas.
—Los mejores siempre acaban llegando arriba, ¿verdad?
Yorke asintió.
Fairweather volvió a colocar la fotografía en la pared. La ajustó hasta dejarla recta. Su mano permaneció un instante sobre el marco antes de caer a un costado.
—Cuando yo ya no esté, Emma podrá volver a casa —dijo Fairweather.
—Sí —dijo Yorke.
—Eso es algo bueno.
—Sí.
—Espero que sea feliz.
—Será feliz con sus hijos. Y hay alguien que le importa. En quien confía profundamente.
Por eso le envió la grabación. Para que me la entregara.
—¿Puedo pedirte una cosa?
—¿Otro whisky? Tal vez ya hayas bebido suficiente.
—No. —Se irguió. El encanto había desaparecido. En su lugar había algo que Yorke nunca había visto en él: no exactamente vulnerabilidad, sino la ausencia de toda impostura—. Quiero que sepas que las cosas que hice… las hice por este país.
Yorke asintió. Se mordió el labio.
—El tiempo me dará la razón.
Lo dudo.
—Así que solo te pido una cosa. Déjame salir de aquí con dignidad. Con la cabeza bien alta. Déjame contárselo a mi mujer. No quiero que mi familia me vea salir escoltado de mi propio despacho.
Yorke respiró hondo.
No creo que te lo hayas ganado.
Abrió la boca para negarse, pero entonces su mirada se posó en la fotografía de Collette que colgaba de la pared.
La placa de policía. La sonrisa. Ella nunca había sabido que aquel hombre era su padre. Y, de haberlo sabido, ¿lo habría perdonado?
Probablemente no.
Pero, se mirase como se mirase, seguía siendo el padre de una compañera, y Yorke no pudo librarse de la sensación de que, cuando se trataba de los tuyos, a veces había que ceder, aunque solo fuera un poco.
—Esperaré fuera, al pie de la escalera.
El aire estaba impregnado del intenso olor de la grava mojada y el boj.
A través de la puerta abierta, Yorke alcanzaba a ver una parte del pasillo. El guardaespaldas condujo hasta la puerta del despacho a una mujer que vestía una chaqueta de punto de cachemira. Ella entró. El guardaespaldas esperó fuera.
Cinco minutos después, la esposa de Fairweather salió. El guardaespaldas la tomó del brazo y la condujo hacia la escalera. Estaba llorando. No volvió la vista atrás.
Muy bien, Neville. Ya puedes salir.
Pasó otro minuto.
Yorke miró a los impacientes agentes que lo rodeaban.
Cuando transcurrió un segundo minuto, se le ocurrió algo. No de forma gradual, sino de golpe, como aparece una grieta en un cristal: ya estaba ahí antes de que la vieras.
Volvió corriendo a la casa mientras la advertencia que Neville le había hecho en su último encuentro resonaba de pronto en su cabeza: Porque no puedo ser yo quien ceda primero. Nunca lo he hecho.
Los zapatos le resbalaron sobre el suelo pulido, pero llegó hasta la puerta del despacho y agarró el picaporte.
Una única detonación. Un sonido que podía confundirse con el de un libro al caer de una estantería o el de una puerta al cerrarse de golpe en una habitación lejana.
No significaba nada, a menos que supieras.
No está en mi naturaleza.
Yorke permaneció con una mano sobre la puerta. Escuchó el silencio que siguió y comprendió que Neville Fairweather había hecho una última jugada.
Y que ya no habría ninguna más.