Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 99
95%

Capítulo 99

G ardner cerró los ojos. ¿No acabaría nunca aquel infierno?

—Llévame a casa —dijo.

—Hay mucho dinero en esa cuenta, Emma —dijo Fairweather.

—Bien por Lou Mary Calder, sea quien sea. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Llévame a casa.

—Más de un millón de euros.

Ella negó con la cabeza.

—No quiero dinero. Solo quiero a mis hijos.

—Vas a ir a Lisboa, Emma.

—¿Con mis hijos? —Abrió los ojos y lo miró.

Fairweather respiró hondo y se puso a caminar de un lado a otro: tres pasos hasta la ventana y tres de vuelta.

—Necesitas ver las cosas con perspectiva.

—¿Ah, sí?

—No te has portado bien, Emma.

—Hablas como mi padre.

Lo oyó tragar saliva.

—Tenías una hija, Neville. ¿Te acuerdas? ¿Por qué no ejerciste de padre cuando tuviste la oportunidad?

Él la miró fijamente durante largo rato. Pareció perder todo el color del rostro.

Por primera vez, ella vio resquebrajarse su fachada de aplomo desmedido.

Esperaba que le advirtiera que tuviese cuidado. En lugar de eso, él soltó el aire despacio, como si aceptara que su comportamiento era producto de una angustia extrema, y recuperó la compostura.

—Lo que has hecho tiene un precio —dijo Fairweather.

—Mi trabajo consiste en investigar la corrupción.

—Podemos adornarlo como queramos —dijo Fairweather—. Fuiste demasiado lejos. Y nadie más habría salido indemne de esto. Nadie. No como tú.

—No considero que el exilio sea librarse de nada.

Fairweather regresó a la chimenea. Permaneció allí un rato, aferrado a la repisa.

—¿Y por qué? —preguntó Gardner—. Si COLSIS ha desaparecido de verdad, ¿por qué?

Fairweather se volvió. Arqueó una ceja. Ahora había sorna en su expresión.

—Porque no puedo confiar en ti. Nadie puede confiar en ti.

Ella respiró hondo y negó con la cabeza.

—Sí puedes… Déjame volver con mis hijos y podrás confiar en mí.

Él se acercó un poco más.

—Cada fibra de mi ser me gritaba que lo dejara estar. Que permitiera a COLSIS hacer lo que había que hacer…

—A lo mejor deberías haberlos dejado —le espetó Gardner entre dientes.

Y lo decía en serio. Lisboa sin sus hijos era peor que una bala.

Él se arrodilló ante ella. Alargó la mano para tocarle la cara. Ella se apartó para impedírselo. La mano de él volvió a caer.

—Érase una vez, tomaste ciertas decisiones…

decisiones por mi hija. No podía ver más allá de eso…

Pero, después de todo esto, dejarte aquí, libre, en este campo de juego, para que reconstruyas tu muro, para que retomes tu venganza…

Te estoy dando una vida nueva. Recibirás una generosa compensación y puedes confiar en que Barry será un buen padre…

—Yo no seré como tú, Neville. —Gardner se puso en pie—. No les daré la espalda a mis hijos.

—Emma…

—Léeme los labios. No va a ocurrir.

Fairweather gimió y se dio la vuelta. La habitación quedó inmóvil y en silencio.

Ella oyó una respiración muy cerca, a su espalda.

—Ya le dije que no funcionaría, señor.

—Que te jodan, Brandon —siseó Gardner.

Aunque Fairweather estaba ahora de espaldas a ella, habló con claridad.

—Emma, dentro de un momento te llevaré al coche, iremos al aeropuerto y…

—Tendrá que ser pasando por encima de mi cadáver.

Sintió el frío cañón de una pistola apretado contra la sien.

—Ahora nos entendemos.

La habitación dio vueltas a su alrededor.

—No hay alternativa —dijo Fairweather, todavía de espaldas a ella—. Ojalá la hubiera, de verdad.

—Esta es la alternativa —susurró Brandon, manteniendo la pistola contra su cabeza.

La idea de no volver a ver jamás a sus hijos, estuvieran muertos o vivos, le cruzó la mente. Sin duda lo primero era preferible, aunque lo segundo… Bueno, eso le daba una oportunidad, ¿no? Una oportunidad de regresar de algún modo.

Todo se volvió borroso y se dio cuenta de que los ojos se le estaban llenando de lágrimas. Jack estaba ahora frente a ella. Miraba a Brandon mientras hablaba.

—Baja la pistola mientras hablo con mi hermana.

El cañón no se movió.

—Ahora —dijo Jack.

Su expresión no cambió.

Sintió que el cañón se apartaba de su sien.

Él le cogió ambas manos. La miró.

—Tienes que irte, Emma.

—Jack…

—Escúchame. —Tragó saliva y respiró hondo. A Jack se le daba fatal aquella clase de comunicación—. Desde el principio has tenido motivos de sobra para no confiar en mí. Pero lo has hecho, ¿verdad?

—Sí, pero…

—Y sigues aquí. Así que necesito que confíes en mí un poco más.

—Pero ¿y mis hijos? ¿Ana? ¿Rose? Tu Rose.

Él tragó saliva y se inclinó hacia ella. Le susurró al oído:

—Necesito que sobrevivas a esto. Lo necesito más de lo que jamás he necesitado nada…

Ella negó con la cabeza, confusa.

—… por mi vergüenza.

Ahora lo veía, con hollín en los dedos y esas mismas palabras cayéndole de los labios.

Él dio un paso atrás sin soltarle aún las manos.

—Tú siempre ganas, Emma. Siempre. ¿Por qué crees que nuestros padres se inclinaban por mí? Porque tú ganabas. Tú no eras como yo. Y nunca lo serás. —Le apretó las manos y después retiró las suyas. Se arrodilló, recogió del suelo el pasaporte y los demás documentos y se los puso en las manos.

—¿Lista? —preguntó Fairweather.

Tuvo que respirar hondo varias veces antes de ser capaz de asentir.