Capítulo 98
E l muy cabrón de Neville Fairweather la hizo esperar otras veinticuatro horas.
Era un anochecer despejado, sin viento ni lluvia, así que oyó llegar su vehículo: un motor más grave y suave que el del Volvo de Jack.
Junto a su hermano, observó desde la ventana.
—¿Son tres?
Fairweather caminaba detrás de dos hombres desconocidos, con su oscuro abrigo ondeando al andar. Desentonaba por completo en aquel patio de la granja embarrado y descuidado.
—¿Estamos a salvo? —preguntó Gardner.
Jack no respondió.
Notó que el corazón se le aceleraba.
—¿Aún tienes la pistola?
Él negó con la cabeza.
Los dos hombres que iban delante aparentaban unos treinta y tantos años. Ambos eran corpulentos y llevaban el pelo muy corto. Uno era bastante más alto que el otro, pero no resultaba tan intimidante como Fairweather.
—¿Estamos a salvo? —volvió a preguntar.
Jack la cogió del brazo y la miró a los ojos.
—Por supuesto. Estás a salvo.
Los dos hombres se detuvieron para inspeccionar el patio de la granja. Sacaron las armas.
Gardner respiró hondo.
—Jack...
—Solo están tomando precauciones.
Vio a Jack salir al pasillo. Se sentía indefensa. Se volvió y reparó en la chaqueta de él, colgada de la puerta de la cocina. Se le ocurrió una idea.
Respiró hondo.
Una idea ridícula, pero ¿qué otra cosa podía hacer?
Se abalanzó hacia la chaqueta, metió la mano y cerró los dedos en torno al Nokia. Lo sacó y lo abrió. Un resplandor azul. Deslizó el pulgar por el teclado —dos pulsaciones rápidas— y volvió a guardar el teléfono en el bolsillo.
Oyó abrirse la puerta del pasillo y se apartó de la chaqueta.
Cuando se volvió, vio entrar primero al hombre más alto y lo reconoció de inmediato.
Presa de las náuseas, se apoyó en la pared para no perder el equilibrio.
Solo había visto al asesino de Fairweather en imágenes fijas de vigilancia y capturas del sistema de reconocimiento automático de matrículas.
Brandon West. El cabrón que, estaba convencida, había matado a sus amigos.
Allí. Ahora.
El estómago seguía revolviéndosele de rabia y miedo.
Brandon, con la pistola en la mano derecha, la contempló con indiferencia.
Un hombre más bajo entró tras él en la habitación. No lo reconoció, pero también iba armado.
Después entró Jack, seguido de Fairweather, que lo hizo como quien entra en un restaurante: echó un vistazo a la estancia, sopesó dónde sentarse y ajustó levemente la expresión para dejar constancia de que aquel entorno estaba muy por debajo del nivel al que acostumbraba. Miró a Gardner.
Sí que reparó en ella.
Con una sonrisa.
Cálida. Y, sin duda, ensayada.
—Me alegro de que estés bien —dijo.
—No estoy bien —replicó ella. Miró a su hermano—. De no haber sido por Jack, bueno...
Sorprendió a Jack mirándola.
¿Era reconocimiento lo que veía en sus ojos?
—Me alegro de que hayáis sacado algo bueno del tiempo que habéis pasado juntos —dijo Fairweather, situándose de espaldas a la chimenea y de cara al lugar por el que habían entrado. El instinto de un hombre que había dedicado toda su carrera a controlar los espacios—. La familia es importante.
Brandon recorrió la habitación. Se detuvo para mirar por la ventana.
—¿Esperamos a alguien más? —preguntó Gardner, señalando a Brandon.
—Nunca está de más ser precavido —dijo Brandon, volviéndose para mirarla directamente.
Una oleada de repugnancia la recorrió.
—¿Precavido? —dio un paso hacia él—. ¿Como cuando te topaste con Lucy O’Brien?
Había hablado sin pensárselo demasiado y había sido una estupidez, teniendo en cuenta que él iba armado, pero no se arrepentía de sus palabras. Ni lo más mínimo. Lo fulminó con la mirada, deseando que cayera muerto allí mismo.
Brandon no contestó. Se limitó a observarla con una mirada larga y calculada que ella fue incapaz de interpretar. Y eso la inquietaba, porque normalmente sabía leer a cualquiera.
—Muy bien —dijo Fairweather—. Basta.
—¿Qué ha pasado con COLSIS? —preguntó Gardner, centrando su atención en Fairweather.
—Ha desaparecido... O, mejor dicho, está desapareciendo... Me ha costado caro, pero... —respiró hondo y suspiró—. Te dije que te protegería, Emma, y lo he hecho.
Ella soltó un resoplido.
—Bueno, gracias, Neville, por mantenerme calentita y arropada —miró a los tres visitantes—.
En ningún momento pareció que el desenlace estuviera en duda.
Ni siquiera cuando estaba en la furgoneta con tres psicópatas —puso los ojos en blanco y de inmediato se sintió culpable.
Miró a Jack. Si le había dolido, no lo demostraba—. Y ahora, ¿puedo volver a casa?
Fairweather señaló con la cabeza el sillón desvencijado.
—Antes quiero que te sientes.
—No —dijo Gardner—. Solo quiero volver a casa.
Él volvió a suspirar.
—Debo insistir. Lo que viene ahora no te va a gustar.
Ella cerró los ojos con fuerza.
—Esto no se acaba nunca, joder.
—Emma, siéntate —dijo Jack.
Ella abrió los ojos y miró a su hermano.
—Por favor —añadió él, haciéndole una rápida inclinación de cabeza para indicarle que todo saldría bien.
Ella se sentó, apretando los dientes.
—¿Brandon? —dijo Fairweather.
Brandon se acercó y le tendió un sobre marrón.
Gardner contempló el sobre con repugnancia y luego le dirigió una mueca despectiva.
—No quiero nada de ti.
Brandon se encogió de hombros y dejó caer el sobre en su regazo.
—Te equivocas por completo con él —dijo Fairweather.
—Perdona... ¿Entonces no es tu perro? ¿Tu perro asesino? —escupió, dirigiéndose a Fairweather.
—Basta —dijo Jack—. Ya basta.
Ella miró a Brandon.
—Si no tuvieras esa pistola, te mataría.
Brandon le sostuvo la mirada. No parpadeó.
—¡Basta! —exclamó Fairweather.
Gardner volvió a mirarlo.
—Todos estamos aquí por ti, Emma. Algún día te darás cuenta. Algún día nos lo agradecerás.
—Nunca os lo agradeceré —siseó Gardner.
Fairweather se volvió y pasó un dedo por la repisa de la chimenea, examinó el polvo que había quedado en la yema y lo limpió contra la piedra.
—Abre el sobre, Emma. No hagas que todo sea más difícil.
Sin dejar de apretar los dientes, rasgó el sobre. Dentro había un pasaporte azul, británico y nuevo. Su fotografía. Un permiso de conducir. Una tarjeta bancaria.
Lou Mary Calder.
Documentos de una vida que nunca había vivido, pertenecientes a una mujer que nunca había sido.
Tragó saliva, temiendo estar a punto de vomitar.
Arrojó la nueva vida al suelo.