Capítulo 96
C OLSIS fue decapitada el martes por la mañana.
Eric Maitland, la cabeza de la serpiente, estaba comprando un café en el Pret A Manger de Above Bar Street, en Southampton.
Yorke observó cómo dos miembros de la NCA se apostaban a ambos lados de la única puerta de entrada y salida.
Lo abordaron antes de que pudiera llegar a su Aston Martin con chófer.
Fue una intervención discreta y profesional que apenas llamó la atención de los numerosos viajeros.
La atención llegaría más tarde, cuando la noticia apareciera en la BBC.
Después de la detención, Yorke se acercó al coche de policía en el que estaba Maitland.
A Maitland le temblaron los labios mientras miraba a Yorke a través de la ventanilla.
Para gente como aquella, que el jefe de la SEROCU supervisara su detención era una pesadilla.
Yorke dio unos golpecitos en el techo del coche e indicó con un gesto que se lo llevaran.
Retrocedió un paso y vio cómo se llevaban a Maitland.
Yorke se preguntó si el abogado de Maitland también resultaría ser Frederick Alson.
Sería una ironía inesperada, pero, con los años, Yorke había aprendido a esperarse cualquier cosa en su puesto.
También era irrelevante: ningún abogado conseguiría poner en libertad a Maitland.
Fairweather había sido muy generoso. Su dosier era exhaustivo. Estaba claro que era obra de alguien que llevaba preparándose para aquel momento desde mucho antes de que Yorke supiera que iba a llegar.
Maitland había sido el primero de los tres coordinadores de primer nivel.
Los otros dos se encontraban en distintas partes del país.
Valiéndose de miembros del equipo de la NCA adscrito temporalmente, detuvieron a uno en el aparcamiento de un gimnasio de Edimburgo y al otro, en una oficina de Manchester que se presentaba como una consultora de gestión de alto riesgo.
Por la tarde detuvieron a cuatro coordinadores de segundo nivel.
Yorke no supervisó ninguna de aquellas operaciones.
Había regresado al cuartel general con Collins para asegurarse de que se congelaran todas las cuentas en seis jurisdicciones, en coordinación con la HMRC, la Oficina de Fraudes Graves y organismos de Chipre, Luxemburgo y las Islas Caimán.
La documentación de Fairweather había sido lo bastante precisa para conseguir órdenes de bloqueo en cuestión de horas: cada número de ruta bancaria, cada sociedad de cartera, cada cadena de transacciones.
A la hora de cenar, la organización había desaparecido.
No estaba herida. Ni desarticulada.
Había desaparecido.
Cierto era que lo que vendría después llevaría años. Procesamientos, recursos y demás, pero la SEROCU había arrancado sus cimientos, y pensar que aún podía seguir funcionando sería una insensatez.
Todo se estaba desmoronando.
Collins estaba sentado a su lado. El muchacho apenas había hablado desde que Yorke lo puso al corriente tres días atrás.
Había asimilado la información —el trato con Fairweather, los datos de inteligencia, la magnitud de la operación— con la cauta quietud de un hombre que estaba descubriendo algo sobre el mundo que habría preferido no saber.
—Jefe —dijo Collins en voz baja—. Es impresionante.
Yorke asintió.
—Pero...
Yorke lo miró. Le suplicó con los ojos que no siguiera por ahí.
Collins negó con la cabeza.
—No importa.
Sí importaba.
Ambos lo sabían.
Pero aquel no era el momento.
Más tarde, Yorke permaneció de pie en el pasillo, con el teléfono en la mano, escuchando el silencio.
El acuerdo de inmunidad había salido adelante más deprisa de lo que esperaba, o merecía.
Pero después habría una investigación interna.
Siempre la había. Sobre todo con un acuerdo como aquel.
No le apetecía responder a las preguntas que le harían acerca de un trato cerrado en un salón de los Cotswolds con un hombre que podía tener más sangre en las manos que todas las personas a las que habían detenido juntas.
Ahora tenía que esperar y confiar en que hubiera valido la pena.
Más adelante pagaría el precio. De buen grado.
Porque, si ella volvía a casa y él había vendido algo que no podía recuperar, todo habría valido la pena.
Volvería a hacerlo todo sin dudarlo.