Capítulo 93
L a lluvia tamborileaba contra el tejado hundido y las ventanas.
Jack tuvo que renunciar a salir en busca de provisiones y, en su lugar, recorrió la casa colocando recipientes para recoger el agua de las goteras.
Después, siguió trabajando en la cocina económica.
Durante los últimos dos días se había convertido en su proyecto predilecto.
Un proyecto inútil, en opinión de Gardner.
Aquel trasto llevaba mucho tiempo inservible: el tiro estaba atascado, las bisagras corroídas y el hogar, obstruido por las cenizas y el óxido.
Lo único que tenía a su favor era una bombona de gas externa, que estaba llena.
En los últimos días, ella lo había visto desmontarla metódicamente, pieza a pieza, limpiando cada componente con un cepillo de alambre y aceite, y comprobando el tiro con cerillas encendidas junto a los respiraderos.
Era la misma paciencia que aplicaba a todo.
Entendía la atención que prestaba al fuego: los mantenía con vida.
También al arma: quizá tuvieran que recurrir a ella para seguir vivos.
Sin embargo, lo de la cocina económica era distinto. Ya cocinaban en la lumbre.
¿Acaso esperaba que siguieran en aquella cocina durante años?
La idea la llenaba de angustia, así que se refugió en un ejemplar de Cumbres borrascosas mientras él se ocupaba de lo suyo. Jack había conseguido encontrar una vieja copia cubierta de polvo al fondo de uno de los armarios de la planta de arriba.
Pasó la tarde de rodillas, frotando. Debía de estar agotado, sobre todo después de su batalla contra la lluvia.
En un momento dado, se detuvo para recobrar el aliento.
Tardó un rato en reanudar la tarea, así que Gardner dejó de leer y alzó la vista hacia su nuca, al otro lado de la cocina.
—Siento lo del collar —dijo él.
Luego volvió a encorvarse y se puso a trabajar en la compuerta del tiro.
Era una disculpa insólita, surgida realmente de la nada, por lo que ella tardó un momento en asimilarla.
—¿Perdona?
Él volvió a detenerse. Se apoyó contra la cocina. Desde allí, ella alcanzaba a ver que tenía los dedos negros de hollín.
—El collar de mamá. La rosa de los vientos. Lo siento. Sé lo que significaba para ti.
Su voz sonó neutra, como si hubiese hecho un comentario sobre el tiempo.
Ella estaba atónita. Podía entender las explicaciones sobre Fairweather o los detalles de cómo se había infiltrado entre los Webb. Incluso podía hacer las paces con las conversaciones serenas sobre Rose.
¿Pero que mostrara una preocupación sincera por sus sentimientos?
Aunque hacía bien en disculparse. Ella había pensado a menudo en aquello.
—Sí, significaba mucho para mí.
Él volvió la cabeza un instante para mirarla.
—Entiendes que tenía que ponérselo al cadáver —dijo—. Para identificarlo. El anillo y el collar. Sin ellos, la puesta en escena no habría resultado creíble.
—Eso ya me lo has explicado —dijo ella.
Aun así, le había resultado muy difícil de aceptar.
Otro asentimiento fugaz.
—Solo quería que supieras que lo sentía.
Metió la mano en el hogar y probó la bisagra. Ahora se movía; con rigidez, a regañadientes, pero se movía. Sus manos redujeron el ritmo. No por vacilación. Era algo más parecido al cuidado.
Gardner cerró el libro.
—Mamá me lo regaló cuando supo que se estaba muriendo.
Jack volvió a detenerse.
—Me pidió que lo tocara siempre que la echara de menos o me sintiera sola y triste.
Jack asintió.
—Voy a tardar un tiempo en acostumbrarme —dijo ella.
—Lo siento. Ojalá hubiera habido otra forma.
Ella sintió una oleada de irritación.
—Supongo que no es culpa tuya del todo. No sabías lo importante que era: no estabas allí cuando me lo dio.
Lo oyó respirar hondo.
—Quiero decir... ¿Cómo sabías siquiera que era importante para mí? ¿Simplemente lo diste por hecho?
—Mamá me llamó —dijo Jack—. Me lo contó. Me lo describió todo: el papel de regalo, la tarjeta, la cara que pusiste al abrirlo. Tus lágrimas. —Hizo una pausa—. Lo orgullosa que se sintió al ver tu gratitud.
Gardner sintió que algo se removía en su pecho.
Él volvió a trabajar.
—Seguramente pensó que te importaría —dijo Gardner.
Él se detuvo otra vez y respiró hondo.
—Me llamaba al menos un día sí y otro no. Hasta que se puso demasiado enferma. Me contaba muchas cosas: de ti, de papá, de ella misma.
Gardner tragó saliva.
—No lo sabía.
Él volvió la cabeza una vez para mirarla.
—Sí me importaba.
Se puso en pie y se limpió el hollín en los pantalones.
—Nunca dijeron que hablaras tan a menudo.
—Hace mucho tiempo que dejaron de hablarte de mí. —Estaba de espaldas a ella, pero volvió la cabeza hacia un lado mientras hablaba—. Siempre te molestaba. Siempre dejabas claro que no querías tener nada que ver.
Nunca había esperado que fuese él quien reabriera aquella vieja herida. Pero lo hizo. Con tanta despreocupación.
—Te adoraban. Durante todos aquellos años. Los médicos, los diagnósticos, la atención especial. ¿Me culpas por acabar harta de todo aquello?
Él seguía con la cabeza vuelta. Ella veía su rostro de perfil.
—No.
—¿Crees que quería pasar el resto de sus vidas hablando del hijo al que ellos le importaban un comino?
—Entiendo que lo pareciera.
—¿Te diste cuenta alguna vez de cuánto sufrí?
Él se volvió por completo, asintió y sus miradas se encontraron.
—Claro. Ahora más que nunca. Estaban tan ocupados intentando arreglar lo que no funcionaba en mí que no les quedaba tiempo suficiente cuando las cosas empezaban a irte mal a ti.
Ella se preguntó si aquella era la vez que más tiempo habían mantenido el contacto visual.
Fue la primera en apartar la mirada.
—Intenté decirles que yo no tenía arreglo —dijo él.
Ella cerró los ojos y se frotó las sienes. La conversación era demasiado inesperada y no seguía ninguna de las reglas que habían regido sus intercambios anteriores.
—No te esforzaste lo suficiente.
—Tal vez no cuando tenía ocho años, ni siquiera quince, pero con el paso de los años lo intenté. Insistí en que estaban perdiendo el tiempo conmigo y que debían centrarse en ti.
Ella volvió a mirarlo.
—Nunca me lo dijeron.
La lluvia arreció de nuevo.
—¿Por qué ni siquiera viniste al funeral de papá?
Jack volvió a girarse hacia la cocina económica. Pasó el pulgar por la junta donde la puerta encajaba con el marco. Comprobando el ajuste. Sin mirarla.
—¿Por qué, Jack?
Jack se irguió.
—Los dos murieron por mi culpa.
Gardner sintió que se le iba el aire del cuerpo.
Él caminó hasta la puerta de la cocina, se detuvo y se volvió.
—Los fui desgastando. Año tras año. Veía cómo ocurría y no podía detenerlo. Mi comportamiento, el caos, todo lo que les hice pasar. Se esforzaron muchísimo, Emma. Los dos. Y yo simplemente... seguí siendo lo que era.
—Aun así, podrías haber ido a su funeral.
—No merecía despedirme. Merezco sentir vergüenza. —Bajó la cabeza y miró al suelo—. Y siento muchísima vergüenza.
Ambos permanecieron inmóviles durante un rato, mientras amainaba la lluvia.
Al final, él se acercó y se sentó a la mesa.
Se miraron.
Era el mismo rostro, los mismos ojos vacíos que la habían aterrorizado desde la infancia. Pero detrás de ellos vio algo distinto. No exactamente una emoción, sino algo próximo a ella. Un peso. La conciencia del daño causado, de la distancia creada y de los años que no podrían recuperar.
Y siento muchísima vergüenza.
Se había pasado toda la vida creyendo que él era incapaz de experimentar sentimientos así.
Alargó la mano y tocó la de él.
Jack bajó la vista hacia la mano durante unos instantes.
—Gracias por volver a buscarme —dijo ella.
Él asintió y retiró la mano.
Se levantó, regresó a la cocina económica y cerró la puerta del hogar. Cerró con un chasquido limpio: encajaba a la perfección. Arreglada.
Salió de la estancia.
Gardner abrió el libro. La lluvia repiqueteaba contra el cristal.
Leyó tres veces la misma página. No asimiló ni una sola palabra.