Capítulo 91
N ueve días sin sus hijos en aquella granja moribunda, con un hermano sociópata. No le quedaba mucho tiempo.
De un modo u otro, tenía que marcharse. Pronto.
En el piso de arriba oyó el tenue sonido metálico del agua al caer sobre la cerámica y se dirigió hacia la chaqueta colgada de la puerta.
Sentía el corazón en la garganta, en las muñecas, detrás de los ojos. Cruzó la cocina en cuatro pasos. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre las losas. Había aprendido cuáles estaban sueltas, cuáles se movían y rozaban contra las demás. Ahora las evitaba sin pensar.
Sacó el Nokia del bolsillo de la chaqueta y lo abrió.
La pantalla se iluminó con un tenue resplandor azul. No hacía falta ningún código.
Comprobó que el número estuviera oculto y marcó.
Se llevó el teléfono al oído y, mientras sonaba, sintió que cada segundo se dilataba hasta convertirse en algo inmenso y frágil. Sobre su cabeza continuaban los chapoteos.
Tres tonos.
Cuatro.
Cógelo. Por favor. Cógelo.
Cinco. Seis. Siete.
Un clic.
Se le cortó la respiración.
Su voz.
El mundo se ensanchó.
Pero entonces llegó el tono monocorde de alguien que jamás se molestaría en personalizar el mensaje de su buzón de voz.
Y todo se desinfló.
Aun así, esperó a oír la señal.
—Paul —dijo con dulzura. Su nombre y nada más.
Si lo oía, lo sabría. Reconocería su voz igual que ella reconocía la suya, y su nombre en sus labios le revelaría todo cuanto importaba.
El viento encontró las rendijas de la pared de la cocina y se coló por ellas. Pero ella siguió aferrada a aquella línea vacía. Como si, de repente, todo estuviera contenido en aquel vacío.
El agua dejó de correr.
Colgó.
Una tabla del suelo crujió.
Recorrió el registro de llamadas.
Otro crujido, esta vez en el rellano.
Borró el número.
Estaba bajando las escaleras.
Cerró el teléfono y lo deslizó de nuevo en el bolsillo de la chaqueta con un único movimiento: la coreografía que había ensayado una y otra vez sobre el colchón, a oscuras, repitiendo la secuencia hasta que su cuerpo aprendió los movimientos antes incluso de que sus manos llegaran a ejecutarlos.
Se sentó en el sillón. Cogió la novela negra de bolsillo que no había quemado, porque no tenía otra cosa. La abrió por una página al azar. Obligó a sus ojos a concentrarse en unas palabras que ya había leído.
Jack se sentó junto al fuego para secarse el pelo. El viento arremetía contra las ventanas y la granja dejaba oír a su alrededor su habitual repertorio de gemidos y crujidos.
Al final, se acercó a su chaqueta. Ella sintió un frío repentino en el pecho.
Se la llevó a la cocina.
Ella cerró los ojos, convencida de que descubriría su engaño.
Cuando regresó, no dijo nada.
La mañana transcurrió como todas las mañanas en la granja: dos personas en una casa muerta, orbitando el uno alrededor del otro en silencio, atrapados allí por las circunstancias y la sangre.
Lo observó con atención, pero su rostro, como de costumbre, no delataba nada, y sus ojos seguían reflejándolo todo sin revelar nada.
¿Lo sabe?
Había mirado de reojo el Nokia antes de colgar.
Diecisiete segundos.
Diecisiete segundos para hacerle saber al hombre que amaba que seguía viva.
Pero ¿le llegaría siquiera? ¿Estaría bien? ¿Trabajando? ¿Mirando el teléfono?
Tal vez nunca llegara a oír aquella única palabra: su nombre. Podía quedarse en su buzón de voz durante días, semanas, sin que nadie la escuchara; un mensaje de una mujer muerta que nadie esperaba recibir.
Y si llegaba a recibirlo, tal como ella pretendía, ¿qué ocurriría entonces?
¿Qué he puesto en marcha?
Y, peor aún, ¿y si viene a buscarme?
Cerró los ojos, tragó saliva e intentó no pensar en las consecuencias de lo que había hecho.