Capítulo 90
A unque la confirmación forense de que no se trataba del cuerpo de Gardner alivió su desesperación, la angustia de Yorke siguió aumentando día tras día.
Alguien había escenificado su muerte para hacerle ganar tiempo. Pero esa oportunidad ya se había perdido, así que ¿dónde estaba?
El cadáver calcinado estaba en manos del Equipo de Investigación de Asesinatos, pero, hasta que averiguasen su verdadera identidad, no les proporcionaría ninguna pista sobre lo ocurrido.
Nadie cuestionaba su afirmación de que la información de Hollow no había conducido a gran cosa, pero solo era cuestión de tiempo. Collins había empezado a observarlo con evidente recelo.
La noche anterior, su esposa, Patricia, le había advertido que estaba perdiendo peso.
Necesitaba un rumbo. Llevaba demasiado tiempo dándole vueltas. No podía seguir siendo prudente eternamente. Al final, sería demasiado tarde.
Clavó la mirada en el cajón. Dentro estaba la prueba por la que Hollow había dado la vida.
Solo se le ocurría un hombre con los recursos y la desmedida arrogancia necesarios para poner en marcha una maniobra como aquella. Para fingir una muerte de forma tan convincente que había engañado al propio Yorke durante cuarenta y ocho horas.
Las huellas invisibles de Neville Fairweather estaban por todas partes.
Sabe dónde está Emma.
Pero ese conocimiento trajo consigo la desoladora certeza de que Fairweather siempre iba un paso por delante.
Habrá previsto lo que viene ahora.
La prueba de su cajón.
Fairweather no reaccionaba ante los acontecimientos, ¿verdad?
Aquel cabrón los programaba.
Descolgó al segundo timbrazo.
—Neville Fairweather. ¿Quién es?
—El inspector jefe Michael Yorke.
—Ah. Me alegra saber de ti, inspector jefe. —Cálida. Segura. La voz de un hombre que bebía café sin prisas ni preocupaciones en una habitación elegante, como si aquella llamada fuera algo que había anotado en su agenda matinal entre una reunión y un almuerzo—. Has tardado.
—¿Esperabas esta llamada?
—En cierto modo. Le tengo cariño a la inspectora jefa Emma Gardner. Estaré encantado de ayudar.
—Puedes empezar diciéndome dónde está.
Silencio.
Yorke apretó la mandíbula.
—He dicho...
—Sé lo que has dicho, inspector jefe. Solo estoy un poco atónito. ¿Por qué ibas a pensar algo así?
Percibía la suficiencia. El conocimiento. La distancia que los separaba —Fairweather en su elegante habitación y Yorke en su despacho viciado, con el cajón cerrado con llave— no se medía en kilómetros. Se medía en información. Fairweather la tenía. Yorke no.
—Déjate de gilipolleces. ¿Dónde está?
Más silencio.
—Neville...
—Inspector jefe Yorke. —Un leve resoplido. La calidez no había disminuido. Si acaso, se había acentuado—. Reunámonos.
—No creo que sea buena idea. Puedes hablar conmigo ahora.
—Entonces, lo siento, inspector jefe.
Yorke cerró los ojos con fuerza. Aquel hombre jamás hablaría por teléfono. Pedírselo siquiera era ridículo.
—Pero debes saber que queremos lo mismo —dijo Fairweather, casi con afecto.
Yorke apretó el teléfono con fuerza. Deseó poder atravesarlo con la mano.
—¿Dónde, entonces? —preguntó.