Capítulo 89
G ardner observaba a Jack dormitar.
Estaba en el sillón, con la cabeza echada hacia atrás y la manta sobre las piernas. Tenía los ojos cerrados, la respiración superficial y la pistola al alcance de la mano, en el reposabrazos.
Ella tosió y él abrió los ojos.
Sin sobresaltarse. De inmediato, sin más.
Como si su consciencia funcionara como un interruptor.
Luego volvió a cerrar los ojos.
Ya lo había visto hacer aquello varias veces y estaba convencida de que no dormía. Se apagaba y volvía a activarse en cuanto algo cambiaba.
Una tabla bajo el pie de ella… El más tenue de los suspiros.
Mientras él dormía aquella tarde, ella había estado pensando en el Nokia que guardaba en la chaqueta, colgada en la parte trasera de la puerta de la cocina.
Estaba allí casi todo el tiempo.
Excepto cuando lo cargaba.
Cada dos o tres días, llevaba el teléfono al Volvo, lo enchufaba y lo dejaba cargando durante una hora.
Llevaban allí ocho días.
Ya no lo soportaba más.
El Nokia le resultaba cada vez más tentador.
Aquella noche terminó la segunda novela policiaca de bolsillo, detestó el final y la arrojó al fuego.
Si Jack se dio cuenta, no reaccionó.
No solo echaba desesperadamente de menos a sus hijos y estaba aterrada por su seguridad, sino que, además, se estaba perdiendo en un aburrimiento intenso.
En cierto modo, deseaba que su hermano hablase más, aunque lo que decía no siempre conseguía hacerla sentir mejor.
Él la sorprendió con una pregunta.
—¿Cómo es Rose?
Ella respiró hondo.
—Conoces a tu propia hija.
—Ha pasado un año.
Distante. Frustrada. Enfadada. Y cada día se parece más a ti, cosa que me asusta.
—Le gustan los caballos —dijo Gardner—. Y los profesores dicen que tiene un don para el dibujo.
Gardner vio esbozarse una fugaz sonrisa. Algo insólito.
—Recuerdo cuando los dibujaba —dijo Jack—.
Antes de llevarla contigo. Se sentaba en el suelo de la cocina con un bloc y dibujaba caballos.
En todas las páginas. El mismo caballo una y otra vez, pero ella insistía en que todos eran distintos.
—Hizo una pausa—. Tenía razón. Eran distintos.
Las patas, la cola. Pequeños detalles. Había que fijarse. Tenía talento.
—Deberías estar orgulloso.
—Lo estoy.
No recordaba haber hablado nunca así con su hermano.
Aquello la hizo quedarse completamente inmóvil: cualquier movimiento, cualquier respuesta, podía romper lo que hubiera permitido aquel momento.
—Ahora dibuja rostros humanos. Los detalles, el parecido. Se le da bien. —Gardner hizo una pausa—. Hizo un dibujo de ti.
Él se volvió y la miró.
No sonrió, pero abrió un poco más los ojos.
Ella no estaba segura de haberlo visto hacer aquello jamás.
Él asintió y volvió la mirada hacia el fuego.
—Quizá algún día puedas verlo.
Esperó una respuesta.
No llegó. En lugar de responder, él se levantó y salió de la habitación.
Ella negó con la cabeza.
Aquello era más de lo que él le había mostrado nunca, así que no debería sentirse decepcionada; pero, aun así, por un instante había creído que el dique estaba a punto de romperse.
Más tarde, aquella misma noche, oyó a Jack hablar en voz baja en la cocina.
Contuvo la respiración para intentar oírlo, pero captó muy poco. Sobre todo, el tono. Bajo, cauteloso, comedido. Era la voz de un hombre que informaba a alguien.
¿Neville?
Se levantó y avanzó sigilosamente hacia la cocina. La tabla bajo su pie crujió —apenas un susurro— y la conversación se interrumpió al instante.
Mierda.
Regresó al colchón. Se tumbó. Se subió el saco de dormir hasta la barbilla.
Un minuto después, lo oyó reanudar la conversación. La misma voz baja. El mismo tono cauteloso. Había percibido el sonido, había determinado que era ella y había decidido que no importaba.
Sabe que lo he oído.
Le da igual.
Porque ¿qué voy a hacer al respecto?
Se quedó mirando el techo y pensó en el largo correo electrónico a Riddick.
También pensó en el número que llevaba años guardando en la memoria.
Si conseguía hacerse con aquel Nokia, llamaría a ese número ahora mismo.
Sería una temeridad. Pero lo haría de todos modos.
No tenía ni idea de qué diría.