Capítulo 88
J ack y Gardner hablaron poco durante los días siguientes.
Él salió varias veces en busca de provisiones y, cada vez que lo hizo, la esposó a un viejo radiador.
Cada vez, ella le aseguró que no se escaparía. Y lo decía en serio.
Si lo que decía Jack era cierto, y no tenía ningún motivo para dudar de él, podía darse por muerta si reaparecía en la civilización.
Aun así, él no se fiaba de ella, y probablemente ella tampoco se fiaba de sí misma.
Al tercer día, mantuvo la calma. Cuando él regresó, ella quería hablar.
Él le quitó las esposas sin ceremonia alguna. Sacó la llave del bolsillo, clic, y quedó libre. No le examinó la muñeca en busca de marcas. No le preguntó si estaba bien. Se limitó a abrir las esposas y retroceder, como un granjero que abre un portón.
—Las muñecas tienen mejor aspecto —dijo él.
—Sí. Hoy no he estado dando tirones.
—Ah.
—¿Podemos hablar después de que vaya al baño?
Él la observó durante unos instantes.
—Estoy tranquila —dijo ella.
Él asintió.
—De acuerdo, entonces.
Ella fue al baño y, cuando volvió, él estaba escribiendo en el teléfono.
Un móvil básico. No era un smartphone, sino un Nokia, un modelo antiguo. Lo bastante pequeño para caber en la palma de la mano.
—¿Hay noticias? —preguntó ella.
Él se quedó mirándola un par de segundos antes de hablar.
—Ahora ya saben que no eres tú.
Ella cerró los ojos y suspiró. Pensar que su familia recuperaría la esperanza le llenó el corazón.
—Ha sido mucho más rápido de lo que esperaba —dijo Jack.
—Entonces, ¿qué significa esto?
—No lo sé. Tengo que pensar.
Ella no insistió.
Él reavivó el fuego y les preparó un estofado. Contempló las llamas mientras se llevaba cucharadas a la boca. Comía con eficacia. Como hacía todo. Sin placer alguno.
Después de cenar, desmontó el arma sobre una vieja mesa de centro frente al fuego. Cañón, corredera, muelle, armazón. Limpió cada pieza con un paño y un pequeño frasco de aceite que sacó de la bolsa. Volvió a montarla. Comprobó el mecanismo. La dejó en la mesa, junto a su plato.
Ella lo observaba desde el sillón. El fuego era la única fuente de luz. Proyectaba sobre las paredes sombras que se movían y cambiaban como seres vivos.
Las manos de él se detuvieron sobre la corredera. Una fracción de segundo. Ella sospechó que quería decir algo. Pero debió de cambiar de idea, porque reanudó la tarea.
—¿Ya lo has pensado? —lo apremió Gardner.
Él respiró hondo.
—No… pero tengo que preguntarte algo.
Mejor que nada.
—¿Qué pasó cuando le dijiste a Rose que yo había muerto?
Ella tragó saliva.
—No se lo dije.
Jack no respondió. Sus manos continuaron trabajando. Aceite en el paño. El paño recorriendo el cañón. El olor del disolvente se imponía al humo de leña.
Al cabo de un minuto, Gardner preguntó:
—¿Te sorprende?
Él dejó el cañón en la mesa.
—Pensé que podría ocurrir.
—¿Te molesta que no se lo dijera?
—No. ¿Pensabas que podía seguir vivo?
—No. Pero todo era un caos y no quería cargarla con más cosas.
Él asintió, cogió el muelle y lo limpió.
—¿La echas de menos? —preguntó Gardner.
Él no respondió.
—Entonces, ¿por qué te interesa siquiera?
Él dejó el muelle.
—Es irrelevante.
—Entonces, ¿por qué lo preguntas?
—Viva o muerta, de todos modos nunca volveré a verla.
Ella no insistió.
Un par de minutos después, él la sorprendió.
—¿Habla de mí?
—¡Eres su padre!
Jack levantó la mirada. Ella escudriñó su rostro en busca de algo. Solo encontró inexpresividad; no resistencia, sino auténtica confusión ante lo que acababa de insinuar.
—Habla de ti a menudo.
Él volvió a bajar la mirada hacia la pistola.
—Vale.
—Porque eres su padre. Te echa de menos.
Él asintió.
—Vale —repitió.
Terminó con la pistola. Volvió a montarla con una sucesión de chasquidos que, en el silencio de la granja, sonaban como un pequeño corazón mecánico. Comprobó el mecanismo. Introdujo el cargador.
Luego se levantó y se puso la chaqueta.
—Necesito tomar el aire.
Salió de la casa.
Ya vuelve a largarse. Ha sido un placer hablar contigo.
Oyó abrirse y cerrarse la puerta principal y suspiró.
Pero, un instante después, Jack reapareció en la puerta del salón y se quedó mirándola.
¿Qué lo había hecho volver?
—Te sacaré de esta, Emma —dijo.
Esta vez sí salió de la casa.
El fuego crepitaba. El viento encontraba las rendijas de las paredes y susurraba a través de ellas. En algún lugar del exterior ululó un búho: una única nota hueca que quedó suspendida en el aire y se desvaneció.
Cuando Jack regresó, le entregó una baraja.
—He recordado que estaba en el coche.
—¿Quieres jugar?
Él negó con la cabeza.
—No juego. Pensé que a ti te gustaría. De pequeños solías jugar al solitario.
—No pasa nada —dijo Gardner—. Prefiero leer. ¿Hay algún libro?
—No he visto ninguno. Mañana te compraré unos cuantos.
Él se sentó, pero no volvieron a hablar. El silencio entre ambos era enorme: ni hostil ni cómodo. Simplemente inmenso. El silencio de dos personas unidas por la sangre y la historia, y por casi nada más.
Ella se metió en el saco de dormir y, en algún momento, se quedó dormida. No recordaba haber tomado la decisión. En un instante estaba contemplando el fuego y, al siguiente, despertaba bajo una luz gris, con el saco de dormir enredado en las piernas, el fuego reducido a brasas y la habitación fría.
A su lado había dos libros y una taza.
El té estaba fuerte, sin leche, ligeramente amargo. Era lo mejor que había probado en varios días.
—¿Dónde los has encontrado?
—He salido temprano.
Ella miró las cubiertas. Un detective con gabardina. Un cadáver en una playa. Lanzó una mirada a Jack, intentando averiguar si lo había hecho adrede. Su rostro no reveló nada.
—¿Por qué no me has esposado?
Él se encogió de hombros.
Ella leyó el primer libro en un día.
No se lo agradeció, pero sí se preguntó si sería lo más amable que él había hecho nunca por ella.
Aparte de salvarle la vida, claro.