Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 87
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Capítulo 87

Y orke abrió los ojos y levantó la cabeza.

Lo primero que vio sobre el escritorio fue el sobre de papel manila. Desvió la mirada hacia la memoria USB y los documentos desplegados en abanico a su lado.

Hollow había llevado un registro meticuloso. Sociedades pantalla, cuentas en paraísos fiscales, transferencias bancarias canalizadas a través de Chipre y las Caimán. La arquitectura de la corrupción de Fairweather, expuesta en documentos, hojas de cálculo y registros de transacciones.

Las pruebas eran sólidas. A Aegis Dynamics le quedaban los días contados.

La vida de ensueño de Fairweather tampoco podía durar mucho más.

De no haber sido porque el miedo por la suerte de Gardner lo tenía paralizado, todo habría terminado ya.

Se frotó los ojos. La luz gris del amanecer bañaba su despacho en el cuartel general. Eran las seis, según el reloj de la pared.

Sonó el teléfono del despacho.

—¿Sí?

—¿Inspector jefe Yorke? —Era una voz que no reconocía.

—¿Sí?

—Soy el sargento detective Spinks. Lo siento, señor, pero tengo que comunicarle una noticia.

Yorke apretó el auricular con más fuerza. Nadie empezaba una llamada de aquella manera a menos que la noticia fuera espantosa.

Asimiló el resto a retazos. Mujer… terraplén… quemada…

Se mordió el labio inferior.

Tenía que ser un error. Tenía que serlo.

Joyas recuperadas… anillo de plata… un collar… una rosa de los vientos…

Quería gritar.

—¿Señor?

Apartó el teléfono y lo contempló con el brazo extendido, esperando, rezando para que fuera producto de su imaginación.

—Señor, ¿sigue ahí?

La voz sonaba metálica y distante, pero seguía ahí.

Volvió a acercarse el teléfono al oído.

—Estoy aquí.

De pronto fue dolorosamente consciente de su propia voz, pero no parecía la suya. Sonaba ajena.

El sargento detective Spinks hacía cuanto podía. Las coordenadas del lugar, la cronología forense, las conclusiones preliminares del investigador de incendios…, pero las palabras habían dejado de tener pleno sentido. No eran más que sonidos.

Ni siquiera sabía con certeza cómo había terminado la llamada.

Consiguió dar dos pasos hacia la puerta antes de desplomarse.

Un instante estaba de pie y al siguiente se encontraba en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, las rodillas recogidas y las manos sobre la moqueta, una a cada lado.

Desde el suelo, el despacho parecía distinto. La parte inferior del escritorio, el cable de alimentación colgando, el polvo acumulado junto al rodapié al que nunca llegaba el personal de limpieza.

Permaneció allí sentado durante mucho tiempo, viendo cosas nuevas, o más bien cosas que parecían nuevas.

En algún lugar del edificio, la calefacción se puso en marcha con un chasquido. El tráfico empezó a intensificarse en la circunvalación. El mundo de Yorke volvió a ponerse en marcha.

Lo que sustituyó al entumecimiento le fue subiendo despacio por el pecho. No era el dolor. Por supuesto que estaba ahí, pero aquello era distinto.

Alguien había cogido a una de sus mejores amigas y la había quemado.

Aquello era rabia.

Y la rabia lo puso en pie.

Se sentó al escritorio. Abrió el portátil.

El cursor parpadeaba en un correo en blanco.

Escribió el asunto: AEGIS – DIVULGACIÓN TOTAL.

Empezó a añadir destinatarios: el gabinete de la ministra del Interior, la NCA…

Una difusión arrasadora. Todo cuanto Hollow había reunido, enviado de una sola vez a todos los que importaban, y que el fuego alcanzara a quien alcanzase.

Se detuvo.

Sus manos quedaron suspendidas sobre el teclado. El cursor parpadeaba.

¿Y después qué?

Ella seguiría muerta.

¿Podía estar seguro de que Aegis había tenido algo que ver?

Fairweather, por mediación de Gardner, había insistido en que aquello era obra de COLSIS.

Borró el asunto. Cerró el portátil.

Llevaba más de dos horas con la mirada perdida cuando Collins entró a las nueve.

—Jefe…

—Está muerta —dijo él sin levantar la vista.

Se hizo un largo silencio.

Collins se quedó allí de pie. Después preguntó con cautela:

—¿Puedo hacer algo por usted, señor?

Yorke negó con la cabeza.

—Quizá debería tomarse el día libre. ¿Quiere que me encargue yo del informe de anoche?

—Ya está hecho —dijo Yorke—. No he vuelto a casa.

Collins asintió.

—De acuerdo… Puedo encargarme de cualquier otra diligencia.

A Yorke se le desviaron los ojos hacia el cajón. Un vistazo. Menos de un segundo. El cerebro del inspector jefe calculaba incluso ahora. Sobre todo ahora. Porque las pruebas de aquel cajón eran la única arma que le quedaba.

No iba a permitir que nadie más las tocara hasta comprender exactamente cuánto valían y qué podía obtener con ellas.

—No hay ninguna —dijo Yorke—. La memoria USB está dañada. Informática no puede recuperar los datos. El servidor en la nube no existe y todos los documentos están censurados.

Yorke miró a Collins por primera vez.

Vio en el rostro del joven el esfuerzo que hacía por no cuestionar aquello. Se estaba mordiendo el labio inferior.

—Necesito algo de tiempo —dijo Yorke.

Collins le sostuvo la mirada un instante más de la cuenta. Era joven, pero no era estúpido. Habría reparado en la incongruencia entre un hombre que había pasado toda la noche con unas pruebas y otro que ahora aseguraba que esas mismas pruebas no tenían ningún valor.

Pero no era el momento de preocuparse por el riesgo que corría su carrera.

—De acuerdo, señor —dijo Collins—. Lo siento muchísimo.

Se marchó.

Yorke permaneció sentado en silencio. Miró el cajón. Miró el portátil donde antes había escrito un asunto que habría acabado con la carrera de Neville Fairweather y después lo había borrado.

Respiró hondo. Tenía que hablar con Barry antes de que nadie más hablara con él.

Y luego estaba Riddick. Tendría que decírselo. Si no lo hacía, Riddick acudiría, y eso solo podía empeorar las cosas.