Capítulo 86
J ack los llevó hasta una granja moribunda.
Aparcó el Volvo cerca de una dependencia exterior que amenazaba con derrumbarse, ocultándolo bajo lo que quedaba del tejado.
—Ven —dijo, y salió del coche.
¡Que te den!
Pero ella lo siguió.
A la izquierda, un portón colgaba de una sola bisagra. Lo atravesaron y avanzaron por un camino lleno de roderas y cubierto de maleza, con hierba creciendo entre la grava.
El frío de aquel lugar era distinto del frío del lago o del terraplén. No era tan cortante. Era frío de páramo. Tenue, constante, con una inquietante capacidad para calarte hasta los huesos.
No había tráfico. Ni ganado. Ni un solo sonido humano.
Allí ni siquiera oía el viento entre la hierba.
Renunció a encontrar señal alguna de vida.
En el patio había un tractor oxidado. Detrás, un muro bajo de piedra marcaba la frontera de la nada: llanuras abiertas que se prolongaban hacia la oscuridad en todas direcciones.
Jack abrió la puerta principal con una llave, como si el lugar le perteneciera.
Ella pensó en el agujero de bala en el ojo de Craig; en las burbujas que ascendían hasta la superficie del lago; y en aquellas llamas amarillas del espejo retrovisor.
—¿Cuánto tiempo llevas planeando esto?
Como era de esperar, él no respondió.
Cruzaron un suelo de losas.
Al principio, percibió el olor de la piedra húmeda, pero después creyó detectar algo podrido.
Volvió a hacerla pensar en cosas muertas, y se alegró cuando el olor desapareció.
Atravesaron una cocina con un fregadero Belfast y una bomba de agua manual, una mesa con dos sillas y una cocina económica que llevaba meses sin encenderse.
Luego entraron en un salón con chimenea, un sillón cuyo relleno asomaba por la tapicería y un colchón fino en el suelo, con dos sacos de dormir doblados encima.
Jack se acercó a la chimenea. A un lado ya había yesca apilada: ramas secas, papel de periódico y una caja de cerillas.
Se arrodilló y encendió un fuego con la eficacia de quien lo había hecho cientos de veces.
—De entre todas las personas... —dijo ella.
Las manos se le quedaron quietas.
—¿Qué quieres decir?
—De entre todas las personas dispuestas a llegar tan lejos para mantenerme con vida..., resulta que eres tú.
Él siguió inmóvil, y ella esperó que dijera algo, pero entonces continuó preparando el fuego.
—Eres mi hermana —dijo.
—Ah —dijo ella, pensando en el momento en que la había golpeado con una piedra en el Laberinto de Malcolm—. ¿Desde cuándo te importa tanto?
En realidad, no respondió a la pregunta; se limitó a repetir:
—Eres mi hermana. Y Rose es mi hija.
Encendió la cerilla.
Ella pensó en aquella vez que había sostenido a Rose en el umbral, con una calidez en los ojos que nunca le había visto.
La yesca empezó a crepitar.
Y entonces pensó en que él le había colocado el anillo en el dedo a una mujer muerta y le había abrochado el collar alrededor del cuello frío antes de destruir su cuerpo.
¿Cuántas versiones de ti existen, Jack? Y, más importante aún, ¿con cuál de ellas estoy atrapada en esta granja moribunda?
La estancia empezó a iluminarse. Miró alrededor y reparó en las manchas de humedad del techo, en la grieta que recorría de lado a lado la pared del fondo y en la ventana, con papel de periódico pegado sobre un cristal roto.
Jack se sentó sobre los talones.
El fuego había prendido bien y no necesitaba vigilancia. Pero él lo vigiló de todos modos.
Sabría que las preguntas no iban a cesar y que, tarde o temprano, tendría que responderlas, o ella empezaría a contraatacar.
Se sentó en el sillón y jugueteó con el relleno. Le concedió un par de minutos para que aceptara la situación. Después inspiró hondo y se disponía a formular su primera pregunta cuando él la sorprendió iniciando la conversación:
—Hace tiempo que sé que te quieren muerta y que estás en busca y captura —dijo sin apartarse del fuego—. Dos meses.
—Aquí ha sido noticia en todas partes, Jack... Pero estabas en Brasil, ¿no? ¿Muerto? ¿En una favela?
El fuego chasqueó. Un tronco se movió.
—Nada es lo que parece con ninguna de esas personas —dijo al fin.
—Llevo más de doce años viviendo esa pesadilla...
Las palabras se le apagaron en la garganta cuando él se volvió para fulminarla con la mirada.
—¿Por qué te metiste con ellos? Nunca debiste hacerlo... Se suponía que tenías que cuidar de Rose.
Ella se estremeció, pero enseguida sintió una oleada de irritación.
—Mis amigos murieron...
—Este no es tu mundo.
Alzó la voz para interrumpirla otra vez. Se volvió de nuevo hacia el fuego.
—Y nunca debería haberlo sido —concluyó en voz baja.
Ella escuchó el siseo de un tronco.
—Como sabes, antes trabajaba para Neville —dijo él—. Me debía una. Me consiguió una vida nueva, pero me ordenó que no regresara nunca. Mi muerte en Brasil debía ser el final.
—¿Qué le parecerá que hayas vuelto?
Jack soltó un bufido.
—¿Qué?
—Fue Neville quien me pidió que regresara. Casi un año después de decirme que, si volvía alguna vez, sería mi fin.
Gardner seguía arrancando relleno. Se dio cuenta de que había acumulado un montoncito de fibra gris en el regazo y se lo sacudió.
—Así que te dijo que volvieras para ayudarme.
—No. Como ya he dicho, me lo pidió. Ya no es mi dueño.
—Entonces, ¿podrías haberte negado?
—No.
Volvió a mirarla.
—Porque, si lo hubiera hecho, Emma, ahora estarías muerta.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
El fuego crepitó. Un tronco terminó de asentarse. Ninguno de los dos se movió.
—Me dijo que sabes más de lo que deberías, Emma —dijo él.
Ella asintió.
—Probablemente. Aunque, claro, gran parte de eso me lo contó él mismo.
Jack volvió a bufar.
—No me extraña.
Gardner se frotó la cara.
—Sé que estoy en una lista de objetivos de COLSIS. Les molestó que estuviera investigando a Neville y Aegis Dynamics; les preocupaba que acabara salpicándolos. Neville asegura que no me quiere muerta por la relación que tuve con su hija.
Su hermano asintió.
—Así es. Dice la verdad.
—Entonces, ¿por qué ha tardado tanto? Me dijo que mantuviera la cabeza agachada hasta que lo solucionara. Esto lleva ya bastante tiempo. ¿Así es como piensa solucionarlo?
Señaló a Jack.
—¿Haciéndote volver?
Jack asintió y volvió a mirar el fuego.
—Neville tenía que actuar con cuidado. A COLSIS no le interesan sus sentimientos. No se someterían a él y preferirían matarlo antes que poner en peligro su propia operación. Tenía que ser sutil.
—O artero —dijo Gardner—. Eso se le da bien.
—Sabía que no me negaría —dijo Jack.
—Pero ¿cómo pudo organizar todo esto? —preguntó Gardner.
—No le atribuyas demasiado mérito —dijo Jack—. Puede que pusiera la pelota en movimiento, pero no ha sido fácil. Como sabes, Neville tiene a su propia gente para los asesinatos...
—¿Brandon West?
Jack se encogió de hombros. Era evidente que no estaba dispuesto a responder a esa pregunta. En el pasado había trabajado para Neville en ese sentido; sin duda conocía a Brandon.
—Esas organizaciones se comunican entre sí, obviamente. Cuando pueden, se prestan ayuda; por eso Neville ha tenido que actuar con muchísimo cuidado. En cualquier caso, su cautela dio resultado. Había quedado un puesto vacante. Craig Webb se jubilaba.
Gardner inspiró hondo. Jack debió de notarlo, porque hizo una pausa. Ella negó con la cabeza. Su hermano había arruinado aquel plan de jubilación.
—Les faltaba personal —continuó Jack—. Y buscaban a alguien que trabajara con Keith. Neville les ofreció a Tye Philips.
—¿Existe un Tye Philips de verdad?
Jack negó con la cabeza.
—Por cierto, Keith les preocupaba. Lo consideraban un elemento imprevisible y querían que alguien de confianza lo evaluara.
—Desde luego que lo evaluaste. ¿Por qué hiciste eso?
—Craig me lo pidió. Eso sí fue inesperado. Quería que matara a Keith y que después alegara que se debía a su comportamiento errático. Craig me ofreció dinero.
—¿Dinero?
Gardner entrecerró los ojos.
Jack la miró.
—Pero no fue por eso. Ni siquiera me han pagado y nunca lo harán. Lo hice porque facilitaba mucho las cosas. Podía ocuparme de ellos uno por uno. Por desgracia, me demoré, Craig me pilló desprevenido y todo se alargó más de lo que había planeado...
—Casi me estranguló.
Jack volvió la mirada hacia el fuego y asintió.
—Sí. Me descuidé. Pero, si no hubieras empezado a marcharte en coche, habría llegado a tiempo.
—¡Pues perdóname por estar a punto de estropearlo todo, pero creía que iban a ejecutarme!
Sintió una oleada de ira.
—Y me llevaste en coche todo ese tiempo sin decir una palabra.
Se levantó.
Él no dijo nada. En realidad, no había sido una pregunta.
—Estaba aterrada. ¿No podrías haber hecho algo antes?
—Es mejor tener un plan y ceñirse a él.
Ella volvió a sentarse. No servía de nada enfurecerse.
Para sentir culpa hacía falta una conciencia que funcionara como la de los demás, y la de Jack no funcionaba así.
Nunca lo había hecho.
Suspiró.
—Aun así, no entiendo por qué iban a fiarse de un asesino enviado por Neville, sobre todo si él ya les había pedido que me perdonaran la vida.
—Sigue siendo Neville Fairweather. La gente no lo cuestiona. No creo que considerasen posible una traición de esta naturaleza.
Ella inspiró hondo.
—Mírame.
Él lo hizo.
—¿Mataste a esa mujer del coche?
—No. Conseguí un cadáver reciente del crematorio.
Sus ojos carecían de emoción, como siempre. Si mentía, ella no tenía forma de saberlo.
Gardner frunció el ceño.
—Aun así..., ¿de qué nos sirve? Lo descubrirán. En dos o tres días como máximo. Los registros dentales...
Jack apartó la mirada.
—Tardarán más.
Gardner no quería ni imaginar lo que habría hecho con los dientes de aquella pobre mujer. Deseó desesperadamente que dijera la verdad sobre que ya estaba muerta.
—Al final lo descubrirán.
—Sí.
Jack hizo una pausa.
—Pero ahora mismo COLSIS cree que estás muerta. Eso le ha dado tiempo a Neville.
—¿Para qué? —preguntó ella.
—Sospecho que para conseguirte un pasaporte nuevo. Una identidad nueva. Eso lleva tiempo.
—¡No quiero una puñetera identidad nueva!
Jack no dijo nada.
—No quiero irme.
Nada.
—¿Me estás escuchando?
Él asintió.
—No he pensado más allá de este momento. Él me asegura que forma parte de un plan mayor.
—¿Conmigo escondida?
Él se encogió de hombros.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Te repito que no lo sé. Saldré a buscar provisiones y, cuando sepa algo, te lo diré.
—Tengo que ponerme en contacto con mis hijos.
Él negó con la cabeza.
—No puedo dejar que crean que estoy muerta.
—Me temo que no hay otra forma.
Y entonces ella volvió a ponerse en pie.
—Si salgo de aquí, iré directa a ver a Yorke. Él lo arreglará. He encontrado una fuente sobre Aegis... Utilizaré esa información para hundir a esos cabrones.
—Si sales de aquí, eres una mujer muerta.
Él también se levantó y se volvió hacia ella. La luz del fuego incidía en los planos de su rostro, mitad iluminado, mitad en sombras.
—Si regresas ahora, enviarán a otra persona. No volverán a fallar. La próxima vez no contarás con la ventaja de la rivalidad entre hermanos ni con tu propio hermano regresando de entre los muertos. Y en cuanto a esa información sobre Aegis, ¿cuánto crees que vale en realidad?
Ella lo señaló con el dedo.
—Una barbaridad. Ya han matado a alguien por ella, así que tiene que haber algo.
—Exactamente. Han matado a alguien. Esa información jamás verá la luz. Saben que existe a cada paso del camino; la vigilan hasta el último detalle.
—Mike dirige la SEROCU. Fue a ver a mi fuente. Podría tenerla ahora mismo.
—Sí, podría tenerla, y ellos sabrán que la tiene. Neville lo sabrá. Es un hombre que siempre lo ha sabido todo.
Aquello le revolvió el estómago.
—¿Está en peligro?
—No lo sé. Lo único que sé es que vives en una fantasía si crees que Neville no ha tenido en cuenta esta repentina aparición de pruebas.
Ella miró a Jack. Su hermano. De pie en una granja en ruinas, con una pistola en la cintura y un fuego que él mismo había encendido, hablando de Fairweather como si fuera incontrolable.
Era el gran artífice. Había orquestado toda la existencia de Jack y ahora estaba en proceso de orquestar la de ella.
—Hay un saco de dormir para cada uno —dijo Jack—. Tú quédate con el colchón. Yo dormiré en el sillón. Tengo más cosas en el coche.
Justo antes de que se marchara, ella dijo:
—Espera. Tengo que saber una cosa.
Era consciente de la pistola que llevaba en la cintura. De su peso. De lo cerca que estaba. Era consciente de que la respuesta a aquella pregunta podía cambiar algo entre ellos que ya no podría deshacerse.
Pensó en la noche en que su jefe, Marsh, y su compañero, Barnett, habían ido a su casa para darle la devastadora noticia sobre Phil y Lucy.
Le sostuvo la mirada sin apartarla.
—¿Mataste a mis amigos?
Observó sus ojos. Un sobresalto, un leve destello, un tic... y lo tendría.
Pero ocurrió lo mismo que con su pregunta sobre la mujer muerta.
Nada.
—No, no fui yo.
Él se volvió.
—Ahora espera aquí.
Aquella noche, Gardner permaneció tumbada en el colchón, completamente vestida y con el saco de dormir subido hasta la barbilla.
El fuego había caldeado la estancia lo suficiente para que dejara de tiritar, pero el calor solo llegaba hasta cierto punto.
Más allá del círculo de luz de las llamas, las paredes eran frías, oscuras y opresivas.
A través de la pared oía a Jack. No dormía. Se movía. Las tablas del suelo crujían mientras comprobaba las ventanas. La puerta principal rozaba cuando probaba la cerradura.
Dijo que ibas a morir.
Aquella era toda la explicación que Jack había dado para renunciar a su libertad, su anonimato y su seguridad. Para regresar a un mundo que lo quería muerto, en busca y captura o encarcelado. Para pasar meses infiltrado entre hombres que lo habrían matado de haber sabido quién era.
Dijo que ibas a morir.
Y eso había bastado.
Fuera, el viento cobró fuerza. Encontró los huecos de las paredes, el cristal roto, los espacios donde el mortero se había desmoronado entre las piedras. La granja crujía a su alrededor como un barco en medio de una tormenta lenta.
Cerró los ojos. No creía que fuera a dormir. La adrenalina seguía allí, agazapada bajo el agotamiento, dispuesta a dispararse ante cualquier sonido. Le palpitaba la garganta. Notaba raro el dedo sin el anillo. Y aquel día había pasado muchas horas cara a cara con la muerte.
Y, por si fuera poco, ahora estaba en una casa muerta en medio de la nada con un hombre que no tenía nada detrás de los ojos, aunque compartía su sangre; otro hombre al que despreciaba movía los hilos desde las sombras, y ella no tenía forma de ponerse en contacto con nadie a quien quisiera.
Aun así, al menos nadie intentaba matarla.
Permaneció tumbada en la oscuridad y dejó que eso bastara.
Y se durmió.