Capítulo 85
G ardner se miró las manos, intentando aferrarse a la realidad.
Pero la sangre de Craig, seca y descamada en los pliegues de su piel, la alejaba aún más de ella.
Cerró los ojos, pero entonces no hizo más que recordar la sensación de hundir aquella llave hasta el fondo: la breve resistencia y, después, cómo cedía.
Asqueada, abrió los ojos y volvió a mirar por la rejilla que había doblado.
El cadáver de Craig traqueteaba en la parte trasera de la furgoneta en marcha.
Recordó las manos de él alrededor de su cuello y alzó una mano para tocarse la hinchazón.
Que siguiera viva era un milagro, pero su hermano Jack, que conducía el vehículo, era un milagro aún mayor.
Jack, haciéndose pasar por Tye, había estado allí todo el tiempo, escoltándola hacia su propia ejecución.
Hasta que encontró la oportunidad de ponerle fin.
Ahora sus pensamientos daban vueltas alrededor del desagüe. Ninguno encontraba la forma de colarse por él.
Nada tenía sentido.
Jack no había vuelto a hablar desde que dijo «tenemos que irnos».
Se limitaba a conducir con ambas manos en el volante, la mirada al frente y la postura inmutable kilómetro tras kilómetro.
Ella había empezado alguna frase varias veces, probablemente sin demasiado sentido, antes de que él la mandara callar.
Fuera lo que fuese lo que ocurría detrás de aquellos ojos, aún no había terminado.
Entonces salió de la carretera y tomó una pista sin asfaltar. Los faros recorrieron un portón para el ganado que estaba abierto y, después, una densa cubierta de árboles se cerró sobre ellos.
La pista se volvió más accidentada y encharcada; las sacudidas zarandeaban a Gardner y la obligaban a apoyarse contra el salpicadero.
Cuando salieron a un claro y se detuvieron, sintió alivio al recuperar la estabilidad.
Pero el alivio duró poco al ver una gran extensión de agua: un lago o un embalse.
La superficie estaba negra e inmóvil, sin reflejar nada, y la incertidumbre de todo aquello volvió a dispararle la adrenalina.
Jack detuvo la furgoneta. Dejó el motor encendido. La puso en punto muerto. La miró.
—Baja, Emma.
A ella le costó asimilar la orden y fue incapaz de moverse.
—Por favor —añadió él.
Por algún motivo, eso funcionó.
Bajó. La bofetada de aire frío la golpeó y le devolvió los sentidos. El suelo estaba blando. Olía a turba y agua estancada.
—Cierra la puerta y apártate... por favor —dijo Jack.
Ella obedeció y observó por la ventanilla cómo él abría su puerta, quitaba el freno de mano y saltaba fuera.
Al principio, la furgoneta avanzó despacio, así que Jack la ayudó sujetando a la vez la puerta abierta del conductor y el techo.
La pendiente se adueñó del vehículo, que ganó velocidad y bajó dando tumbos por la orilla hacia el agua.
No hubo ningún chapoteo. Emitió un sonido grave y pesado, como una exhalación.
La parte delantera se hundió. El agua ascendió por el parabrisas.
Los faros brillaron bajo la superficie, dos ojos pálidos que miraban hacia arriba desde la oscuridad, y entonces el lago terminó de engullirla.
Notó los ojos de Jack clavados en ella, pero no pudo mirarlo. Se concentró en las burbujas que ascendían y estallaban en el agua.
—Por aquí —dijo él. Esta vez sin «por favor», pero ella obedeció de todos modos.
Jack la condujo hacia un coche aparcado al borde del claro, medio oculto bajo unas ramas que colgaban sobre él.
El viejo Volvo no tenía nada de particular.
La forma en que lo habían dejado allí de antemano, por supuesto, sí tenía mucho de particular.
¿Cuánto tiempo llevaba en marcha el plan de Jack?
—Sube.
—Quiero irme a casa —dijo ella.
—Emma.
No dijo nada más.
Ella subió. Jack arrancó el motor. El salpicadero iluminó su rostro de un azul pálido.
—Quiero irme a casa —repitió. Quería llorar, pero no lo hizo.
—No puedes.
Ella lo fulminó con la mirada. De repente, ya no tuvo tanto la sensación de estar dando vueltas alrededor de aquel desagüe.
—Llévame a casa.
—No.
Rotundo.
—Quiero ver a Mike. Quiero comprobar que los niños están bien...
—No.
Definitivo.
—Te lo agradezco, pero tú no mandas sobre mí.
Él la hizo callar con una mirada.
—Ahora estás muerta, Emma.
Ella respiró hondo.
—¿Igual que tú? —resopló.
—No. Lo tuyo es temporal. Unos días. Así que sigue muerta. De momento.
Miró al frente y metió una marcha.
—Quiero que me cuentes qué coño está pasando.
Jack arrancó. Poco después volvían a circular por carreteras que ella no reconocía, a sesenta, el límite de velocidad.
—Llevo un año sin verte.
Él no respondió.
—Lo último que supe fue que te habían quemado vivo en una favela.
Nada.
—Y ahora secuestras a tu propia hermana.
Ni un atisbo de emoción.
Ni siquiera ahora, con un cadáver en el fondo de un lago y una noche empapada de violencia.
—Pues que te jodan —dijo ella. Quería mantener una actitud firme, pero él no estaba dispuesto a entrar al trapo. Conservaría sus fuerzas, sus emociones. De momento.
Condujeron durante veinte minutos, quizá más. Las carreteras eran estrechas, sin iluminación, encajonadas entre setos y muros de piedra. Una oscuridad que solo existía lejos de las ciudades.
Se metieron en el apartadero junto al terraplén donde habían estado antes.
En circunstancias normales, ella no lo habría reconocido, pero ¿cómo iba a olvidarlo ahora?
Lo llevaría consigo para siempre.
Sintió que la sangre se le helaba.
—¿Por qué hemos vuelto aquí?
Jack detuvo el coche.
—Quédate aquí.
La frustración ante una respuesta tan previsible fue abrumadora. Así que, cuando oyó abrirse el maletero, salió de un salto del Volvo y se dirigió con paso decidido hacia la parte trasera.
Al principio no comprendió qué estaba mirando.
O, mejor dicho, no quiso reconocer lo que veía.
Una lámina de plástico. Una figura envuelta en ella.
Alargada, pesada, inconfundible.
Volvía a dar vueltas alrededor del desagüe.
—No... Jack...
Sabía que Jack era capaz de hacer cosas terribles. Siempre lo había sabido. Pero ¿verlo? ¿Verse implicada?
Retrocedió tambaleándose y el tronco de un roble centenario evitó que cayera.
Jack sacó el cadáver del coche. Cayó al suelo con un golpe sordo.
Ella vislumbró un rostro a través del plástico.
Una mujer.
Gardner abrió la boca para hablar, pero no salió ningún sonido.
Jack arrastró el cadáver hasta el terraplén.
Ella quiso correr, agarrarlo y apartarlo de la mujer, aunque era evidente que esta ya estaba muerta, pero no pudo moverse.
Cuando dejó el cuerpo sobre la hierba, cerca del borde, se acuclilló y respiró hondo varias veces.
—Jack... —consiguió decir ella.
Él alzó la vista y clavó los ojos en Gardner.
—Emma... por favor, sube al coche.
—¿Has sido tú...?
No fue capaz de formular una frase completa.
—Al coche, Emma.
Gardner se obligó a separarse del árbol. Logró dar un par de pasos antes de quedarse paralizada de nuevo. Jack estaba encorvado cerca del borde.
—No puedo formar parte de esto, sea lo que sea. No quiero tener nada que ver...
—Es demasiado tarde —dijo él, ahora más alto—. No tienes elección. Sube al coche.
Entonces empezó a desenvolver el plástico y dejó al descubierto a una mujer de mediana edad. No podía llevar mucho tiempo muerta. Tenía una constitución similar a la de Gardner.
—¿Cómo has podido? —siseó ella, y entonces sí rompió a llorar—. Piensa en tu hija. Piensa en Rose.
Él la fulminó con la mirada. Era la primera emoción auténtica que aparecía en su rostro desde el momento en que la había salvado.
—Eso estoy haciendo. Ve al coche o los dos estaremos muertos antes de que amanezca.
Jack colocó el cadáver en el terraplén. Le colocó los brazos. Ajustó el ángulo. Preparó la escena.
Con tanta naturalidad.
Su hermano, el padre de Rose, era hábil en aquello.
Gardner sintió que la repulsión le subía por el pecho. Tenía que alejarse. Regresó al coche, cerró los ojos y respiró hondo...
Dio un respingo cuando él dio unos golpecitos en la ventanilla. La bajó.
—Necesito tu anillo.
—Dios... no.
—Tu anillo, Emma.
Ella lo miró. El anillo de plata con el diminuto granate, un poco arañado y con el engaste ligeramente descentrado. Rose y Anabelle se lo habían regalado por el Día de la Madre. Lo habían escogido en un puesto del mercado de artesanía de Salisbury.
Se lo entregó.
—Emma... el collar. Lo siento. Sé lo que significa para ti.
Ella tocó el collar que le había regalado su madre.
—Ahora, Emma —dijo él.
—No creerán que soy yo.
—Nos dará tiempo. Para eso sirve.
—¿Cómo? Esa mujer... ese cuerpo... no se parece en nada a mí.
Él apartó la mirada.
—Tienes que confiar en mí.
—¿Qué vas a hacer?
Él volvió a fijar la mirada en ella.
—Emma... dame el collar o te lo quitaré yo.
Jack no volvió a pedírselo. Se quedó frente a ella, con las manos a los costados, y esperó. Sin amenazarla. Sin presionarla. Limitándose a esperar, con la paciencia de un hombre para quien esperar no era un inconveniente, sino una destreza.
Hablaba completamente en serio.
Ella se quitó la cadena con su pequeño colgante. Una rosa de los vientos. Su madre se la había regalado poco antes del final.
Él la cogió sin ceremonia, sin vacilar, sin la decencia de reconocer lo que le costaba entregársela.
Mientras Jack se alejaba, ella se miró el dedo. Lo notaba ligero sin aquel anillo.
¿Mis hijos creerán que estoy muerta?
No soportó verlo colocar sus pertenencias sobre aquella pobre mujer muerta.
Después él regresó al coche, abrió la puerta trasera y se agachó para recoger algo del suelo.
—¿Quién es? —preguntó Gardner.
Jack cerró la puerta y regresó junto al cadáver.
Esta vez miró, y de inmediato deseó no haberlo hecho.
Jack roció el cadáver con el contenido de un recipiente que había sacado del coche y después encendió una cerilla.
Ella apartó la mirada antes de que prendiera el fuego.
Pero lo oyó. Y eso ya fue bastante horrible.
Un sordo estallido.
Y cuando Jack volvió a subir al coche, percibió el olor a quemado, que le provocó una arcada.
Cerró los ojos mientras él se alejaba conduciendo.
Pero, cuando los abrió, aún alcanzó a vislumbrar en el retrovisor lateral unas llamas naranjas y violentas.
¿Había muerto aquella pobre mujer, sin más, para conseguirle unos cuantos días más?
Se secó las lágrimas.
¿Y acaso importaba?
¿Había vuelta atrás después de lo que acababa de presenciar?
Sentía como si de verdad hubiese muerto allí, entre las llamas.
Y, de ser así, ¿quién soy ahora, si no soy Emma Gardner?
—¿La mataste tú, Jack?
—No —respondió él.
Emma Gardner había desaparecido entre las llamas junto con su anillo y el collar de su madre.
Fuera lo que fuese lo que había salido del coche con Jack, se volvió entonces hacia él.
—Si descubro que mientes, Jack, te mataré.