Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 84
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Capítulo 84

J adeando y sin soltar la llave que le había clavado en la cara a aquel cabrón, se apoyó contra el tirador de una puerta que estaba entreabierta.

La puerta se abrió de golpe y ella cayó hacia atrás.

Su cuerpo se estrelló contra el asfalto y, por un instante, todo pareció desaparecer…

Pero entonces se dio cuenta de que estaba rodando, tosiendo, con una mano sobre la garganta, que le habían estrujado sin piedad, mientras el mundo parecía fragmentarse en estrellas.

Todo empezó a recomponerse y entonces percibió el tictac de un motor al enfriarse y el sonido de su propia respiración, pero nada más.

Después, unas rápidas pisadas que se le echaban encima.

Se incorporó hasta quedar sentada, justo a tiempo de ver a Craig abalanzarse hacia ella mientras se aferraba a lo que quedaba de su ojo.

Apenas podía respirar, pero logró ponerse en pie. Levantó los brazos para protegerse, esperando que él se le echara encima y volviera a estrangularla en cualquier momento.

Pero, cuando chocó contra ella, le fallaba la coordinación; perdió pie, salió despedido por encima de ella y cayó al suelo con un golpe seco y un gemido.

El corazón le dio un vuelco al ver que se acercaba otra figura.

El conductor.

Se volvió y miró a Craig, que estaba encorvado, aferrándose el ojo. —No veo… Joder, no veo…

El conductor no se acercaba deprisa.

A medida que se aproximaba, le resultaba familiar por algún motivo.

—¿Eres tú, Tye? —siseó Craig.

—Sí —dijo Tye.

También la voz… No podía ser.

—¡Acaba con esto! —siseó Craig.

Vio a Tye, una silueta en la penumbra, alzar el arma.

Y entonces Gardner se sintió como si volviera a tener diez años y estuviera en el Laberinto de Malcolm, mientras su hermano levantaba aquella piedra. Para golpearla en la cabeza.

Para casi matarla.

—¡Ahora! —gritó Craig.

Cerró los ojos.

Oyó el disparo. Oyó su eco, que regresaba desde el bosque que rodeaba la zona.

Y, cuando abrió los ojos, alzó la vista y se encontró con unos ojos que conocía desde que tenía uso de razón.

Vacíos, inexpresivos y fríos.

Pero familiares.

Y, por una vez, muy bien recibidos.

Él se quitó la gorra de béisbol y se arrodilló.

La luz de la luna iluminó sus pómulos afilados y enjutos. Su cabeza rapada.

—¿Jack?

Su hermano se arrodilló. Dejó el arma a su lado. Ladeó la cabeza y la miró desde arriba.

Y, durante un brevísimo instante, ella vislumbró un destello de calidez.

Aquello la hizo dudar de todo. Tal vez fuera una extraña alucinación provocada por sus nervios y sinapsis agonizantes mientras se apagaba.

—¿Esto es real?

La calidez había desaparecido. Él se levantó. —Tenemos que irnos.

Ella miró el cuerpo tendido de Craig. Un ojo destrozado; el otro, destruido por la bala de su hermano.

Y entonces todo se volvió muy real.