Capítulo 83
L a bala impactó contra la rejilla. Saltaron chispas. Rebotó hacia el techo con un silbido metálico.
Craig no tuvo tiempo de pensar. Se lanzó al interior de la furgoneta cuando esta arrancó dando un tirón; las rodillas le golpearon contra el suelo de goma y el impulso le hizo perder el equilibrio. La pistola cayó al suelo con estrépito y desapareció por la parte trasera.
Las puertas traseras se abrieron de par en par a su espalda. Una se estrelló contra el lateral de la furgoneta; la otra se quedó abierta, empujada por el viento.
Cuando los neumáticos volvieron a encontrar el asfalto, Craig se abalanzó hacia el asiento trasero que Gardner había dejado al descubierto.
Agarró el reposacabezas.
Ella dio un volantazo a la izquierda. Con fuerza.
Él salió despedido hacia un lado, pero no aflojó la presa.
Ella viró a la derecha y él volvió a estrellarse contra la pared, sin soltar el reposacabezas.
Aprovechó el momento para impulsarse hacia delante y ponerse de rodillas.
Esta vez, cuando ella dio dos volantazos seguidos, uno en cada dirección, trazando un zigzag desesperado, él se afianzó para resistir el impulso.
El hueco por el que ella se había escurrido era demasiado estrecho para él y, con la furgoneta en movimiento, no tenía estabilidad suficiente para arrancar la rejilla. Pero sí pudo meter el brazo por la abertura y agarrarla del pelo.
Ella gritó. Él tiró de ella hacia atrás. La cabeza le golpeó contra la rejilla metálica con un crujido sordo que Craig sintió en los dedos.
Ella pisó el freno.
La furgoneta dio un frenazo brutal. El impulso lanzó a Craig contra la rejilla y le estampó la cara contra el metal.
La furgoneta derrapó de lado. Se subió al arcén. El motor se caló.
Silencio. Durante una respiración. Dos.
Gardner intentaba abrir la puerta del conductor. Sus dedos buscaban a tientas la manilla, mientras con la otra mano trataba de apartar del pelo la mano de Craig.
Él tiró con fuerza de su cabeza hacia atrás, obligándola a atravesar el hueco. Ella pasó a medias: la cabeza y un hombro, con el cuerpo retorcido en un ángulo imposible. Craig le soltó el pelo y la agarró por la garganta.
Cerró los dedos.
Ella se resistió. Alzó las manos y le arañó las muñecas, la cara, los ojos. Hundió una uña en la piel bajo su ceja y la arrastró hacia abajo. La sangre le entró en el ojo.
Él apretó con más fuerza.
La cara de ella estaba a escasos centímetros de la suya, al otro lado de la rejilla. Tenía los ojos desorbitados. La boca buscaba aire que no llegaba. Le golpeó en un lado de la cabeza —una vez, dos—, pero los golpes perdían fuerza.
Lo siento.
No lo dijo en voz alta. Nunca lo dijo en voz alta. Se limitó a apretar más y a observar cómo la luz empezaba a abandonar sus ojos, sin pensar en nada salvo en acabar con aquello.
Ella consiguió abrir la puerta del conductor.
Tienes agallas.
La mano izquierda dejó de agarrarle la muñeca.
Pero no puedes ganar.
El cuerpo de ella perdía toda tensión.
Craig vio demasiado tarde que sus dedos se precipitaban hacia la llave.
Ella se la clavó en el ojo izquierdo.
El dolor fue absoluto.
Sus manos soltaron la garganta de Gardner y volaron hacia su rostro antes de que decidiera conscientemente soltarla.