Capítulo 81
K eith yacía inmóvil, mirando al cielo. Aún tenía las manos sobre el vientre. La sangre se filtraba entre sus dedos.
Parecía más tranquilo que unos instantes antes.
¿Estaría cerca el final?
Sería una liberación.
La idea de poner fin a la vida de su hermano seguía desgarrándole el corazón a Craig.
Se arrodilló.
Keith le sonrió desde el suelo. Ahora hablaba más bajo.
—Hermano.
Le recordó aquella noche en la casa de campo, meses atrás, cuando Keith había mostrado su vulnerabilidad, su tristeza por la retirada de Craig. Le había dicho que, sin él, estaría perdido.
Despojado de toda impostura.
O sustituyéndola por otra mejor.
Con Keith nunca se podía estar seguro.
Y así, ahora, en aquellos que podían ser sus últimos momentos, Craig aún era incapaz de tomárselo en serio.
—Hermano mío —dijo Keith, sin dejar de sonreír.
Craig cerró los ojos.
—Siempre fuiste mi héroe.
No, Keith. No te lo permitiré.
—Fuiste la única persona que nunca se marchó.
Craig tragó saliva. Aquello sí dolió.
—La única que siguió intentándolo.
Notaba cómo Keith se abría paso hasta lo más profundo de su mente, pulsando los botones adecuados, despertando emociones que no quería sentir.
—Siempre te quise conmigo —dijo Keith—. Cuando llegara el final...
—Keith —lo interrumpió.
—¿Sí, hermano?
¿Es real? ¿O es esta su última máscara?
Craig abrió los ojos y levantó el arma. No le temblaba la mano. Eso lo sorprendió. Tantos años de vacilaciones y culpa, y ni un solo temblor. Apoyó el cañón contra la frente de Keith.
Keith cerró los ojos.
—Siempre te quise conmigo.
—Keith, por favor, deja de hablar.
Hazlo. Aprieta el gatillo. Acaba con esto.
Y entonces su propia voz volvió a ser la de su madre...
Prométemelo. Prométeme que cuidarás de él. Es tu hermano, Craig. Será lo único que te quede cuando yo ya no esté.
Cerró los ojos con fuerza.
Su madre. La cama del hospital. Los tubos de oxígeno y la piel amarillenta. Aferrándole la muñeca con unos dedos que no tenían derecho a conservar tanta fuerza. Taladrándolo con la mirada.
El dedo que tenía sobre el gatillo no se movió.
Lo intentó. Se lo ordenó con todas sus fuerzas. Suplicó a su propia mano que hiciera lo que llevaba décadas sabiendo que era la decisión correcta.
Nada.
Abrió los ojos y se puso en pie.
—¡Joder! —La palabra le brotó como un desgarro.
Se dio la vuelta.
—¡Joder!
Apuntó con el arma hacia Tye.
—Haz lo que te he pedido...
—¡Detrás de ti! —dijo Tye.
Craig se volvió de golpe.
Keith rodaba rápidamente por encima del borde del terraplén.
Actuando por instinto, Craig disparó. Una vez. Dos. Tres veces hacia la oscuridad que se abría debajo. Los fogonazos iluminaron a ráfagas los tojos y los espinos.
Y entonces ya fue demasiado tarde. No distinguía a su hermano en la oscuridad, pero oía su cuerpo precipitándose entre la maleza. Ramas que se quebraban. Después, nada.
Silencio.
—¿Keith? —llamó hacia la oscuridad.
Nada.
—¡Keith!
Tye se acercó a su lado e iluminó la maleza con la linterna.
No distinguían nada entre las sombras.
—Con un balazo en las tripas, en medio de la nada y a oscuras. Nadie llegará a tiempo para encontrarlo. Excepto quizá los animales. —Inclinó ligeramente la cabeza.
Craig clavó la mirada en la oscuridad. Escuchó, atento a cualquier movimiento. A cualquier respiración.
Silencio.
Entonces se dio la vuelta y propinó a Tye un puñetazo con todas sus fuerzas.
El conductor cayó al suelo agarrándose la boca. Ahora también él rodaba, aunque se detuvo a medio camino del terraplén.
Craig volvió hacia la furgoneta. Quería acabar de una vez con aquella noche. Por espantoso que resultara, necesitaba completar el último encargo de su vida y dejarlo allí fuera, con los lobos.
Oyó a Tye gemir entre la maleza, a su espalda.
La única decisión que le quedaba por tomar era si aquella noche dejaría dos cadáveres o los tres.