Capítulo 80
K eith podía estar muerto. Eso no significaba que ella estuviera a salvo.
Aunque lo estuviera, se enfrentaba a individuos sumamente peligrosos e imprevisibles.
Puede que Craig estuviera cansado de aquella vida, pero eso no significaba que fuese a dejarla con vida y acabar él en la cárcel.
Y aunque se lo estuviera planteando, las cosas podían cambiar en un abrir y cerrar de ojos.
También tenía que contar con el conductor.
Así que decidió tomar las riendas de la situación.
Sobre todo cuando vio las llaves puestas en el contacto.
Durante el trayecto, había notado que la rejilla traqueteaba. Así que ahora la puso a prueba. Parecía estar suelta.
Probó los cuatro tornillos. Tenía las yemas de los dedos entumecidas por el frío y el metal estaba cubierto de condensación. Pero consiguió comprobar que el tornillo inferior izquierdo cedía un cuarto de vuelta.
En la oscuridad, a tientas, entre sombras, empezó a girarlo.
Se le escapó dos veces y acabó mordiéndose el labio. Saboreó su propia sangre.
El tornillo giró. Se aflojó. Quedó libre en su mano. Se lo guardó en el bolsillo.
Oía voces apagadas pero tensas fuera de la furgoneta y sabía que lo que venía a continuación podía oírse y costarle la vida, pero ya había llegado hasta allí, tras concluir que no debía confiar ciegamente en la esperanza.
Empujó la rejilla. Se combó hacia fuera. No mucho. Quizá ocho centímetros, puede que diez, en el punto donde había estado el tornillo que acababa de quitar.
Cerró los ojos. Pensó en sus hijos. Y empujó con más fuerza.
Tuvo suerte. Era metal barato, no concebido para ofrecer seguridad, sino como simple mampara divisoria. Quince centímetros ya. Tal vez dieciocho.
Primero introdujo los brazos. Después la cabeza, ladeándola y apretando la mejilla contra el frío borde metálico. El borde se le clavó en los hombros. Le rasgó el abrigo. Oyó desgarrarse la tela y sintió el filo arañarle la piel.
Expulsó todo el aire de los pulmones y empujó.
Las caderas se le quedaron atascadas.
Medio dentro, medio fuera, completamente vulnerable. Las piernas aún en la zona de carga, el torso encajado en el hueco y los brazos estirados hacia un volante que no alcanzaba a tocar.