Los Asesinatos de la Granja (Los Crímenes de Yorkshire 8) Capítulo 79
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Capítulo 79

C raig se secó la cara, consciente de que era la primera vez que lloraba desde la muerte de su esposa.

Gardner lo miraba fijamente.

—¿Qué ha pasado?

Él se puso en pie; le crujieron las rodillas.

—Ve al otro extremo... cerca de la rejilla.

—¿Es tu hermano?

—Ahora.

—¿Lo es? —insistió ella.

La posibilidad la tenía visiblemente eufórica.

¿Quién podía culparla?

¿Por qué no iba a tener esperanza?

Pero aquello solo podía acabar de una manera. Y era una insensata si creía que había otra alternativa.

Los dos no podían salir de allí con vida esa noche. Y aunque sentía lástima por ella y no temía morir —en cierto modo, creía merecerlo—, la posibilidad de no volver a ver a su nieta Kelly, de no hacer las paces con su hija, era algo a lo que no podía dar la espalda.

—Ahora —repitió, pero no gritó, movido por la compasión y porque deseaba de verdad que hubiese otra alternativa.

Pero alcanzar la salvación tenía ahora un precio.

Y Gardner, por supuesto, no era el único.

Así que primero tenía que salir y comprobar que se había pagado la primera factura de la noche.

Ella avanzó arrastrando los pies hasta la rejilla, tal como le había ordenado.

—Ni siquiera te has inmutado.

Él alargó la mano hacia la manilla de la puerta.

—El conductor ha disparado a tu hermano, ¿verdad? —insistió Gardner.

—No te muevas —dijo él.

Abrió de par en par las puertas traseras y saltó a la oscuridad y al aire frío.

Se volvió, aspiró el olor a tierra mojada y cerró las puertas de la furgoneta.

Cerró los ojos unos instantes y contó. Luego alzó la vista, articuló una disculpa sin voz y rodeó la furgoneta hasta el apartadero donde se habían detenido.

A su izquierda, el terreno descendía en una pendiente pronunciada: un terraplén cubierto de densas matas de tojo y espino.

Caía cuatro metros y medio hasta una maraña de arbustos y árboles.

Allí abajo acabarían recuperando los cadáveres, pero solo después de que los zorros y los cuervos hubieran dado buena cuenta de ellos.

Más adelante, en la oscuridad, distinguió la silueta de Keith tendido en el suelo...

Se detuvo en seco.

Keith gemía.

Eso no formaba parte del plan.

Craig se apoyó en la furgoneta para no perder el equilibrio.

No formaba parte del plan en absoluto.

Como había dicho Gardner, ni siquiera se había inmutado. Pero aquello, el hecho de que su hermano siguiera vivo, lo sacudió hasta lo más hondo.

Tuvo que recurrir hasta a la última brizna de voluntad para obligarse a seguir adelante, porque su hermano lo sabría. Alzaría la vista, miraría a Craig a los ojos y sabría lo que había urdido.

Apretando los dientes, llegó hasta Keith, que se encontraba a varios metros de la parte delantera de la furgoneta.

Su hermano se sujetaba la parte baja del abdomen.

Tenía el rostro contraído por el dolor, pero mantenía los ojos abiertos, aunque, para alivio de Craig, parecían ausentes y desenfocados.

Entonces un haz de luz atravesó la oscuridad y cayó sobre las manos ensangrentadas con las que Keith se cubría la herida.

El haz ascendió por el pecho del herido y después iluminó el rostro de Keith.

Keith parpadeó y volvió la cabeza, tratando de esquivar la luz.

Craig, todavía con los dientes apretados, siguió el haz hasta la pequeña linterna que sostenía Tye.

¿Por qué no lo has matado?

La linterna se apagó, Keith volvió a gemir y Craig sintió que el corazón se le hinchaba de pronto.

No. No sientas nada. Recuerda lo que es.

—Craig...

La voz de Keith lo atravesó y Craig cayó de rodillas.

—Déjame ver, hermano.

Keith apartó las manos. La sangre manaba de la herida del vientre.

Craig la examinó, intentando determinar si era mortal. Resultaba difícil saberlo. Si la bala no había alcanzado ningún órgano vital, la principal preocupación era la pérdida de sangre.

—¿Qué tal está... hermano?

Craig alzó la mirada hacia el rostro de Keith y se sorprendió al verlo sonreír.

Entonces Keith hizo una mueca y gimió, y la sonrisa se desvaneció.

—Lo siento —dijo Craig mientras se ponía en pie.

Se sentía vacío por dentro. Como si lo hubieran vaciado por completo. Por más que lo intentaba, no conseguía evitar ver a aquel niño de once años, magullado y maltrecho, tendido en la cama y gimiendo por los golpes que le habían propinado los abusones.

Volvió a fulminar con la mirada a Tye, que contemplaba la escena como quien observa a un insecto debatiéndose en el agua.

El deseo de matar a aquel hombre que le había fallado era abrumador, pero en ese momento no era su prioridad...

Sintió que una mano le aferraba con fuerza el tobillo y bajó la mirada. Keith lo sujetaba.

—Te subestimé... hermano.

Volvió a sonreír e incluso consiguió soltar una risita.

¿Orgullo?

No podía ser. Por favor, no.

Mientras miraba a su hermano desde arriba, el miedo y la repugnancia fueron creciendo en su interior. Las lágrimas que había derramado en la furgoneta no habían sido algo puntual: notaba que otras se acumulaban tras sus ojos.

Intentó retirar el pie.

Keith apretó más los dedos.

—Lo sabía... Siempre lo supe...

La repugnancia se impuso y Craig liberó el pie de un tirón y se abalanzó sobre Tye.

Se acercó lo suficiente para notar el aliento del conductor en la cara.

Tye no se movió. No se sentía intimidado. De hecho, su rostro enjuto no reflejaba nada. Ni satisfacción ni remordimiento. Solo la atención serena e inexpresiva de un hombre que había cumplido una tarea y aguardaba a ver qué ocurría después.

Eso era lo que pasaba cuando se encargaba el trabajo a un desconocido.

Tye señaló hacia Keith con un leve movimiento del cañón de la pistola.

—Supongo que apunté un poco bajo.

Entonces se insinuó una sonrisa en sus labios.

Y la familiaridad del gesto resultó abrumadora.

Craig retrocedió un paso.

En aquel instante había visto a Keith en el rostro de Tye.

Había contratado a alguien que no se diferenciaba en nada de su propio hermano.

—Acaba con él —dijo Craig.

Tye sostuvo la mirada de Craig mientras se lo pensaba. Después dijo:

—No. Yo ya he terminado.

Negó con la cabeza.

—Esto no es un puto juego —dijo Craig, comprendiendo que era como hablar con Keith.

Tye se encogió de hombros.

—Vuelve a encogerte de hombros y te parto en dos, joder.

Craig apretó los puños.

Otra sombra de sonrisa.

—Pero ¿lo harás?

Craig notaba que le temblaban los puños.

—Ni siquiera tienes agallas para terminar este trabajo —dijo Tye.

Esperaba que Tye se preparase, que se defendiera, incluso que lo apuntara con la pistola.

Nada.

Tan despreocupado.

Aquel hombre se movía en medio de todo aquello como una especie de aparición.

—Mátalo —lo intentó de nuevo.

—No.

La voz de Tye sonó inexpresiva. Tajante.

Tye lo había engañado para satisfacer sus propios placeres perversos. Ahora contemplaba el espectáculo desde las localidades más baratas, disfrutando del derrumbe de los hermanos Webb.

Craig sacó su propia pistola de la funda. No apuntó a Tye porque sabía que este se lo esperaba y que dispararía antes de que tuviera ocasión.

En vez de eso, se volvió y regresó junto a Keith para acabar con él.