Capítulo 75
C on un ojo puesto en el denunciante que fumaba y el otro en el teléfono, Yorke aguardaba con impaciencia.
Lo cogió en cuanto apareció el nombre de Dawson, antes de que el aparato tuviera ocasión de sonar. —¿Está Emma ahí?
—No —dijo Dawson—. Aunque su coche sigue aquí y...
—Entonces, ¿has entrado? —lo interrumpió Yorke.
—Sí, la puerta estaba entreabierta.
Yorke cerró los ojos. Emma...
—Pero no hay ni rastro de ella ni señales de forcejeo; solo está su teléfono en la mesa de centro. Tiene un montón de llamadas perdidas tuyas, jefe... Ah, y su mochila con el portátil está junto a la puerta.
—Alguien se la ha llevado —dijo Yorke, abriendo los ojos.
—Como he dicho, jefe, no hay señales de forcejeo.
—Ya debería estar aquí —dijo Yorke, alzando la voz—.
Vale... Necesito que hagas lo siguiente.
Da el aviso. Que venga un equipo completo de la Científica.
Acordona la calle. Empieza a llamar puerta por puerta para averiguar si alguien ha visto algo o si algún videoportero ha grabado alguna imagen.
Ponte también en contacto con los encargados de vigilar la casa de Barry Gardner.
Adviérteles de que algo está en marcha...
En realidad, ahora que lo pienso, solicita que manden otro vehículo allí también. Por si acaso. ¿Lo has entendido?
—Sí, jefe.
Colgó y contuvo la respiración. A su lado, Collins había enmudecido.
Yorke se agarró al borde del salpicadero. Se le blanquearon los nudillos. Contuvo la respiración durante largo rato y después dejó escapar el aire entre los dientes.
Habían ido a su casa.
Se la habían llevado.
Mark había terminado el cigarrillo y estaba volviendo a subir a su Volvo.
¿Y ahora qué?
Se encendieron las luces del coche de Mark. Se marchaba.
Yorke alargó la mano hacia la manilla de la puerta: Mark podía ser el único vínculo que aún le quedaba con Gardner.
Sus pies tocaron el asfalto cuando Mark empezó a dar marcha atrás.
Yorke salió disparado por delante de la Vivaro y se plantó justo detrás del vehículo de Mark, que retrocedía. Levantó una mano para indicarle que parase...
Debía de haberlo asustado.
El Volvo aceleró.
Mierda...
Yorke reculó como pudo hasta quedar casi pegado a la Vivaro; entonces se apartó de golpe, resbaló sobre el asfalto mojado y cayó de rodillas. Oyó un golpe sordo cuando la parte trasera del Volvo chocó contra la furgoneta.
El motor se caló.
Yorke no vaciló. Se puso en pie enseguida. Comprobó que Collins estaba bien, aunque tenía los ojos muy abiertos por la sorpresa, y después corrió hacia el Volvo, abrió de un tirón la puerta del copiloto y se metió dentro.
—Policía —dijo, mostrando su tarjeta de orden judicial—. Inspector jefe Yorke, de la SEROCU. No le va a pasar nada...
Yorke miró por el parabrisas hacia la maltrecha Vivaro.
Collins ya había salido y examinaba los daños.
—... cosa que no puede decirse de mi vehículo de vigilancia.